Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Susana Martín Gijón

Todología

Aestas alturas pocos serán quienes rebatan que la todología es la ciencia de nuestro tiempo. Los todólogos llevan años invadiendo los medios de comunicación y desbancando a los expertos, cada vez más difíciles de encontrar. Han colonizado desde la televisión a las redes sociales, y ya lo mismo puedes encontrarlos en su guarida –Twitter–, la previa del partido o la cola del médico.

Lo cierto es que estas personas que creen saberlo todo siempre han existido, aunque ahora además se forran como influencers o tertulianos. El peligro de esto, más allá del fenómeno aspiracional, es que hemos sustituido la escucha de las personas que nos hagan aprender y nos lleven a espacios de reflexión por el ruido ensordecedor, los mensajes cortos y el titular, ya que no hay tiempo para profundidades. Quien habla con voz apaciguada y trata de hacer un esfuerzo didáctico es engullido al instante.

El todólogo está tan integrado que hasta la RAE lo incluyó hace unos años en el diccionario: ‘persona que cree saber y dominar varias especialidades’. Y eso que no hace falta recordar que la RAE de moderna tiene poco. Admite ‘papichulo’, pero todavía contempla que un cocinillas es un hombre que se entromete en las tareas domésticas. Eso por no hablar de su negativa tajante y cromañona a tolerar el lenguaje inclusivo (uno de los últimos argumentos: que lesiona el idioma. Como si eso no lo hiciera ya el ‘papichulo’). En fin, como nos recuerda Patricia Sornosa, las mujeres llegaron bastante antes al espacio exterior que a la RAE. Qué más les vamos a pedir.

Volvamos a los todólogos. Hace unos días, en una de las ferias del libro que han vuelto a nuestras ciudades –y que también va conquistando esta especie sin ninguna sutileza– tuve la oportunidad de presenciar las largas colas de adolescentes enfervorecidas como ya hiciera la generación de los Backstreet Boys o la de los Beatles. Solo que ahora el motivo es un chaval que se dedica a criticar en sus cuentas (y, horror, en sus libros) todo lo que le cae a tiro con una futilidad pasmosa. Y es que el todólogo sabe que gana cuando se sitúa en la prepotencia, la impertinencia y la falta de respeto, y que la reflexión y la educación, por el contrario, hacen perder enteros.

Amén del jovenzuelo que lo peta, está el todólogo de siempre, el antiguamente denominado cuñado. Más desagradable en su versión acentuada, el todólogo macho explicador. Él lo sabe todo, valga la redundancia, pero además da por hecho que tú nunca lo sabrás, así que te lo explica sin que se lo preguntes.

Y luego están los tertulianos profesionales, que ayer eran eminencias en virología y gestión de pandemias mundiales y hoy lo son en coladas volcánicas. Les basta mostrar aplomo, vehemencia y no saber ni lo que significa el síndrome del impostor (aunque si les preguntan, seguro que resulta que sí que lo saben). Si a eso le sumas que les importa un comino errar en su valoración, tienen posibilidades de llegar lejos.

En fin, una puede evitarlos, basta con no quedarse en la superficie, el documental de la plataforma de pago en lugar del zapping, la prensa contrastada en vez de Twitter, las amistades escogidas a cambio del arroz con tu cuñado. Pero qué pasa cuando la sociedad te demanda formar parte de ese universo todólogo. A las y los escritores se nos exige tener un criterio formado sobre cualquier tema, cosa que rechazo primero, porque escribir una novela no me da ninguna clarividencia especial, y segundo, precisamente porque reivindico el sano derecho a no opinar. Sin profundizar mucho, que ya sabemos que no es la moda, un par de ejemplos. Hace cosa de un mes me ofrecieron un puesto de tertuliana en un programa vespertino de televisión. A mí, que no he ejercido ese papel en mi vida, me dicen que me siente en un sillón tres tardes por semana a opinar de lo que caiga. Lo rechacé. Y ayer mismo me llamaban de un medio para publicar mi parecer sobre un tema polémico que afecta a mi ciudad. También rehusé, y en este caso no porque no lo tenga, sino porque no me gusta ser utilizada para forjar una corriente de pensamiento. También en las presentaciones de libros a menudo se saltan las fronteras de lo literario para preguntar por la opinión personal, cuyos límites se difuminan cada vez más reforzando la incertidumbre sobre cuál es el producto, si el libro o el autor. Y si es el autor, ¿a qué nos expone eso? ¿Hasta dónde tenemos que mostrar para dar gusto al cliente/consumidor? Supongo que cada uno tendrá que fijar sus propios límites, pero ese es otro tema. Mientras lo medito, seguiré reivindicando el derecho a no tener una opinión forjada sobre cualquier cosa, a no emitirla si no me da la gana, y, por supuesto, a emitirla si lo creo conveniente. Que, afortunadamente para ustedes, no es siempre.

Compartir el artículo

stats