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Pedro Coll

Nostalgia

David Hemmings y Veruschka, en la icónica sesión fotográfica de ‘Blow-Up’, film de Antonioni.

David Hemmings y Veruschka, en la icónica sesión fotográfica de ‘Blow-Up’, film de Antonioni.

Murió Jean-Paul Belmondo. Para muchos de nosotros, nostalgia de un tiempo irrepetible que tuvimos la suerte de vivir. Pone los pelos de punta ver el homenaje que se le rindió en Les Invalides, al son del Chi Mai de Ennio Morricone, interpretado de manera solemne y seria por una banda militar. Elegancia y sobriedad, exquisito coctel. El presidente de la República presidiendo el acto, como uno más. Familia, amigos, admiradores. Tristeza ante la desaparición de una parte de nosotros mismos. Y envidia sana de un país como Francia que sabe tratar a sus artistas e intelectuales, sin distinción de credo ni de color.

Sigo en esa época pasada en la que, para los de mi generación, todo estaba comenzando y el futuro era la gran incógnita. Italia, Francia, Inglaterra, tan vecinos y tan distantes, eran los espejos en que ansiábamos reflejarnos. Con apenas 17 años, en mi primer día en París me quedé boquiabierto, diría que escandalizado, al ver como una pareja -chico/chica, nada del otro mundo- se besaba al pie de un semáforo. En aquel tiempo, en una situación así, en este país nuestro la Ley de Vagos y Maleantes los estaría mandando a comisaría…

De Belmondo vamos a pasar a Antonioni, sin salirnos para nada de esta concesión tejida alrededor de la nostalgia. Voy a hacerlo arrimando el ascua a mi sardina…

Blow-Up*, o Deseo de una mañana de verano, de Michelangelo Antonioni, puso ante nuestros ojos aún adolescentes un mundo en el que algunos íbamos a querer vivir el resto de nuestras vidas. A partir de aquel momento, la riqueza comunicativa de la fotografía nos iría atrapando a través de la obra de personajes de carne y hueso de diferentes perfiles, intensos todos ellos, nombres del calibre de Klein, Avedon, Bailey, Newton… Pero aquel fotógrafo de ficción, me refiero al creado por Antonioni, tan obsesivo, capaz de estar trabajando por la mañana en un reportaje, camuflado cómo un marginal más en un asilo estatal y, horas después, enfrentarse a una loca y sofisticada sesión de moda, siempre concentrado en su mundo interior fuera del cual nada existía ni importaba, aquel personaje de película, inventado, pero tan seductor, nos trazó una ruta a muchos de nosotros, jóvenes hambrientos de algo que quizá no fuera tan inalcanzable, y nos abocó a una irrenunciable manera de vivir.

La sesión fotográfica en la que aquel fotógrafo y la esbelta modelo alemana Veruschka**, posiblemente la primera ‘top’ de la historia de las ‘tops’, se alían y enfrentan en la soledad de un alternativo y caótico estudio -todo un cóctel de inspiración y de morbo- se convirtió en un icono para muchos jóvenes atraídos por el emergente y en apariencia mágico mundo de la fotografía. El Londres de finales de los 60, innovador, provocativo, iconoclasta, libre, tan profundo como superficial y, sobre todo, tan alejado de la atmósfera pastosa y naftalina que aquí nos envolvía, caló en nosotros como agua de mayo.

Sin ser consciente de ello hasta años después, metido ya en los entresijos de este oficio elegido de manera consciente, la magistral secuencia de Antonioni iba a servir para advertirme de que aquella conexión entre fotógrafo y modelo no era un mero juego placentero aislado sino un enfrentamiento real, un têtê a têtê a muerte persiguiendo ambas partes la excelencia, una especie de cita a ciegas con la incógnita del resultado final. Lección iniciática para extrapolar y tener siempre presente. Esta era la advertencia: tu, sólo, a un lado del ring, y el mundo mirándote a los ojos en el otro lado.

De esta manera comenzamos a dar nuestros primeros pasos, aprendiendo a trompicones, combinando miedos y deseos, fracasos y descubrimientos, cargados de dudas y de necesidad de desentrañarlas. En el momento que escribo estas líneas soy consciente de que, a la sombra de tipos como Belmondo y Antonioni, Cortázar y Baily, y otros muchos, nos fue ocurriendo la vida en un apasionante y fugaz suspiro, sí, ¡zas!, y de ahí la nostalgia.

David Hemmings y Veruschka, en la icónica sesión fotográfica de ‘Blow-Up’, film de Antonioni.

Información necesaria:

‘Blow-Up’*

La historia se basa en el relato de Julio Cortázar, ‘Las babas del diablo’. Cortázar hace un cameo en la película. El personaje principal está inspirado en el conocido fotógrafo londinense David Bailey. La película obtuvo en 1966 la Palma de Oro del Festival de Cannes. Contiene el primer desnudo frontal integral femenino en la historia del cine británico. La cámara que se utiliza es la Nikon F, la misma que acabaría popularizándose en la guerra de Vietnam.

Verushka**

Veruschka von Lehndorff, Königsberg, 1939. De familia de aristócratas germanos, tras la ejecución de su padre, contrario al Führer, escapó de la Alemania nazi y se reinventó en Nueva York. Su exotismo, tan diferente a la languidez de Twiggy, marcó la década de los 60. Fotógrafos como Richard Avedon, Irving Penn o Helmut Newton la inmortalizaron, y Dalí se la llevó a Kenia. Nadie lucía como ella las saharianas de su amigo Yves Saint Laurent. Cumplidos ya los 80 años, el mundo de la pasarela le ha rendido un homenaje. Su mágica aparición de cinco minutos en ‘Blow-Up’ la convirtió en eterna.

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