Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Susana Martín Gijón

Seriefilia

Una imagen de la serie 'Antidisturbios'. Archivo

Sí, hay algunos pocos que no han caído en sus redes, pero la mayoría lo hemos hecho. Bien porque queríamos tener algo de que hablar en el trabajo tras el estreno de un nuevo capítulo de Juego de Tronos, porque nos regalaron la suscripción a una plataforma con la línea de teléfono o por saciar la curiosidad sobre de qué hablaba Pablo Iglesias (eh, espera, ¿quién era ese?) con sus símiles constantes entre la política española y los tejemanejes con el reino del Norte y la Khaleesi o por qué demonios le regaló la serie al Rey.

Juego de Tronos acabó, pero la simiente ya llevaba tiempo sembrándose (Los Soprano, TheWire, Perdidos, BreakingBad… por citar algunas de las más memorables), y en la actualidad asistimos a un fenómeno sin precedentes en el que cada semana nuestra pantalla aparece saturada de nuevas propuestas. Son producidas a una velocidad frenética y las estimaciones hablan de más de quinientas anuales solo en Estados Unidos, muchas de las cuales podemos visualizar aquí a través de HBO, Netflix, Amazon Prime, Disney+, Movistar Lite o cualquiera de las nuevas plataformas que emergen como setas tras la lluvia. Es el mercado, y fruto de él, la dictadura del contenido. Por suerte, entre tanta cantidad necesariamente se encuentran grandes joyas, que van ganándole el terreno y la partida a la ficción cinematográfica. Dicen los expertos que las salas de cine están condenadas a desaparecer. Es una realidad triste de aceptar pero nada difícil de imaginar en este mundo donde cada vez nos aislamos más en nuestras casas –el coronavirus ha sido un factor determinante, pero sumado a otros que ya abonaban el terreno– y donde las tecnologías nos permiten montarnos nuestra propia proyección espectacular frente al sofá.

Pero hagamos a un lado la melancolía para quedarnos con lo bueno que nos ha traído. El territorio de la ficción juega un papel fundamental en la construcción del imaginario popular, y si bien los escritores tenemos una buena herramienta en nuestra pluma, podría tildarse de ridícula en comparación con el poder de una serie. Por eso es una gran noticia comprobar que los contenidos evolucionan y contribuyen a cambiar el discurso cultural dominante, rompiendo con los más rancios estereotipos, y así, ver cómo las mujeres protagonistas ya no son la excepción, cómo dejamos de ser personajes funcionales que ni de lejos cumplirían el test de Bechdel o cómo el sexo absurdo que veíamos en la pantalla empieza a ser más acorde con lo que pasa en las alcobas. O en los baños de una discoteca, veáse a Vicky Luengo (ay, cuánto daño ha hecho en el imaginario masculino el mete saca conejero).

En toda esta marabunta, las series españolas también están tomando nota y haciéndose un hueco más que merecido. Antidisturbios o Arde Madrid las considero de una calidad y un gusto tan exquisitos que superan con creces a la mayoría de series estadounidenses en mi ránking personal. Pero cómo no mencionar otras ficciones seriales ibéricas, no tanto por mi criterio subjetivo –a quién le importa eso, después de todo– sino porque se han catapultado al podio de lo más visto: La casa de papel, Élite, Las chicas del cable. Ojalá entre estas se encuentre La novia gitana, adaptación de la novela superventas de Carmen Mola, que se estrenará el año próximo y en la que he tenido el privilegio de participar como guionista, con el director Paco Cabezas a los mandos. Y con un poco de suerte también lo hará, corriendo el tiempo, la serie de Progenie, proyecto en el que trabajo junto a –más bien aprendo con– la guionista Isa Sánchez (Malaka, El Ministerio del Tiempo) y la directora Juana Macías (Planes para mañana, Embarazados o Fuimos canciones, del bestseller del mismo nombre de Elisabet Benavent). Y es que las adaptaciones de novelas de autores españoles también están viviendo una época dorada de la mano de las producciones televisivas. Patria, Valeria, Dime quién soy o El desorden que dejas son muestra de ello. Buena oportunidad para ampliar el altavoz del que hablábamos. De momento, a mí esta inmersión laboral me está sirviendo como excusa fantástica para seguir devorando series a troche y moche. Que me quiten lo bailao.

Por cierto, si les picó el gusanillo y quieren seguir adentrándose en la seriefilia, les recomiendo el programa radiofónico Va en serie, con los agudos análisis de la siempre deslenguada y genial Lucía Semedo. Ahora mismo no se encuentra en emisión, pero esa es otra de las ventajas de las plataformas: te permiten volver a lo ya emitido cuando te venga en real gana.

Compartir el artículo

stats