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Matías Vallés

Un país fragmentado con populismos volátiles

Alemania sufre su mayor crisis de identidad posterior o anterior a la reunificación, tras la extinción electoral de los partidos mayoritarios

E s duro vivir en un país fragmentado, roído por los populismos volátiles, con partidos antaño mayoritarios o Volkspartei o big-tent instalados en porcentajes escuálidos del veinte, que es el nuevo treinta que desde hace una década era el nuevo cuarenta. Cuesta adaptarse a Gobiernos compartidos, que solo pueden configurarse después de semanas de laboriosas negociaciones, acosados por las formaciones de extrema izquierda y derecha que atenazan a las siglas tradicionales. En efecto, bienvenidos a Alemania’21.

La excepción germana ha dejado de existir, adiós a la solidez, la racionalidad y el funcionamiento impecable de la maquinaria política centralizada en Berlín. Cuesta hablar con convicción de que el SPD ganó las elecciones alemanas, cuando ha encallado en un modesto 25,7 por ciento de los votos. Para abarcar la magnitud del descalabro colectivo, la antaño todopoderosa CDU/CSU superó el cuarenta por ciento de los sufragios que avalan un Gobierno en solitario en trece de los 19 comicios anteriores. Hoy se conforma con un escuálido 24,1, una herencia que descalifica por sí sola cualquier panegírico de Angela Merkel.

Los fervorosos denigradores de la realidad española, que solían contraponer a la integridad germana, se han quedado huérfanos. La Alemania contemporánea sufre la mayor crisis de identidad posterior o anterior a la reunificación, sintetizada en el estallido definitivo del bipartidismo para dar rienda suelta a los partidos minoritarios o niche, consagrados a satisfacer estados de ánimo concretos pero volubles. Con derecho a Gobierno, ahí están los Verdes y los libertarios antes que liberales del FDP.

Con un agravante, porque Alemania ha adelantado a España en disgregación. En Madrid todavía pueden ensayarse los Gobiernos bipartidistas, Berlín está obligado a estrenar una coalición de tres partidos que se aleja de la cabriola para incurrir en contorsionismo. Sí, el país más respetado del planeta será dirigido por un tripartito, la fórmula que tantas chanzas propició en Cataluña. Aparte de la dificultad del forjado de alianzas, los racionales alemanes se han apresurado a introducirse en los mecanismos de la única vía postelectoral transitable.

El bipartidismo estalla para dar rienda suelta a las fuerzas radicales, el populismo campa a sus anchas. ¿Se habla de España o de Alemania? Compartir los vicios con los países superiores es más descorazonador que imitar sus virtudes. Y el asombro puede desplazarse hacia la estupefacción, porque el ejecutivo más probable ahora mismo en Berlín equivale a una coalición simultánea del PSOE con Ciudadanos y Podemos. En efecto, sería una alianza inverosímil en España, donde el amontonamiento de cuatro elecciones y una moción de censura en un escueto cuatrienio se debe precisamente a la imposibilidad de ensayar el pacto a dos bandas.

Alemania ya se adelantó en la gran coalición que en España solo sería posible con los populares al frente, porque jamás se verá a diputados conservadores votando la investidura de un presidente del Gobierno socialista. Sin olvidar una quiniela todavía más endiablada. Es cierto que la democristiana CDU le planta un cordón sanitario a la ultraderecha de Alternativa por Alemania, pero puede permitirse el desaire porque está en condiciones de cortejar a los Verdes con perspectivas de éxito. El PP solo tiene garantizado el apoyo del partido de ultraderecha moderada, Ciudadanos intentó traicionarle y las restantes formaciones ni se le acercan.

Conviene recordar que la evolución caótica de los partidos no se corresponde con vuelcos ideológicos del electorado, que los ilusos se empeñan en pronosticar. La multiplicación de fuerzas y un reparto caótico en apariencia no impiden que el clásico reparto entre izquierda y derecha se ajuste a un empate al 45 por ciento. Los votantes no dudan de sus convicciones, solo lamentan que los participantes en la contienda sean incapaces de encauzarlas. Por no hablar de la legendaria «sabiduría de las multitudes», que llevó a otorgar la primera plaza y probablemente la cancillería al candidato más parecido a Angela Merkel, salvo que Olaf Scholz se presentaba por el SPD.

Los socialdemócratas germanos se muestran exultantes por defecto, son los náufragos que han avistado un mercante salvador. Sobre todo, el paralelismo español aflora en la reacción de un perdedor de dimensiones históricas. Armin Laschet recuerda a su correligionario Pablo Casado tras la doble derrota de 2019, cuando el alemán se refugia en que «nos hemos recuperado durante la campaña», o infla sus posibilidades de gobernar. Todo ello, tras obtener las peores cifras históricas de sus siglas, así en Alemania como en España.

Solo seis de los 27 países de la Unión Europea están gobernados por la izquierda, pero se detectan patrones compartidos. También en Alemania una de cada tres personas prometía antes de las elecciones que endosaría a los Verdes, lo cual hubiera implicado su victoria. Estos votantes de ocasión se decantaban finalmente por otras opciones, hasta el punto de que los ecologistas solo pueden presumir de haber quedado por encima de sus posibles socios de la FDP. Y la particularidad germana se centra en que los Länder de la Alemania excomunista voten masivamente a la ultraderecha de la AfD.

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