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Las tribulaciones de don Cristóbal

Seguro que si don Cristòfol, don Cristóbal o don Cristoforo, como gustan decir los descendientes del progreso nacional wasp (White, anglo-saxon and protestant) a costa de las naciones indias de las praderas de América del norte, viera los tejemanejes que se traen algunos con sus estatuas y sus ansias descubridoras, le saldría aquello tan nuestro de «si lo sé no voy» o el mucho más entrañable, de entraña, «que os vayan dando». En mala hora al marino Colón se le ocurrió llevar a la práctica sus teorías, o las de otros antes que él, de que había un atajo hasta las tierras de las especies sin tener que afrontar la gincana africana. Ahora al pobre ahora le llaman de todo, desde genocida hasta colonizador, palabras cuyo significado no entendería, aunque si la tonalidad con la que se espetan, por ser inexistente su uso en tiempos del viaje «carabelero». Curioso es que los que utilizan ese último vocablo peyorativamente y de forma insultante, anden por ahí ayunos de su etimología, que no pende del apellido del marino sino del término en latín de Colonus, aplicado al que cultiva, o sea al campesino; las vueltas que da la lingüística.

Uno ya no sabe como analizar las consecuencias de aquel primer viaje o mejor dicho las consecuencias de que tal primer viaje descubridor no se hubiera producido. Sería interesante que alguien se atreviera a escribir una novela «histórica» inventada de cómo hubiera sido el devenir de la América toda, sin influencia europea alguna; pero sería asunto peliagudo porque influencias extranjeras, invasiones, ocupaciones, inmersiones culturales, voluntarias o impuestas, las han sufrido-aprovechado prácticamente todos los pueblos y tribus a lo largo de la historia, y de eso algo saben los de por aquí, incluso lo más carpetovetónicos.

Por causa de esta moda de pintarrajear o arrastrar por los suelos, al estilo Bagdad, las estatuas de marino Colón, azuzada desde allí pero también desde aquí (por cierto ¿para cuando la petición de algunos en Cataluña para que retiren la estatua del «genocida» en Barcelona, en coherencia con sus opiniones?), se están retirando no pocas estatuas del descubridor y sustituyéndolas por estatuas de indígenas, como en México D.F. Vaya por delante que los o las indígenas tienen derecho, más que ganado y merecido, a que se les levanten estatuas o monumentos, pero los que los proponen y erigen debieran concretar a que indígena pretende loar la talla; en México, si nuestros hermanos de allá me permiten el consejo, harían bien en establecer que concreto indígena es el premiado con el monumento, si se trata de Aztecas, Totonacas, Toltecas, Chichimecas, Huaxtecas y demás tribus precolombinas de México, que en nada tenían que envidiar a los europeos de la época con sus guerras, sus esclavismos, sus masacres y sus ejecuciones masivas, no fuera cosa que pensando que erigen un tributo a la víctima lo hagan al victimario. Las cosas pasan.

Y luego está lo de los pedimentos de perdón que algunos consideran necesario que piden a los que nada tuvieron que ver con el descubrimiento quienes en la actualidad nada han sufrido o padecido por aquellos hechos. Y algo de razón hay en ello pues el pedir perdón es cosa sana porque, en palabras de Jacinto Benavente, a perdonar solo se aprende en la vida cuando, a nuestra vez, hemos necesitado que nos perdonen mucho. Pero lo de pedir perdón a los descendientes de los tenidos por malvados allá en los siglos puede llevarnos al absurdo en cadena. Si los Mr. López Obrador (linajes muy mexicanos como es de ver) de turno solicitan que los descendientes de Colón que por cierto si fuera cierto su origen genovés, se equivocan de destinatario en su petición o de la realeza castellana pidan perdón por lo hipotéticamente actuado por sus ancestros, ¿que impide que los de éstos terruños isleños, exijamos otro tanto a los gobernantes actuales de Grecia, Italia, Aragón, Turquía, Barbería y de demás gentes que han invadido, ocupado, depredado y masacrado estas islas?

Imagínense ustedes que el presidente de la actual Rumanía exige del Quirinal que pida perdón por la conquista de la Dacia por Trajano y que como muestra de buena voluntad de los actuales transalpinos se procediera a derribar la Columna Trajana en pleno centro de Roma, por conmemorar la masacre y las incautaciones que los romanos infringieron sobre los Dacios. ¿Cuál creen que sería la contestación que les llegaría en el florido lenguaje italiano? Pues eso.

Y es que la historia, o mejor dicho la historia que algunos cuentan, está llena de inexactitudes, falsedades, malas intenciones y no pocas injusticias; por eso los que van por ahí exigiendo a los demás ejercicios de arrodillamiento penitente y público flagelamiento harían bien en recordar aquello de lo inadecuado de lanzar con odio una primera piedra cuando no se está libre de culpa.

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