Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Norberto Alcover

En aquel tiempo | Sencillamente serios

No se debe trivializar algo tan serio como la praxis eliminatoria de un feto viviente por respeto a las mujeres y a la vida humana

La proximidad de una regulación sobre la ley abortista en España, la lectura del artículo Nuestra roñosa libertad de Lara Moreno, en El País de 28 de septiembre, y las declaraciones de Toni Morillas sobre estas cuestiones, en calidad de Directora del Instituto de las Mujeres, también en El País del día siguiente, me animan a redactar estas líneas en favor de la seriedad con que, desde mi punto de vista, se hace necesario abordar un asunto tan complejo y que, para muchos, afecta a zonas íntimas de sus propias convicciones. Vamos allá.

Está claro que, una vez que existe una ley reguladora del aborto en España, se hace necesario que la praxis de tal derecho se ejecute de la forma más humana y teniendo muy presente la situación de la mujer protagonista, que es una situación anormal en el conjunto de su vida. Por esta razón, los lugares en que se lleva a cabo esta eliminación del feto, que es todo aborto, debiera de tener las cualidades exigidas del momento. El artículo autobiográfico es de Lara Moreno, madre de un hijo anterior, con pareja que deseaba que el hijo naciera y con una visión absolutamente pragmática del caso, justifica mi exigencia de respetar la forma de ejecutar el acto abortista de la forma más higiénica posible. Pero la narración en sí misma me ha dejado desasosegado. Porque una cosa es denunciar un trato casi vejatorio por parte de la clínica abortista, y otra muy diferente «el tono» con que una mujer se enfrenta a tal situación como algo más de la vida, como una decisión que solamente requiere dinero, sentido del propio derecho y en fin capacidad para enfrentarse a la eliminación de su feto casi con indiferencia. Bien es cierto que, al final del proceso, esta mujer tan aguerrida, escribe: «Empecé a llorar, en fin, porque ya podía. Ya nadie cuestionaría mi miedo. Y me dormí».

Es un texto que protesta contra el «modo» de proceder de la clínica y preparativos legales, pero también un texto de una frialdad que te congela el ánimo. Personalmente, y desde mis convicciones, me obligó a pensar muy despacio sobre la identidad maternal de las mujeres que deciden abortar. Nunca motivado por una moralización inadecuada, antes bien por lo que significa cultural y éticamente proceder así. Pero me faltaba leer las declaraciones de Toni Morillas, directora del Instituto de las Mujeres: lo que en el caso de Lara Moreno pudiera constituir una mera experiencia personal, ahora se trataba de una representante del staff político en el poder. Dos situaciones completamente diferentes.

Y de nuevo, comparto la posición de la Directora en cuestión sobre el respeto debido a la mujer que decide abortar en cuanto tal: es una decisión personal e intransferible, pero, digo yo a manera de añadido, de evidentes resonancias familiares, en muchos casos, y por supuesto sociales. Respetar a la persona y respetar la legislación, por supuesto. Señalar a quienes deciden, con la misma libertad de conciencia, objetar su participación en un acto así, en absoluto. Y organizar un registro oficial de los objetores con la excusa de poder distribuir mejor las tareas abortistas, pues, la verdad, tiene un tufo muy desagradable a «listados de personas peligrosas», que me disgusta. Tiene que haber otros modos de regular una cuestión tan delicada.

Pero cuando mi sensibilidad quedó hecha trizas fue al leer lo siguiente: «Hay que eliminar el estigma que tiene el aborto, normalizar que es una prestación sanitaria más. Igual que cuando un hombre tiene un problema de próstata y puede ir a su centro más cercano». Me quedé petrificado con el diario en mis manos. Y me dije que no. Que una Directora del Instituto de las mujeres no podía haber respondido así a las preguntas de Pilar Álvarez, la conocida periodista que la entrevistaba. Por muy militante que fuera la Directora. Por muy ideologizada que estuviera. Por muy distante de la concepción de la vida y la maternidad que pudiera tener yo. Esa comparación del aborto con un problema masculino prostático, tenía que provenir de una persona con menos responsabilidades que Toni Morillas. Hay que tener infinito cuidado cuando se pronuncian palabras que llevan a sus espaldas responsabilidades relevantes.

Está claro que la voluntad del actual Gobierno de España es una reforma de la legislación abortista de naturaleza amplificadora. También está claro que, una vez que el aborto se practica, los responsables de ejecutarlo tienen que estar a la altura de cuanto significa para la mujer protagonista, en general. Pero trivializar algo tan serio como la praxis eliminatoria de un feto viviente, en absoluto. Por respeto a las mujeres y por respeto a la vida humana en cuanto tal. No nos pasemos de la raya en razón de militancias e ideologías. Mantengamos el respeto y la prudencia elementales. Seamos sencillamente serios.

Compartir el artículo

stats