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José María Asencio Mellado

José María Asencio Mellado

Catedrático de derecho procesal de la UA

Una nueva forma de esclavitud: la inmigración

Leer la noticia del descubrimiento de una fábrica que empleaba inmigrantes en jornadas de doce horas pagándoles cuatrocientos euros al mes, en condiciones miserables, es o debería figurar en portada y ser destacada por su profundo significado.

Los valores que decimos presiden nuestra civilización, los que pretendemos que asuman otros bajo pena de expulsión del mundo, cercado por fronteras, por nacionalismos de todo tipo, siempre opuestos al sentir cristiano decía Ratzinger en una obra ya clásica, son mera apariencia.

No debemos engañarnos e ignorar o silenciar que la inmigración se ha convertido en una forma de esclavitud, en una nueva modalidad de maltrato a las personas por su origen, en una nueva vergüenza en una sociedad en la que las personas no importan y son usadas, a diestra y siniestra, para vender humo, palabras, eslóganes y estrategias. Poco importan los seres humanos. Se ofrecen grandes teorías cuya finalidad es ser distintos, algunos con una bonhomía que no se compadece con el tratamiento efectivo del problema, ni sirve para enfrentarlo con realismo evitando lo que se ve todos los días; otros, haciendo aparecer como enemigos a hermanos que lo son por ser personas. Ser católico, para quienes lo pregonan, no entiende de razas, ni de pobreza, ni de origen. Todos somos hijos de un mismo Padre que, como todo padre, no hace distingos por causas incompatibles con la filiación divina común. Sustitúyase esta visión cristiana por la dignidad humana y el resultado será el mismo para creyentes y no creyentes.

Y al final, si queremos ser sinceros, lo que vemos son inmigrantes obligados a los trabajos más duros, peor pagados, con horarios agotadores, sin una cama decente para descansar, desvinculados de su familia, de su origen, maltratados como personas, insultados por ser lo que son, tristes en su destino, pero orgullosos de comer lo justo para sobrevivir y poder enviar a sus familias, pobres, allí donde se encuentran, un trozo de pan. He visto en aeropuertos del mundo despedirse a muchos de ellos, dejando lo que más quieren porque de verdad lo quieren, la tristeza en el alma, el desamparo, la soledad y solo por la esperanza de entregar parte de su sufrimiento a sus seres queridos. Escenas desgarradoras que nadie puede olvidar si tiene decencia y sentimientos nobles.

No entiendo a quienes defienden la inmigración ilegal sin control, pues favorecen la explotación y el maltrato, los bajos salarios, las noches al raso. Ilegalidad significa imposibilidad de ser contratado y frente a esta certeza solo se construyen discursos. Hablar si la palabra no va acompañada de medidas que eviten que deambulen por las calles a la espera de la explotación más miserable es populismo y bondad aparente.

Tampoco entiendo y mucho menos a quienes crean enemigos y califican de delincuentes a personas por el mero hecho de ser pobres, sospechosos por su color o creencias.

Ni los unos, ni los otros creen de verdad en lo que dicen creer. Creo en la dignidad, en la fraternidad, la igualdad y la solidaridad. En la justicia que iguala a las personas por serlo al margen de sus condiciones y creencias.

Esa noticia de personas que trabajan doce horas por cuatrocientos euros al mes me produce una sensación que transita entre la pena profunda y la repugnancia. No puedo comprender que nadie duerma tranquilo sobre las lágrimas de los débiles, que pueda sentirse orgulloso del éxito de su negocio si las bases del mismo necesitan explotar a seres humanos, esclavizarlos. Y menos que los explotadores de la miseria humana prediquen o se presenten como los adalides de una civilización que merece algo más que su hipocresía. No sé cuál es la solución y una solución que compatibilice la dignidad y la realidad de personas que vienen buscando una vida mejor, en ocasiones simplemente una vida. Y una solución que no los deje en la calle y vendidos a lo peor de nuestra especie: la que humilla a quien se siente indefenso y tiene hambre.

Debemos ser conscientes y duele el hecho de que en este país falta mano de obra, que nuestros jóvenes no quieren los trabajos que hacen los inmigrantes y que éstos son necesarios. Pero solo escribir estas palabras causa cierta repugnancia, pues parece que estemos aceptando ciudadanos de segunda obligados a hacer lo peor por causa de su nacimiento, que entendamos como un hecho normal que ellos, los desheredados de la tierra, vengan a «servirnos» en nuestra comodidad inmerecida, solo por ser ricos, blancos y europeos.

No tengo soluciones, ni tengo el deber de buscarlas. Para ello pagamos a miles de políticos que en este caso, que afecta a la dignidad humana, deberían abandonar sus discursos de confrontación y ser personas. Les debería doler el dolor, les debería doler anteponer sus siglas a sus obligaciones morales. Todos ellos. Que nadie se engañe. Porque en este problema vende votos una cosa y la contraria.

Pero, mientras tanto, ahí tenemos a los nuevos esclavos, trabajando de sol a sol en lo que no queremos, por una soldada miserable y sintiendo en su dolor y sudor que son sospechosos por ser inmigrantes. Debe ser duro transitar por la vida sin nada y siendo a la vez acreedores del desprecio de quienes, en nuestra prepotencia, carecemos ya de valores, aunque los vendemos a precio de saldo con un orgullo que es solo pose ridícula y que nos humilla como especie.

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