Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Matías Vallés

Más vacunados que votantes

Sánchez ha logrado una participación espectacular en la inmunización contra la covid, pero le cambiaron la meta cuando llegó al 70 por ciento

Baudrillard sostiene en El crimen perfecto que «no se puede calcular a la vez el precio de una vida humana y su valor estadístico». En la pandemia se ha oscilado entre ambas magnitudes como si no vinieran separadas por una frontera. Ahora mismo predomina la vertiente colectiva sometida a los grandes números, y se acallan las peripecias trágicas individuales. Ante la imposibilidad de alcanzar en los plazos anunciados una vieja o nueva normalidad, se ha normalizado al virus. En román paladino, desaparecieron los reportajes de UCI, al margen de su grado de ocupación.

Nadie ha iluminado la estadística como el doctor sueco Hans Rosling. En Factfulness se detiene en su propia experiencia, para describir la dolorosa contradicción de que el médico concentrado en salvar la vida de un niño africano entorpecía el desarrollo del esfuerzo de salud pública para el conjunto de la población. Pedro Sánchez posee el carácter ideal para aplicar estas enseñanzas radicales. Es arrebatador, porque funciona por arrebatos. A principios de mayo se necesitaba una notable convicción para aparcar definitivamente los seis meses de estado de alarma, mientras los países vecinos insistían en los toques de queda. Lo mismo vale para la retirada nunca anulada de las mascarillas al aire libre, o la apertura radical de aeropuertos. Boris Johnson pasará a la historia por su Liberation Day, pero fue superado sin tanta prosopopeya por La Moncloa.

Y sobre todo, Sánchez ha obrado el milagro de congregar a más vacunados que votantes. Las colas de la vacunación son el mayor consenso de la historia de España, decenas de millones de personas de tradición levantisca se han encaminado por partida doble hacia la inyección protectora. Con tres de cada cuatro personas inoculadas sobre el censo total, sin el maquillaje pueril de la «población diana», se ha superado la participación media en las distintas elecciones. Este dato es más relevante que el inane eslogan de «más vacunados que contagiados». El proceso de inmunización se estanca antes de llegar al cien por cien, pero el desistimiento llegó en Estados Unidos o Reino Unido veinte puntos antes que en España.

Aunque sea tentador, el porcentaje de vacunados no debe entenderse como un salvoconducto electoral. Después de las sustituciones en las cúpulas de Italia y Estados Unidos, se aproxima un posible cambio de poder en Alemania. Tampoco Macron, Boris Johnson o Sánchez viven su mejor momento. Cabalgar la pandemia equivale a morir en el intento. El voto más llamativo expresado hasta la fecha en España decidió que Díaz Ayuso había encauzado el impacto del coronavirus con mayor soltura que el Gobierno, en una autonomía que casi ha perdido tres años de esperanza de vida.

La alegría nunca es completa, así que Sánchez ha logrado una participación espectacular en la vacunación, pero le cambiaron la meta en la recta final. Cuando alcanzó al 70 por ciento de la población entera, le anunciaron que la variante delta obligaba a elevar la inmunidad de rebaño anhelada al 90, quizás al 95. Por no hablar de una tercera dosis que equivale a colocarse por encima del cien por cien de la inmunización. En buena parte de las informaciones extranjeras, se señala que la inyección boost o de refuerzo es ante todo un gran negocio para los laboratorios suministradores. Esta precisión se suele omitir en España, donde la pandemia ha adquirido el rango de verdad revelada.

Se le ha reprochado a Pablo Casado su fracaso predictivo, tras haber apuntado que se tardaría cuatro años en alcanzar la antigua inmunidad de rebaño, al ritmo titubeante del comienzo de la campaña. Es más importante destacar que el presidente del PP tenía razón y apostaba sobre seguro, para enfatizar así la magnitud de la sorpresa vacunadora. Nadie rescata el vídeo con las declaraciones en que el entrenador derrotado presumía de que iba a ganar el partido, porque se presupone que interpretaba el papel que le correspondía. Las posiciones siempre contrapuestas sirven además para retratar a ambos políticos. El líder de la no muy leal oposición apostó por el pasado, según suele. Sánchez en cambio siempre mira al futuro, porque allí advierte su mejor espejo.

Para atemperar la euforia ante un éxito epidemiológico equivalente a ganar el Mundial de fútbol, conviene recordar que uno de cada cinco españoles no ha recibido ni una sola dosis de la vacuna. Superan los nueve millones de personas, incluyen a los menores de doce años que ahora mismo se están contagiando masivamente en Estados Unidos, Alemania ha sido desde marzo de 2020 el país con más miedo a la escolarización. Para rematar el enrevesado paisaje, las eminencias de Oxford han anunciado que la pujanza de la variante delta despoja de sentido a la inmunidad de rebaño. A España le niegan la ceremonia de entrega de medallas, a los acordes vibrantes del himno.

La ralentización de las inyecciones ha despertado la inevitable pulsión coercitiva. «Al que no quiera ser libre, le obligaremos a ser libre», proclamaba Fraga parodiado por Pedro Ruiz. Es posible que la etapa final de la campaña se haya visto castigada por la falta de equivalencia entre vacunación y vacuración, pero la persuasión ha funcionado donde la obligación habría obtenido peores resultados.

Compartir el artículo

stats