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Josefina Bueno Alonso

Las mujeres afganas, tan lejos y tan cerca

Ilustración de la artista afgana @ShamsiaHassani.

«A fganistán es el peor país para nacer mujer. Allí vivir o morir es también una cuestión de género». Así empieza el primero de los trece relatos que componen el libro de la periodista Txell Feixas Torras, Mujeres Valientes (Península, 2021), que cuenta la historia de Jadiya, una mujer afgana, y de Laia, ginecóloga en un campamento de Médicos sin Fronteras en la localidad afgana de Jost. Lo empecé en junio y tuve que interrumpirlo por su dureza, por la crueldad y el horror que sufren las mujeres en ese país. En junio, Afganistán, sus mujeres y niñas, estaban olvidadas en el imaginario común. Allí cuenta esta cooperante, en caso de parto complicado, las madres no lo dudan: «¡Si es una niña, no la salves!». Las niñas no cotizan al alza, las mujeres afganas –pero también las extranjeras- son un cero a la izquierda y eso lo saben las ONGs que, a menudo, tienen las manos atadas. Cuando estalló el conflicto de Afganistán, estaba leyendo la novela, El viento en la cara (Grijalbo 2017), de la escritora francesa de origen marroquí, Saphia Azzedine. Su protagonista, que lleva el nombre mítico de Bilqiss, ha sido condenada a la lapidación por atreverse a ocupar el lugar del muecín a la hora del rezo. Bilqiss es una valiente que no sólo critica con ironía y descaro las injusticias de su país, sino también a la sociedad occidental representada por un grupo de soldados estadounidenses asentados en el país y por una periodista norteamericana atraída por su caso que ha conocido a través de las redes sociales. La novela es un fresco sobre lo que significa ser mujer en países en los que la Sharía es ley y «organiza la sociedad», en palabras de la protagonista. La situación de las mujeres afganas era conocida y muchas lo advertíamos.

¿Qué supone la vuelta del régimen talibán?

Como escribió Sami Naïr (El País 23/08/21): «Se trata de la primera victoria islamista contra EEUU y para Occidente es un fracaso político, cultural y militar». El éxito de la operación de evacuación de Afganistán ha demostrado la valía de las fuerzas armadas cuando se trata de devolver la libertad, a las mujeres, a las niñas, cuando se trata de salvar a los pueblos del yugo del fanatismo. Sin embargo, el fracaso de la presencia occidental, encabezada por los Estados Unidos, requiere una reflexión por parte de la Comunidad Internacional. ¿Fue acaso objetivo prioritario la mejora de los derechos de las mujeres y unas condiciones de vida dignas? Aunque la situación de las mujeres mejoró cuando los talibanes fueron desalojados del poder en 2001, con mayor acceso a la educación, a la judicatura, con presencia en la política, se trató de mejoras relativas, y varias ONG y Naciones Unidas hicieron llamamientos ante la intransigencia, las reticencias culturales y la visión patriarcal hacia las mujeres. Sólo hay que recordar el alto porcentaje de mujeres analfabetas, aún hoy, especialmente en las zonas alejadas de la capital. A partir de ahora, la peculiar interpretación de la ley islámica se impondrá por convencimiento o por miedo a las represalias. Las interpretaciones rigoristas y más conservadoras del islam afectan a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres; cercenan la dignidad y la vida de las mujeres: matrimonios forzados con menores, el derecho a la educación o a tener un trabajo, o las imposiciones vestimentarias como llevar burqa o niqab. El burqa no es una prenda aceptable. Te obliga a ver la vida desde una cárcel como lo muestra la película animada, Las golondrinas de Kabul, adaptación de la novela homónima del escritor argelino Yasmina Khadra. El burqa cubre, tapa, invisibiliza y, por tanto, niega a las mujeres. Si bien para algunas el velo puede representar una libre elección y respeto su derecho a llevarlo, se está convirtiendo en la «norma» cada vez más común en países de mayoría musulmana limitando los derechos de quienes no quieren llevarlo sin ser recriminadas. Afirmar que el burqa de Occidente es la talla 38 es una «frivolidad intolerable» contesta la escritora catalana de origen marroquí Najat El Hachmi: «No conozco a ninguna chica que haya sufrido maltrato por ponerse una talla, pero sí a unas cuantas que las han molido a palos por no llevar burka» (El País 20/08/2021). Para muchas es «una segunda piel» y no han sentido nunca los cabellos al viento; no llevar el velo implica, por ejemplo, cárcel en Irán.

Ilustración de la artista afgana @ShamsiaHassani.

Ilustración de la artista afgana @ShamsiaHassani.

¿Qué les espera a las niñas y mujeres afganas?

Les espera un retroceso y un entorno hostil si se implanta el estado islámico y viven bajo la sharía en su versión más rigorista que es la interpretación legislativa radical de los talibanes, muy cruel no sólo con las mujeres sino también con los hombres y con la cultura. Eso lo sabe bien el escritor afgano exiliado en París, Atiq Rahimi. La Comunidad Internacional, la UE y los organismos internacionales deberían apelar y hacer prevalecer los Derechos Humanos. Coincido con Norma Morandini en su artículo, Burkas, (El País 23/08/21). Esta escritora, que dirigió el Observatorio de DDHH del Senado argentino, recuerda que la Declaración de los Derechos Humanos es un triunfo de la racionalidad y es lo que ha permitido a la humanidad salvarse de guerras y otras atrocidades como el holocausto. Es momento de reivindicarlos para las mujeres afganas y no pueden quedar ocultos bajo la «no injerencia en su cultura», porque no podemos ser ajenas al sufrimiento. Tenemos la obligación de recordar que las mujeres hemos ido ganando derechos -en nuestro país, por ejemplo, tras la dictadura de Franco-, que ahora disfrutamos con naturalidad y les son negados a millones de mujeres en el mundo. Hagamos que este retroceso que se les avecina a las mujeres y niñas afganas sirva de recordatorio y alerta de lo que otras sufren por culpa del fanatismo religioso en Irán, Pakistán o Arabia Saudí. Porque si estos derechos sólo los disfrutamos como prebenda personal y no como un logro colectivo –para todas-, entonces su conquista carece de sentido. La victoria del régimen talibán supone una recomposición a nivel geopolítico y la derrota de Occidente es también la derrota de unos valores comunes y de unos derechos universales. La nueva configuración que queda tras la retirada de EEUU de Afganistán, y que avalan potencias como Rusia o China, implica que hay una parte del mundo en el que esos valores comunes y esos derechos, lejos de ser fundamentales, pudieran ser prescindibles. Mi temor es que, para preservar los intereses geopolíticos, para tener bajo control el terrorismo islamista, Afganistán se convierta en una cárcel para las personas que allí habitan. Y en un mundo globalizado e hiperconectado, esto debería preocuparnos.

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