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Mercè  Marrero

La suerte de besar | La mejor inversión

Comprar un libro, dejarse asesorar por maestros libreros, cotillear títulos en una biblioteca, leer. Uno de los placeres más sencillos y casi heroicos

La mejor inversión

Mi abuela decía que la mejor inversión que una persona puede hacer en sí misma es el aprendizaje y la lectura. Ella estudió hasta el día en que la memoria empezó a flaquearle. Tanto hacía esquemas de las distintas épocas de la historia de España, como clasificaba hierbas para conocer sus beneficios sobre la salud física y mental. La cuestión era aprender. A la par, una profesora del colegio de mis hijos afirmó en una tutoría grupal que tener un libro entre las manos era el mejor hábito que un niño podía adquirir. «Sí, los cuentos con muchos dibujos también cuentan», fue su respuesta a una madre que no comprendía por qué su hija de cuatro años todavía no leía a Enid Blyton. Otro profesor, en este caso mío, trató de inculcarnos la lectura como una actitud vital. «¡Mejor leer los prospectos médicos que repantigarse en el sofá!», gritó en una clase. Ese mismo docente nos hizo analizar El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha durante todo un curso escolar. Concentró esfuerzos lectivos y contribuyó al disfrute por la lectura de la mayoría de los cuarenta y tres adolescentes que coincidimos en esa clase allá por los años ochenta (sí, cuarenta y tres en la misma clase). Gracias, profe.

La mejor inversión

La mejor inversión

Los personajes de los libros son fieles. Sabes que están ahí, donde les dejaste la noche anterior. Te esperan para descubrir contigo quién es el asesino, cómo hará ella para recuperarse del desamor, qué sucederá antes de que la familia acabe el viaje por el desierto, si el joven saldrá indemne tras una noche deambulando por las calles o cómo ella logrará deshacerse de su marido. En un libro encuentras la frase que pone palabras a tus emociones, ordenas tus pensamientos o atisbas la clave para resolver una duda existencial. Es curioso cómo unas palabras, unas frases y unos párrafos engarzados son suficientes para expandir la mente y para abrir todo un horizonte de vidas posibles. Leer permite conocer ideas nuevas y replantearte las viejas, incomoda y remueve, pero, por encima de todo, entretiene y aligera el tiempo. Tiene esa capacidad para crear una burbuja que engulle y aleja del mundanal ruido a quien sostiene uno en sus manos. Ahora, que nuestra atención está más dispersa que nunca y que recibimos estímulos externos constantemente, la lectura nos concilia con el sosiego, la concentración y, además, no necesitas a nadie para hacerlo. Leer sola y en papel. Placer de dioses. Reconozco que no soy nada elitista y me gustaría decir que solo leo a Proust, pero mentiría (y eso está mal). Leo casi de todo y me gusta, más bien diría que necesito, comprar libros en librerías y dejarme asesorar por maestros libreros.

La pandemia provocó un repunte en la afición por la lectura, pero no tengo constancia de que en mi entorno se hayan abierto nuevas librerías y sí de que algunas de ellas pasan apuros a la hora de enfrentarse al pago del alquiler. En mi caso, tengo que conducir varios kilómetros o subirme a varios autobuses si quiero comprar un ejemplar, no hay bibliotecas en todos los barrios y algunas de ellas tienen horarios tan variopintos que despistan a los pocos usuarios que quedan. Leer, esa afición tan sencilla que, a veces, se convierte en algo heroico.

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