Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

JOrge Dezcallar

Compromiso o brindis al sol

Tras lo urgente, que estos últimos días ha sido Afganistán y el XX aniversario de los atentados terroristas del 11S, hay que volver a lo realmente importante que son el virus y el calentamiento global, porque en ellos nos jugamos literalmente la vida aunque no lo queramos ver porque es incómodo y porque dependemos del turismo. Dice el refranero que no hay peor ciego que el que no quiere ver y que de las palabras a lo hechos hay un trecho, igual que lo hay entre propósitos y realidades como bien sabemos cuando tras las comilonas navideñas nos proponemos hacer régimen y ejercicio y raras veces mantenemos tan saludables intenciones al cabo de pocas semanas. Por eso el refranero también dice que el camino del infierno está empedrado con buenas intenciones.

Todos estamos en contra del virus y la inmensa mayoría a favor de unas vacunas que nos ofrecen, si no la garantía total frente al contagio, sí al menos un alto grado de seguridad contra sus peores efectos. Sabemos que el virus mata y que también hace mucho daño a la economía pues cierra empresas y destruye empleos. Igual que sabemos que muta, que hay cepas más contagiosas que otras y que en realidad ninguno estaremos a salvo hasta que no lo estemos todos, algo que está muy lejos de ocurrir con el bajísimo porcentaje de vacunados en algunas geografías (1,3% de los 1.300 millones de africanos), mientras en otros lugares como Haití aún no se ha puesto ninguna vacuna. Sabemos todo eso pero miramos hacia otro lado cuando la OMS lanza un grito de alarma y pide que los países ricos dejen de seguir acaparando las vacunas disponibles y, más concretamente, que sus ciudadanos renunciemos a terceras dosis de reforzamiento para así intentar vacunar al 10% de los habitantes de los países más pobres. Vacunar al 70% de la humanidad no parece mal negocio si consideramos que costaría menos del 1% del PIB mundial (80 billones de euros) cuando el virus lo hizo bajar un 3,4% solo en 2020. Lo sabemos pero... ¿está usted dispuesto a renunciar a su tercera dosis de refuerzo o a suspender las inyecciones a los aún no vacunados para enviar esas vacunas a África? Piénselo durante un momento con la mano en el corazón.

De igual manera todos o casi todos sabemos que el calentamiento global se nos echa encima con mayor rapidez de la esperada. Lo acaba de confirmar un informe devastador hecho por 1.400 expertos convocados por las Naciones Unidas. La temperatura media del planeta ha subido 1,1 grados desde la Revolución industrial, esa subida se está acelerando en los últimos años y obliga a tomar medidas con carácter inmediato so pena de luego sufrir las consecuencias en forma de desertificación, calor agobiante, ascenso de las aguas marinas y fenómenos meteorológicos adversos de creciente violencia. También sabemos que todo esto es resultado de cómo vivimos, de un consumo excesivo, del uso de combustibles sólidos, de la deforestación masiva, y de la explotación al límite de los recursos del planeta. Todos -o casi todos- estamos de acuerdo en este diagnóstico y en la imperiosa necesidad de actuar sin perder más tiempo, algo que hemos comenzado a hacer los europeos y los norteamericanos (los mayores contaminadores per cápita) con las propuestas que ha presentado el presidente Biden al Congreso. Pero otros grandes ensuciadores no apoyan este esfuerzo con el mismo entusiasmo: el pico de contaminación chino solo llegará en 2030 y únicamente empezará a bajar a partir de entonces, e India, responsable del 6% de las emisiones de CO2 no se compromete con claridad. Tampoco lo hace Brasil con el negacionista Bolsonaro al frente. La factura de pasar a una economía verde es enorme y hay que sacar el dinero de algún sitio, renunciando a otros objetivos -¿cuáles quedan por el camino?- y asumiendo sacrificios personales como subir los impuestos y reducir el consumo de calefacción y aire acondicionado, viajes en avión o chuletones de ternera.

La pregunta es ¿somos realmente solidarios contra el virus y queremos una economía verde o hablamos de boquilla? ¿Estamos dispuestos a asumir los sacrificios necesarios? ¿Compromiso o brindis al sol? Porque disparar con pólvora del Rey es gratis. Vale la pena pararse un momento y pensarlo.

Compartir el artículo

stats