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Matías Vallés

Puigdemont, el independentista errante

Con Cataluña volcada en dedicación exclusiva sobre el duelo Koeman/Laporta, el president expresident entra en erupción

Con Cataluña volcada en dedicación exclusiva sobre el duelo fúnebre Koeman/Laporta, llega el sobresalto de Carles Puigdemont, el independentista errante. El president expresident entra en erupción en los dominios sardos del Aga Khan. Incansable, vuelve a quebrar el mito de un soberanista aferrado a su territorio. Su reintegro en las portadas vía detención y encarcelamiento es tan molesto para sus antiguas huestes como los retornados del exilio para los antifranquistas del interior (léase a Max Aub en La gallina ciega).

Puigdemont recupera vía plasma un país enajenado, que no reconocería y sobre todo donde no se reconocería. Incluso los madrileños mostraban más urgencia por olvidar al instructor Llarena, el escribano de los mil borrones, que al president expresident y viceversa. Al igual que los primeros ministros españoles jubilados, también el aislacionista cosmopolita se consagra ahora al cultivo de los independentismos bonsái. Siempre administró los soberanismos homeopáticos con menos convicción que vanidad.

Puigdemont es el familiar crápula que reclama visibilidad permanente, con una indumentaria aderezada por colores vivos y estampados desaconsejables a su edad. Por eso, en cuanto fue independiente y por tanto confinado, dio marcha atrás. Sin embargo, y antes de que la saña se imponga a la prosa, se tiende a olvidar que el anteayer preso es el independentista más votado del mundo, después de Oriol Junqueras. Otros países sofocan las tentaciones separatistas desde la raíz del voto, en Cataluña impera una contabilidad que no concede a los soberanistas la mayoría lituana, pero también los convierte en imprescindibles para cualquier singladura.

En un dato olvidado con frecuencia porque nadie se molestará en leer la novela por entero, Robinson volvió a la isla exótica para urbanizarla al más puro estilo turismo de masas. Puigdemont conserva esa moral del náufrago reincidente, la reivindicación trabucaire de una década trasnochada porque fue arrasada por la lava del coronavirus. De ahí que el president expresident y viceversa sea ahora mismo la única persona que con huestes muy debilitadas purga en el destierro los cada vez más nebulosos acontecimientos de 2017. Hay que vivir para olvidar.

Puigdemont protagoniza el tránsito abrupto de político catalán a fugitivo, un desplome no solo superior al que experimentaría un profesional de la fontanería, sino también un alto cargo forjado en geografías más destempladas. Por sí solo, el encarcelamiento en Cerdeña justifica el indulto en serie concedido por Pedro Sánchez a los presos del procés. La política obliga a menudo a huir de los que huyen, porque es la mejor manera de mostrarles el camino. Vuelve a demostrarse que el presidente del Gobierno se bandea con mayor soltura en los días excepcionales, donde cualquier solución ha de pecar de original y estrambótica.

Sánchez no triunfó al otorgar un perdón incomprensible para el PP, sino al administrar una gracia que los populares fueron incapaces de imponer, de ahí la fallida recogida de firmas. Mariano Rajoy se pasó el mes de octubre de 2017 indultando a Puigdemont. Le envió más solicitudes de aclaración que autos de detención extraviados redactó Llarena, al borde de la súplica implorante. El languideciente Gobierno conservador solo intervino cuando quedó claro que los catalanes (desde Madrid no hay distinciones ideológicas) eran incapaces de independizarse por sí solos.

Se habla del artículo 155 de la Constitución como si fuera el Duque de Alba ensangrentando Flandes. Sin embargo, Rajoy no coartó las instituciones catalanas, se limitó a encauzar una nave a la deriva mientras Puigdemont siempre Puigdemont engañaba a su policía rumbo a los dominios ducales flamencos. El último lance del fugitivo demuestra que va «de existencia en existencia», como Rilke. Desmiente el mito del independentista provinciano. «El nacionalismo se cura viajando», decretó Unamuno, pero el catalán errante se ha erigido en una excepción infatigable.

Si no hubo golpe y a lo sumo se trata de una sedición, ni siquiera le corresponde juzgarla al Supremo. La efectividad del Estado se comprueba al neutralizar a Artur Mas mediante un carísima inhabilitación, la cirugía de los tribunales es incompatible con el alboroto de los macrojuicios. La enésima caída de Puigdemont en su viacrucis volverá a desatar los odios viscerales. Quienes desean deshollarlo para a continuación descuartizarlo, o viceversa, deberán demostrar antes que no pertenecen a la izquierda campeadora. El PSOE gobierna ininterrumpidamente desde 2018 gracias al apoyo de los diputados fieles al president expresident.

El batallar quijotesco contra falsos gigantes del independentista que no quiso ser independiente resume las facturas de la era de la militancia obligatoria, frente a los patriotismos desordenados y por tanto pacíficos que adoban la mejor democracia. Los convencidos son los primeros enemigos del liberalismo, la equidistancia es una reclamación curativa y erasmista de la pereza, la principal garantía de la convivencia frente al narcisismo de las diferencias irrelevantes.

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