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Daniel Capó

Las cuentas de la vida | Los números no cuadran

Escrivá amenaza con jubilarnos a los 75. Sencillamente, los números no cuadran

Ilustración DDM

Como no hay semana sin polémicas, al ministro Escrivá le ha caído en suerte decir que quizás no fuese mala idea empezar a plantearnos la jubilación a los setenta y cinco años. En otra época ya nos darían por muertos a esta edad, pero la ciencia, la higiene y los avances laborales han prolongado la vida hasta límites impensables hace apenas un siglo. Por supuesto, el problema del ministro es otro, más complicado si se quiere: la presión sobre los recursos públicos de una sociedad envejecida, poco competitiva e hiperendeudada resulta enorme. Decisiones apresuradas –y seguramente electoralistas– como cuadrar de nuevo el IPC con las pensiones, sin filtros de ningún tipo, empeoran aún más el escenario en el que se mueve el Gobierno. Con fama de buen técnico, el inconveniente de Escrivá consiste en que dice lo que piensa y no lo que le exigen los cánones normativos de la política. En el modo populista de las democracias actuales, la escasez no suma votos. Tampoco el realismo ni la sinceridad.

Entre el palo y la zanahoria, Escrivá apunta a la insostenibilidad de las pensiones públicas, algo que por supuesto negará en público. Lo insostenible no son las pensiones, sino su formulación actual, sin crecimiento económico, sin empleo ni demografía. Y sin las reformas que se debieron haber planteado hace mucho tiempo, al menos desde la segunda legislatura de Aznar cuando se desaprovecharon cuatro años cruciales para el futuro del país. En aquel momento, la coyuntura parlamentaria, económica e internacional era favorable; pero se optó por el continuismo estático de un ciclo favorable. No se reformó el mercado laboral, ni se abrió la competencia, ni se apostó por la I+D, ni se cambió de arriba abajo la universidad o la formación profesional, ni se actuó de forma decidida sobre el déficit estructural, ni se incentivó la reindustrialización. De algún modo, somos herederos de aquel continuismo que se mantuvo –incluso a peor– durante el zapaterismo.

En política, las promesas no suplen la realidad. Pueden enmascararla durante un tiempo y hacernos creer que no cuenta, pero no es así. El Estado del bienestar –en su acepción más amplia– necesita crecimiento económico y no recesión, necesita más y mejor empleo y no paro o infrasalarios, necesita ahorro e inversión y no endeudamiento crónico, necesita una demografía joven y no envejecimiento. Nadie quiere trabajar hasta los setenta y cinco –o casi nadie–, pero tampoco nadie quiere unas políticas de gasto público inviables para las siguientes generaciones. Algo muy grave sucede a ambos extremos de la cadena social cuando las pensiones medias superan al salario medio de un país y cuando un número cada vez menor de trabajadores tiene que sostener con una parte cada vez mayor de su salario a un número creciente de pensionistas.

Reducir las pensiones es política y moralmente inviable. Alargar la edad de jubilación hasta los setenta y cinco, también. La solución a la insostenibilidad de las cuentas públicas pasa por una ingeniería fina, que no parece vayan a solventar los miles de millones prometidos por Bruselas. Como mucho, se presenta una oportunidad que debemos saber aprovechar antes de que sea demasiado tarde. La alternativa que se abre ante nosotros es sencilla: mirar al norte o al sur, actuar con probidad e inteligencia o dejar pasar la ocasión.

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