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Eduardo Jordà

La materia se venga

Hacia el año 2000, con el nuevo milenio, Internet se introdujo en nuestras vidas. A partir de ese momento empezamos a vivir en un mundo en el que las cosas (los objetos, si preferimos decirlo así) pasaron a existir en un limbo inconcreto que sólo existía en la pantalla del ordenador. Los libros de papel, los periódicos, las películas (que ya no existían en las pantallas de los cines), incluso las prendas de ropa que comprábamos o los artículos de menaje que elegíamos a través de un catálogo online -y que luego nos traía a casa un jadeante mensajero-, todo eso perdió su dimensión física y se quedó reducido a un mero simulacro.

Quizá, sin saberlo, vivimos un cambio equiparable a lo que sucedió en el Neolítico, cuando el ser humano dejó de vivir en tribus nómadas y se asentó en un emplazamiento fijo. De alguna forma, todo se alteró en nuestra forma de percibir la realidad. Las cosas seguían existiendo, claro que sí, pero ya no poseían la misma realidad palpable. Todo estaba volviéndose inmaterial, etéreo, intangible. Por supuesto que seguíamos viviendo en el mismo mundo de siempre, pero nuestra mente empezaba a percibir las cosas de otro modo. Y eso afectaba a todos los órdenes de la vida. El sexo, la amistad, los recuerdos, el simple trato humano, la imaginación, la intuición, la memoria o nuestras relaciones afectivas y sociales: todo eso lo empezamos a vivir de una forma muy distinta que de alguna manera nos estaba alterando por completo. Sin que nos diéramos cuenta, nos estábamos desmaterializando. Perdíamos sustancia. Perdíamos memoria. Perdíamos lenguaje. Quizá incluso conciencia.

Y mientras esto ocurría, asistíamos a un fenómeno que estaba cambiando por completo el paisaje económico en el que vivíamos: la Revolución Industrial estaba dando sus últimas bocanadas y el mundo de la producción de objetos de consumo se estaba clausurando para siempre, al menos en Europa. Cosa curiosa, fue un proceso al que apenas le prestamos atención. De vez en cuando, en los informativos, oíamos hablar de huelgas violentas y de obreros que se enfrentaban a la policía porque no querían que se cerrara la fábrica en la que trabajaban. Pero en realidad todo eso nos dejaba indiferentes. Pensábamos que no tenía que ver con nosotros, y que si no trabajábamos en esas fábricas que cerraban ni vivíamos en esas comarcas que se quedaban vacías, a nosotros no nos iba a afectar en absoluto. Era como si un inexorable mandamiento histórico se estuviera cumpliendo a rajatabla: lo viejo moría porque tenía que dar paso a lo nuevo. Al fin y al cabo, todas aquellas fábricas y todos aquellos obreros ya no pertenecían a nuestra época. En cierta forma eran como actores del cine mudo que ya no servían para la época del cine hablado: sus voces eran demasiado chillonas, sus gestos eran demasiado grandilocuentes, su forma de actuar ya no interesaba a nadie. Ahora ya no tenían nada que decir. Y nadie iba a lamentar su ausencia.

Tampoco prestamos atención a otro fenómeno que ocurrió en los últimos años del siglo XX, cuando se fueron agotando las fuentes de energía tradicionales o tuvimos que clausurarlas porque nos parecían demasiado caras o demasiado peligrosas. En 1981, ETA asesinó de un disparo en la cabeza al ingeniero jefe de la central nuclear de Lemóniz, y ese asesinato supuso el final de la energía nuclear en España: todas las centrales que estaban en construcción se paralizaron y poco después se ordenó la moratoria nuclear. También fueron cerrando las minas de carbón -por caras y por contaminantes- y después les llegó el turno a las centrales térmicas que contravenían las normas de emisión de CO2. Sin que nos diéramos cuenta, en apenas veinte o treinta años, España se quedó sin fábricas y sin fuentes de energía. Pero eso daba igual. Las fábricas estaban en China y en el Sudeste Asiático, y todos creíamos que el suministro no iba a interrumpirse jamás porque los chinos -sometidos a una sociedad semiesclavista- iban a trabajar como hormiguitas hasta reventar en la cadena de montaje. Y en cuanto a las fuentes de energía, tampoco había que preocuparse: muy pronto llegarían las energías renovables, que eran baratas, sostenibles, limpias y sonrientes. Y por si fuera poco, luego llegó la nueva Juana de Arco -la niña Greta Thunberg- que nos anunciaba lluvias de azufre y lenguas de fuego si no hacíamos todo lo posible por luchar contra el cambio climático.

Pero un día llegó 

la pandemia de covid. Los gobiernos ordenaron confinamientos de la población. Toda la actividad económica se paralizó: los buques de transporte, las líneas aéreas, la producción en China, los intercambios comerciales. Y ahora ya estamos viendo las consecuencias. Los precios de la energía eléctrica no dejan de subir, el gas se vende a precios inimaginables, y hasta los fertilizantes están alcanzando precios estratosféricos. Falta carbón, faltan productos de consumo, faltan materias primas. Todo lo que habíamos despreciado -por sucio, por vulgar, por feo, por contaminante- de pronto ha empezado a reclamar su presencia. Y ahora descubrimos -atónitos, perplejos, furiosos- que no es posible vivir sin esas cosas que antes despreciábamos. Lo pagaremos caro.

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