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Miguel Vicents

Bellver, parque de aventuras

Por si no fuera suficiente con la Vía de Cintura, las Avenidas en hora punta o el suelo deslizante de la plaza de España cuando llueve, el ayuntamiento de Palma instalará en el bosque de Bellver un parque de aventuras, con 3.000 metros cuadrados de toboganes, tarimas de madera para trepar, troncos inclinados para que los pequeños de la casa se rompan la crisma por primera vez, tirolinas, un hexágono, bolos grandes de río y unos baños públicos que ya puedo oler desde aquí, ahora que septiembre nos sigue regalando días deslumbrantes con los termómetros rozando los treinta grados. Todos los ingredientes necesarios para aumentar un poco más la presión humana sobre el pulmón verde de Palma, cada vez más amenazado en todo su entorno por nuevas construcciones que lo aprisionan. De Son Armadams a La Bonanova, de Génova al Terreno, cada defunción de un vecino de toda la vida se convierte durante los últimos años una pequeña tragedia: el derribo de una casa tradicional y su sustitución a velocidad de vértigo por un nuevo bloque de viviendas de lujo, fachadas blanquísimas, piscina en la azotea y dos millones de euros por piso.

Preservar un bosque, el último bosque de Palma, cuidarlo con mimo como un bien que debemos legar sin dejar en él ninguna huella, guardar con celo sus espacios silenciosos y sus valores naturales, es un signo de respeto y civilización. Pensar que lo podemos mejorar con un amasijo de columpios que mañana estarán oxidados supone todo lo contrario: la barbarie con sello municipal. Nos daremos cuenta cuando sea demasiado tarde, cuando ya no quede un pájaro en las copas de sus árboles. Habrán emigrado como Los vencejos de Fernando Aramburu hasta Uganda o incluso más al sur, pero para no volver.

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