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Si la participación en la vida política —que para la inmensa mayoría de los ciudadanos se reduce a acudir a las urnas a depositar la papeleta cuando éstas se abren— estuviese dirigida por la razón, el número de los abstencionistas aumentaría hasta cotas gigantescas. Por suerte o por desgracia, votamos gobernados por las emociones y, así, muy a menudo lo hacemos más buscando el castigo que el premio. Votamos a la opción que más puede hacer daño a quienes odiamos.

Ese mecanismo emotivo funciona también cuando, no habiendo convocatoria electoral alguna a la vista, leemos, oímos o vemos a cualquier líder político en el día a día de la administración pública. Incluso si no tiene ni la menor relación con nosotros porque ejerce su oficio, y su mando, en otro país. Luego volveremos sobre el ejemplo de Donald Trump. Quizá sea por esa vertiente emotiva que las preferencias políticas suelen repartirse en los países con Estado de derecho en dos mitades casi exactas y opuestas entre sí. O solían, antes de que el bipartidismo se desplomase en nuestro país. Pero incluso ahora cabe hablar de los dos bloques que se encuentran enfrentados en las Cortes, con una mayoría parlamentaria de partidos más o menos coincidentes en su estrategia que sostiene al Gobierno por los pelos y una oposición que, en lo único en que coincide y destaca, es en estar en descuerdo con cualquier cosa que surja de la Moncloa.

Las claves emotivas fueron cruciales durante todo el mandato en los Estados Unidos del presidente Trump. Para cualquiera interesado en el funcionamiento de la naturaleza humana era magnífico poder comprobar cómo, gracias a emociones bien intensas, se le amaba o se le odiaba incluso desde España. Como consecuencia, la posibilidad de que el candidato Joe Biden derrotase a Trump en el intento de éste de conseguir su segundo mandato desató las emociones en el sentido contrario. Las alegrías por la llegada a la Casa Blanca de Biden no eran sino el reflejo del odio a Trump.

Por desgracia nuestro sistema límbico funciona casi como un interruptor de la luz que sólo admite dos opciones: on y off, ya que estamos hablando de los yanquis. Los tonos grises confunden. Y, así, ha bastado muy poco tiempo para que las decisiones del presidente Biden —en la línea de los precedentes de Trump— hayan llevado al desengaño a quienes habían depositado sus esperanzas en la vuelta a los tiempos de Obama. Ya nos hemos olvidado de lo que hizo a menudo éste.

El cierre de filas de Biden con la Gran Bretaña y Australia en contra de la Unión Europea y, sobre todo, de Francia en cuestiones de Defensa nos sumerge en la dura evidencia de que con las emociones no basta para entender lo que ha pasado. Hay que aplicar el análisis y, a eso, no estamos acostumbrados. Contra Trump, como contra Franco, vivíamos mejor.

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