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Antonio Papell

El debate de las izquierdas

Durante un dilatado periodo central del tramo democrático que arrancó en 1978, la izquierda parlamentaria estaba formada por un PSOE consistente y por una Izquierda Unida testimonial y de reducidas dimensiones que en sus mejores tiempos alcanzó 18 escaños /en 1996 con Anguita de candidato) y en su peor momento solo 3 (en 2004, con Llamazares al frente, e incluyendo a ICV). Por aquel entonces regía y estaba interiorizada la teoría del voto útil: mucha gente pensaba que su voto era más eficaz si se dirigía a uno de los dos principales actores del bipartidismo imperfecto, en el que durante todo el periodo no asomó un partido parlamentario de extrema derecha pero sí un intento centrista, el CDS de Suárez.

Después de unas vicisitudes que están en la mente de todos, se ha instalado el pluripartidismo, tras comprobarse que la dispersión del voto tiene también ciertas ventajas. Las divisiones de la derecha y de la izquierda se retroalimentan, ya que en España no parece que la derecha democrática sienta escrúpulos a la hora de aliarse con la extrema derecha: en Alemania, los conservadores consideran deshonroso confraternizar con los neonazis; en España, la derecha democrática no duda en aliarse con los neofranquistas.

Este nuevo esquema, que tiende a ser cuatripartito ya que Ciudadanos está exhausto y es dudoso que sobreviva, plantea un equilibrio dual que previsiblemente regirá en el futuro, al menos durante un tiempo indeterminado. En este modelo ideal, seguirán compitiendo centro-derecha y centro-izquierda, disminuidos por la competencia del otro inquilino de su propio hemisferio político, aunque la mayoría para formar gobierno dependerá decisivamente de la potencia conjunta de las dos formaciones de cada bloque.

La relación entre PP y Vox es confusa, ya que la necesidad de cooperar que ambos tienen para ‘tocar’ poder se contrarresta con una agria rivalidad en su espacio y con el problema que le plantea al PP en Europa la connivencia con una formación proscrita. Por el contrario, el PSOE y Unidas Podemos han formado una fecunda coalición de gobierno, que supera pasadas e históricas enemistades (para el leninismo, la socialdemocracia era el ala izquierda del fascismo). La complementariedad entre socialdemócratas y todo lo que se encuentra a su izquierda (no solo el PCE) ha quedado acreditada tanto en España como en Portugal, donde se están viviendo experiencias muy parecidas.

El PSOE tiene una larga tradición de poder, en la que ha hecho un esfuerzo fructífero para conciliar el progresismo fiscal con la normalidad económica liberal, sobre todo después de que la Unión Europea se convirtiera a las teorías de Keynes tras el austericidio innecesario y cruel que tuvo lugar durante la primera crisis del siglo (2008-2014). En la legislatura actual, el PSOE representa el consenso socialdemócrata y Unidas Podemos el radicalismo social, en el sentido italiano o francés de la palabra ‘radical’. La combinación de ambos está consiguiendo nada menos que una prosperidad económica relevante mientras se potencia el vector de la equidad, sin el cual la crisis sanitaria hubiera resultado insoportable y disolvente.

El 40 Congreso del PSOE, en cuya ponencia predomina un vector potente de descentralización y desconcentración, apunta a un horizonte federal, que habrá que concretar más pronto que tarde toda vez que la reforma constitucional se hace cada vez más inaplazable y uno de los grandes requerimientos de futuro es convertir nuestro estado de las autonomías en un federalismo a la alemana, donde el estéril senado se convierta en un fecundo y operativo Bundesrat.

Al propio tiempo, es claro que Yolanda Díaz está poniendo en marcha una ambiciosa operación de frente amplio en el que Podemos, comandado por Ione Belarra pero animado todavía intelectualmente por Pablo Iglesias, sería la columna vertebral de una organización en que cupieran Más País —Errejón—, los comunes y las otras confluencias hoy desvanecidas.

En la izquierda, las dos opciones descritas han aprendido a convivir y sobre todo a negociar entre sí. Si se mantienen en este clima y no cometen errores, predominarán sobre una derecha que no solo no se ha puesto al día sino que se ha dotado de un lastre invendible en Europa que cuanto antes debería absorber o expulsar.

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