Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ramón Aguiló

Escrito sin red | El filántropo y la desinflamación

Me apresté el pasado lunes a presenciar la entrevista al presidente del gobierno en el telediario de las 21 horas de la uno de TVE. El ruido de fondo era ensordecedor: el precio de la luz, el aeropuerto del Prat, la presencia en la mesa de diálogo, el salario mínimo, el gobierno y las denuncias falsas, el CGPJ, la subida del PP en las encuestas, la pandemia… La primera pregunta de Carlos Franganillo anunciaba una voluntad de independencia de la cadena pública frente al gobierno. Sánchez dejó entrever que, aunque esperada, la comparación de su gestión energética con la que tanto criticó de Rajoy en 2018 era injusta, aunque hoy se sobrepasaran los precios de entonces. Anunció medidas de intervención y reasignación de los beneficios extraordinarios de las eléctricas para compensar a los colectivos más afectados (se habla de 2.600 millones de euros) y prometió que como máximo se alcanzaría el precio de 2018, eso sí descontando el IPC. A partir de ese momento ya no dejó tomar la iniciativa a Franganillo y asumió también el liderazgo de la orientación de la entrevista. Se hacía las preguntas y se las contestaba a sí mismo. Anunció que presidiría la reunión de la mesa de diálogo del miércoles, dejando en el aire su continuidad en la misma; se despachó a gusto a costa de Casado, reivindicando la sumisión del jefe del PP a su interpretación constitucional y afeándole la terrible deslealtad de hablar mal de su gobierno en Europa; en realidad dijo hablar mal de España; para él hablar mal de él es hablar mal de España. Frente a la presunta andanada del mentiroso Marlaska contra Vox basada en denuncias falsas, no dudó en seguir asociando a Vox con los ataques homófobos, inasequible al raca-raca contra la extrema derecha que tan buena imagen de izquierda da.

Más allá del análisis pormenorizado de toda la entrevista, me quedé con dos detalles que iluminan las trapacerías de Sánchez. Uno, sacó pecho con el éxito de la vacunación que ha salvado la vida de mucha gente. Omitió por completo que las vacunas habían sido compradas por la Comisión Europea y que habían sido las CC.AA. las instituciones que habían organizado la inoculación a los ciudadanos; que no se habían cumplido los plazos que el gobierno se había marcado; y que el ritmo de vacunación se había reducido a una tercera parte; más de seis millones de vacunas esperando voluntarios. También omitió la inconstitucionalidad del estado de alarma. El detalle estriba en su reivindicación de que se habían aplicado las vacunas sin preguntar a cada ciudadano por el partido destinatario de su voto. Mentar el voto a resultas del ejercicio de salvaguardar la vida, aunque sea para el ejercicio del autobombo, resaltando que no se ha hecho uso delictivo de la obligación de vacunar a la población, es un despropósito difícilmente calibrable. Es como si el presidente del gobierno se ufanara de haber dado posesión de sus puestos de funcionarios a opositores sin haberles preguntado previamente a qué partido votan. O de jactarse de hablar con la oposición en vez de eliminarla. Sánchez disfraza de filantropía lo que no es otra cosa que la obligada conducta de respeto a la ley. Pero cuando se evidencia la total falta de escrúpulos con la que actúa ese insensato que no duda en utilizar la demagogia y la mentira es cuando, a propósito de Cataluña y los impuestos, no vacila ni un momento en afirmar que ellos (el gobierno) ha eliminado los peajes en las autopistas de su territorio. Es mentira. El gobierno no ha eliminado ningún peaje. Lo que ha pasado es que han caducado las concesiones a empresas privadas por las cuales se construyeron las autopistas a cambio de unos peajes que amortizaban las inversiones y se pagaba un beneficio. Acabado el período concesional, se acababan los peajes. Sánchez disfraza de filantropía con Cataluña lo que no es más que una obligación legal. No repara en esas tretas pueriles para intentar confundir a la ciudadanía. El hecho de que las encuestas le sigan otorgando un respaldo parecido al de la oposición, con la que está cayendo, sólo puede significar dos cosas: una, que los ciudadanos desconfían del liderazgo de Casado, y dos, que el cinismo, el engaño y la demagogia de Sánchez son tan desproporcionados que son difícilmente asimilables por la ciudadanía.

Sánchez justificaba los indultos a los condenados por el procés por la necesidad de desinflamar la política en Cataluña y pasar a la concordia y a la convivencia tras la venganza y la revancha. Adjudicaba las dos últimas a la administración de los jueces, a los tribunales, mientras se reservaba para sí mismo, ¿qué otra cosa sino el gobierno y el PSOE a sus pies es Sánchez?, cómo no, la convivencia y la concordia. Es la aplicación del maniqueísmo de Sánchez: Pero hete aquí que, al menos de momento, en la mesa llamada de diálogo por la parte socialista del gobierno y de negociación por ERC, ambos mantienen objetivos dispares. La parte socialista mantiene que todo lo que se trate debe circunscribirse a lo permitido por la Constitución (v.g. el Prat), la parte de Unidas Podemos, que debe poder hablarse de todo y el independentismo que sólo hay dos temas: la amnistía para los encausados por el procés y el referéndum de autodeterminación. Dos visiones distintas en el mismo gobierno. Dos o tres visiones distintas en el independentismo: la de ERC, la de JxCat (Puigdemont) que desconfía de la mesa, una maniobra de Sánchez, la del PDeCAT y, por supuesto la de la CUP. La mesa debía ser de Gobierno de España a Generalitat. Junts, a espaldas de Aragonés propuso a dos condenados, Jordi Sánchez y Jordi Turull, lo que no fue aceptado por Aragonés, que los excluyó por no formar parte del govern. Lo que ha permitido a JxCat calificar a Aragonés como una marioneta de Sánchez. En resumen, la inflamación crece en Cataluña donde ya no hay sólo enfrentamientos entre independentistas y unionistas, sino que la inflamación se ha instalado también en el seno del independentismo y la fiebre sube en su cuerpo enfermo de romanticismo político. Saturno devoraba a sus hijos. Sánchez devora a quienes le han hecho o le mantienen como presidente. Wallace Stevens dice en uno de sus aforismos: «La palabra ha de ser la cosa que representa. De lo contrario es un símbolo. Se trata de un problema de identidad». Todo lo que dice Sánchez, sus palabras, son símbolos de otras cosas, no son lo que representan.

Compartir el artículo

stats