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Daniel Capó

Las grandes palabras

La diada pasó este año sin pena ni gloria; unos dirán que sumida en el desencanto, otros que en el cansancio. El tiempo desnuda nuestras pequeñas verdades y también las mentiras que nos alimentan. Nos sucede a todos, condenados a ver sólo lo que queremos o nos gusta ver. En el drama español se conjugan las taras del pasado con las modas ideológicas del presente, la pérdida de un imperio con el cainismo suicida de los puros. Lo digo con la decepción suficiente para cultivar el pesimismo histórico, lo cual –por cierto– constituye otra marca muy hispánica. Entre la rauxa y el seny, Cataluña ha repetido durante estos últimos cuarenta años ciclos naturales que parecían definitivamente superados. Más inquietante resulta aún que toda la energía desplegada en el procés –esa «mentira fértil», en palabras de quien fue la mano derecha de Artur Mas– haya hecho explosión en el subsuelo de la vida pública española, erosionando las principales instituciones del país y envileciendo la cultura política de nuestra clase dirigente. La propaganda institucionalizada sirvió para generar un discurso hueco, cuyas deslumbrantes promesas dejaron una resaca que todavía sufrimos. Cuando la mentira divisiva se convierte en un principio activo de la democracia, nadie sale incólume. Desde mi pesimismo generacional, no creo que nadie lo haya conseguido. La diada llegó un año más como parte de un caudal que constituye una reserva de futuro. Nuestras carencias espirituales se traducen en estos depósitos de esperanza que tal vez algún día se reactiven. Lo harán en unos años, en unas décadas quizás, porque los mitos de Occidente se difuminan y el hombre necesita, por encima de todo, creer. Antes se creía en Dios o en las iglesias; ahora en la nación, el pueblo o el último ismo ideológico que se ponga de moda. Tan pronto como se sabe que el rey va desnudo, surge rápidamente una corte de gentilhombres empingorotados y dispuestos a ocupar los lugares de honor.

En general, se diría que las elites catalanas nunca pensaron que la independencia fuera posible –de ahí, el concepto de «mentira fértil»–, pero creían que tenían mucho que ganar y poco que perder si echaban un pulso al Estado. Ahora sabemos que todos midieron mal sus fuerzas: unos en el desafío y otros en la respuesta. Alemania no entendía nada y Rusia se divertía, como hizo ya en Escocia y como ha hecho siempre que ha podido aplicar los principios prácticos de la guerra híbrida. La acumulación de masas genera un efecto deslumbrante que propicia los espejismos. Y las imágenes crean realidades paralelas, fantasmas que deambulan por un paisaje mental.

La diada pasó sin pena ni gloria, a la espera de una mesa que cerrase en falso ese capítulo de la historia reciente española. El siglo XXI ha sido cualquier cosa menos positivo para el país, a pesar del caudal de dinero que circula por algunas cañerías. Una burguesía exangüe da paso a un capital sin rostro ni origen: las clases medias desaparecen, los proletarios se invisibilizan. Son los ecos de la globalización. Nos entretenemos con guiones informativos dignos de una serie de Netflix. Pobres en «historias memorables» –por decirlo con palabras de Walter Benjamin–, necesitamos sucedáneos que activen las emociones. Las grandes palabras simbolizan la farsa de nuestro tiempo. Quizás haya sido siempre así.

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