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Mercè  Marrero

La suerte de besar | Todo por la pasta, o no

Hay objetos que son muy importantes para nosotros y que forman parte de nuestro patrimonio emocional. El dinero, en esos casos, no es lo relevante

Una regadera en un suelo cubierto de cenizas en Todoque. Reuters

Durante años, mis zapatos preferidos fueron unos botines de cordones y suela de goma. Eran de color beige y de material anodino. Tan anodino que no lo recuerdo. Sí sé que eran la antítesis de unos taconazos o de cualquier prenda que pudiera considerarse objetivamente sexy, pero a mí me encantaban y, con ellos, me sentía la tía más atractiva del planeta. Fueron un regalo de un amigo y, cuando se rompieron durante una excursión, sentí una pena irracional. Algo parecido me sucedía con un jersey blanco y rojo que compré en un mercado de segunda mano. Puede que fuera porque lo encontré durante un viaje que hice sola o porque pasaba una época metafísica en la que me sentía la diosa de la evolución espiritual, pero esa prenda tenía algo especial. Cuando se encogió en la lavadora, la pena irracional reapareció. Claramente, no estaba tan evolucionada como creía, pero es cierto que hay objetos que significan mucho y el dinero no tiene nada que ver con ello. Son cosas que nos conectan con todo un universo de recuerdos, afectos e ilusiones. Es un llavero, una caja, una libreta o una pulsera de tela. En mi caso, además de los zapatos y el jersey esmirriado, también tengo un billete de metro, un posavasos, un papel con un número de teléfono, un disco de Bob Dylan, todos los dientes que han perdido mis hijos durante estos años y las notitas que me dejaban bajo la almohada. Es parte de mi patrimonio emocional. Cuando murió mi padre descubrí entre las hojas de sus libros fotos de mi hermano, escritos de cuando él era pequeño y un cuadernillo de su padre, mi abuelo. Eran parte de su tesoro afectivo. Busqué algún rastro mío, pero no lo encontré. Sigo creyendo que anda escondido por ahí y que algún día descubriré en una bolsa el cenicero en forma de flor que le hice en la EGB.

He caído en la importancia de nuestros patrimonios emocionales a raíz de dos sucesos. El primero, cuando escuché las declaraciones de la ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, afirmando, sin tener en cuenta el drama y miseria que la erupción del volcán representa para muchas personas, que el espectáculo era un maravilloso reclamo turístico. Ahora parece que lo relevante es recibir a millones de turistas dispuestos a hacerse un selfi sobre los recuerdos, vidas e historias pulverizadas y sepultadas bajo la lava. La verdad es que ese afán por mostrarnos como un país vendido al monocultivo turístico es cansino. Y la falta de sensibilidad y empatía, también. Llegará el día en que los políticos hablarán menos y escucharán más. Espero.

El segundo suceso es más prosaico y tiene que ver con la perra de mi perra. Un animal que adoro y que hurgó en una caja de madera, se llevó la primera carta que mi hijo mayor me escribió por el día de la madre y la rompió en cien pedazos. Ahora ya no puedo leer la frase más bella que me han escrito jamás: «Eres la mejor madre del mundo». La pena irracional ha vuelto a aparecer y, por cierto, hoy sería impensable que una niña de ocho años promoviera que su padre fumara regalándole un cenicero con forma de flor. Bendita evolución.

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