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Matías Vallés

Al Azar | El crimen está en la difusión

Los asuntos calientes son los más rápidos en enfriarse. Por ejemplo, decenas de mujeres orinan en un callejón, y un degenerado incalificable no solo las graba metódicamente, sino que “difunde” las imágenes en páginas porno de internet. Un juez de Lugo archiva el caso, y se desata una polémica extinguida con el mismo ardor. Las comillas no son superfluas, según se comprobará a continuación. Los latigazos de la opinión pública se dirigen desde luego contra el autor, y todavía con más vigor contra el juzgador, el revuelo no deja un hueco para recomendar los urinarios por razones higiénicas.

Con su permiso, nos desentenderemos por un momento del personal de a pie, para centrarnos en el accidentado recorrido de las imágenes. En primer lugar, es fundamental un aparato de grabación, del que nadie habla. Los mismos que han sentenciado aquí la violencia sexual, corregirán ahora que no matan las pistolas sino el uso que se hace de ellas, pese a lo cual están convenientemente prohibidas. Y la clave del asunto radica en las comillas. El desaprensivo sube las imágenes a internet, pero la “difusión” requiere de la colaboración de poderosas empresas de telefonía y de tecnología digital. La escalada viene guiada por sherpas que desaparecen misteriosamente a la hora de exigir responsabilidades, porque todavía se obedece a la equivalencia de internet con ONG.

El mayor crimen está en la difusión, aunque sea tan agradecido aporrear a seres anónimos. La pornografía no está colgada del cielo, según pretende el verbo utilizado. Goza de soportes técnicos y de difusión mediante plataformas que nunca son culpables, pese a que su única diferencia con los medios de comunicación responsables de sus publicaciones radica en los bufetes de abogados que pueden pagarse. Y no replicaremos a los periodistas que exigen en masa que la calle se incluya en el espacio íntimo, según desearían los grandes corruptos. No conviene hurgar en las profesiones sin remedio.

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