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Juan José Millas

Nada semejante

Camino por la Gran Vía de Madrid, atestada de gente. Me pregunto cuánta de esa gente estará muerta, cuánta estará viva, cuántas personas serán extraterrestres, cuántas estarán a punto de recibir un diagnóstico clínico feroz, cuántas han aprobado las últimas oposiciones a Correos, cuántas serán despedidas mañana del trabajo, cuántas firmarán un contrato, cuántas cogerán la covid, cuántas se enamorarán o se desenamorarán, cuántas devendrán adúlteras. Imagino a cada una de esas almas con las que me cruzo como una neurona del individuo colectivo que formamos entre todos. Noto los impulsos eléctricos de los otros precipitándose sobre mí y observo los míos salvando la distancia que me separa de los otros. Somos distintos, pero somos el mismo.

Por un momento pierdo el rumbo, de modo que me dejo llevar por la masa y salgo a una plaza que atravieso para aparecer en una calle estrecha donde la proximidad se vuelve más intensa. No voy a ningún sitio, a ninguno, sólo quiero vivir la experiencia de ser gente para la gente y que la gente sea gente para mí.

Ser gente.

Gente joven y de mediana edad y madura y peinada o despeinada, gente sin afeitar, vestida o malvestida. No todos los días ni a todas las horas somos gente. De hecho, lo evitamos, evitamos ser gente porque un lunes, hace ya algunos siglos de esto, alguien inventó el individuo. Hoy se patentaría un invento de esa naturaleza y haría rico a quien firmara la patente. Me pregunto si la aparición histórica del individuo fue el resultado de un proceso o se manifestó de golpe para asombro del resto de la colonia. El individuo desprendía individualismo, de ahí que llamara la admiración del grupo, que no había visto nada semejante.

En esto, tropiezo con un viejo amigo con el que intercambio un medio abrazo (por el virus) y al minuto de hablar con él me convierto en un medio individuo y en un individuo entero a los dos minutos. Tras despedirnos, intento volver a mi estado anterior, al estado de gente, pero no lo consigo. Ya he vuelto a ser yo, maldita sea, con lo mal que me llevo conmigo. Regreso al hogar malhumorado, pero enciendo la tele donde ponen un telediario vulgar que me convierte otra vez en gente.

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