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Joaquín Rábago

360 Grados | No se puede dar rienda suelta a Facebook

No hacía falta esperar al testimonio de una de sus colaboradoras tornada de pronto en denunciante para saber del enorme daño que el gigante de internet Facebook y empresas similares provocan en nuestras sociedades.

Según testimonió hace unos días en el Senado estadounidense Frances Haugen, su antigua empresa ha antepuesto siempre su afán de lucro al bienestar de las personas. ¡Vaya sorpresa! Las consecuencias de esa forma egoísta e insolidaria de proceder han sido ciertamente desastrosas desde el punto de vista de la democracia y la salud mental de la gente.

Los algoritmos utilizados por Facebook dan absoluta prioridad a los contenidos que escandalizan, que polarizan, que encienden pasiones.

La cuestión es captar la atención de los usuarios, mantenerlos el mayor tiempo posible en la red porque cada minuto más que pasen allí, son ganancias para la empresa.

Las mentiras, las llamadas fake news son perfectamente apropiadas para ese objetivo, y cuando más exageradas y escandalosas, mejor.

Según Haugen, la propia empresa encargó estudios sobre los efectos nocivos que sus contenidos tienen en la salud mental de los jóvenes, sobre todo de las adolescentes, pero prefirió ocultarlos a la opinión pública.

Hace años que se critica al fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, por preocuparse más del dinero que de la moral, pero ¿no ocurre lo mismo con tantas otras empresas: por ejemplo las tabacaleras o las de juegos y apuestas?

Es cierto que el daño ese caso mucho mayor porque son miles de millones los usuarios en todo el mundo, pero ¿no tienen también éstos su parte de responsabilidad cuando aceptan desnudarse, metafóricamente hablando, entregar todos sus datos personales, a cambio de utilizar gratis esas plataformas?

La gente pasa horas y más horas con la vista puesta en la pantalla del móvil o de su ordenador y cuando, como sucedió hace unos días, el sistema se cae durante unas horas, se siente como si se le hubiera hundido de pronto el mundo.

Basta con viajar en metro en cualquier ciudad del planeta para ver cómo los jóvenes, y los no tan jóvenes, no parecen apartar la mirada de su celular sin que se percaten en ningún momento de lo que sucede a su alrededor.

Ya puede Zuckerberg hacerse el inocente y afirmar ante quien quiera escucharle que lo único que hacen sus empresas es poner en contacto entre sí a las personas que tienen algo que compartir.

Zuckerberg es ante todo un hombre de negocios atento exclusivamente al lucro. En vano cabe esperar de él, y de quien son cómo él, que se reformen voluntariamente.

Toca pues a la política tomar cartas en el asunto, señalarle al fundador de Facebook y a los de otras redes sociales cuáles son sus límites: es decir regular estrictamente sus prácticas.

La denunciante de Facebook testificó ante el Senado que la dirección de la empresa sabía cómo hacer más segura la red, pero que no había introducido ningún cambio porque sólo le importaban sus «astronómicos beneficios».

El comisario europeo para el Mercado Interior Thierry Breton presentó el pasado mes de diciembre dos proyectos de ley destinados a evitar los abusos de los gigantes de internet.

Toca a Bruselas dejarle perfectamente claro a Zuckerberg no sólo su obligación de pagar impuestos allí donde hace sus negocios, sino fijarle también cuáles son los márgenes que en ningún caso sus empresas debe rebasar.

Pero toca también a la gente tomar conciencia de las consecuencias que pueden tener sus decisiones. Nadie le obliga a uno a ser cliente de Facebook. La gratuidad puede tener enormes costes.

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