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Pedro Coll

La realidad no existe

‘Laberinto’. La Défense, París, octubre del año 2000.

‘Laberinto’. La Défense, París, octubre del año 2000. © Pedro Coll

Cito al peruano César Vallejo y su verso premonitorio: «Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo…».

Memoria de lo que va a ocurrir.   

Creo recordar que era japonesa, pero no tengo ninguna certeza de ello, no pondría la mano en el fuego. Sí sé que caminaba muy pausadamente, con aquella mochila a la espalda, de negro riguroso. Estoy refiriéndome a esta imagen que adjunto. En cambio, los otros dos, a su derecha, pienso que eran occidentales y ahí estaban, contemplando no sé qué, impasiblemente sentados. Me separaba de ellos un laberinto de paredes de cristal, transparentes, cúbicamente superpuestas y enlazadas, que abrían y cerraban huecos en base a inesperados deslizamientos, ágiles e imprevisibles. Parecía que había una inteligencia superior, amparada en un gran silencio, que ordenaba todo aquello. Por mucho que lo intenté me fue imposible traspasar el laberinto. Cada vez que llegaba al último muro transparente, frío y plano, aquella estructura maquiavélica me obligaba a reconducir mis pasos para acabar encontrándome en el mismo punto de partida, y ahí estaban, otra vez, la japonesa con su mochila y los dos occidentales impávidos, al otro lado, inalcanzables, y vuelta a comenzar, atrapado yo en ese bucle automático e irreal. 

 Y otro momento, también más inquietante que imposible, y viceversa, relacionado con el que acabo de contar. Al regreso de un viaje a Chile, revisando el material realizado durante el mismo, me encontré la imagen que ilustra este artículo y a la que me acabo de referir, La Défense de París, obtenida años atrás, incomprensiblemente emparedada entre la infinidad de disparos realizados sobre película diapositiva Ektachrome en el desierto de Atacama, a más de 10.000 kilómetros de París. Aún eran los tiempos de la fotografía analógica y los márgenes de la realidad estaban más delimitados que en esta era digital, por lo que para mí fue como un puñetazo en el estómago.

Cada vez que llegaba al último muro transparente, frío y plano, aquella estructura maquiavélica me obligaba a reconducir mis pasos para acabar encontrándome en el mismo punto de partida

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Sobre la mesa de luz, aquella imagen (París), única y aislada, monocromática, destacaba de manera llamativa entre todas las demás (Atacama) y parecía estar llamándome a gritos. Comprobé la numeración sucesiva de los fotogramas en la cinta de celuloide aún no cortada y no había error. Confirmado, esta fotografía, la número 25 de orden en el rollo, con sus personajes lejanos de otra lejanía e impregnada de sensación atemporal, exhibiendo un blanco y negro contestatario, estaba encajada entre los números 24 y 26, correspondientes ambos a imágenes cromáticamente explosivas, de paisajes infinitos de suelo pardo e intenso cielo azul cobalto, en línea con todas las demás que aparecían en aquellas cintas de película, ‘serpientes’ las llamábamos en la era analógica, recién salidas del laboratorio. 

¿Cómo había podido llegar hasta allí?

Cesar Vallejo, aguacero, azul cobalto, París, negro y blanco, Atacama, moriré…

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