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Miqui Otero

Ya no se atraca tan bien

A veces pienso que si ya no me atracan es porque la gran mayoría de gente no lleva reloj, pero entonces caigo en que quizás es porque soy un tipo de mediana edad.

En mi adolescencia, la frase «¿tienes hora?» no era solo una pregunta, sino el prólogo a una reflexión: «Qué peluco más bonito» y, después, a una sutilísima insinuación: «Es justo el que necesito. La verdad es que me quedaría níquel». Años después, incluso en reuniones laborales, cuando alguien me preguntaba la hora a mí me invadía una cosa pavloviana: cielo de la boca de metal, sudor frío y el impulso irracional de entregarle ahí mismo el móvil, el reloj y calderilla para el taxi.

Entre los 12 y los 15 años me atracaron tal cantidad de veces que no llevaba la cuenta, aunque recuerdo semanas de ‘Hat trick’. Un día casi le entrego las llaves de casa a un tipo que me preguntaba la hora porque llegaba tarde al médico. Y otro, sí consumado, me subieron a una azotea, me despojaron de bambas y cazadora, se afanaron hasta un duro que llevaba («¡pa un chicle!», dijeron) y luego me dijeron que diera vueltas a la manzana durante media hora mientras se iban (las di durante 35 minutos por si las moscas, por si se descontaban sus hipotéticos observadores).

Todo esto viene a cuenta del debate actual sobre si los ochenta y noventa fueron tiempos mejores. Algunas posiciones se enconan y polarizan, simplifican burdamente lo que dice el contrario, como si una época no pudiera ser «el mejor y el peor de los tiempos». Ni Qué verde era mi valle ni los cuatro ricachones exagerando el sufrimiento de sus infancias en el gag de los Monty Python.

Decir que fue muchísimo peor y atreverse a obviar la creciente burbuja inmobiliaria que ha explotado en la cara de mi generación es absurdo. Decir que fue mucho mejor y no reconocer que, por poner un ejemplo, la mujer que sostenía la casa se deslomaba o que cualquier rasgo no normativo era una condena es malicioso. Y, unos y otros, intentar analizar el pasado en base a tu biografía personal, como he hecho yo con los atracos, es estéril, incluso cuando es bienintencionado. Es, decía Jack London, como «intentar volar tirando de las lengüetas de tus botas».

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