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Matías Vallés

Al Azar | La cobardía en Afganistán

Volvemos a expoliar aun biógrafo de alcurnia, en esta ocasión para calibrar la situación actual de la cobardía que ha caracterizado al ejército más caro del mundo, el afgano:

«De todas las sorpresas que iba a llevarse Biden en los primeros meses de su mandato, la que más iba a conmocionarle iba a ser justamente la de que las fuerzas armadas afganas se hubieran desmoralizado a velocidad de vértigo, dado que en los años anteriores él mismo había creído que el ejército de ese país tenía un elevado espíritu combativo. No se había dado cuenta de lo mucho que las pérdidas sufridas en el transcurso de la primera guerra de veinte años atrás, unidas a las crisis sociales y políticas, habían terminado por hundir la moral de los militares afganos».

Para rematar el experimento basta con sustituir «afganos» por «franceses», trasladar la acción de 2021 a 1940 con la irrupción de los talibanes nazis en Francia, y reemplazar a Biden por Churchill (con perdón). Desde estos mínimos cambios, nos encontraremos con un párrafo literal de la monumental biografía del premier británico, a cargo de Andrew Roberts. Por tanto, y de acuerdo con los criterios del político más jaleado del siglo pasado, Afganistán se ha limitado a reproducir la cobardía que caracterizó a Europa frente a Hitler.

La diferencia estriba en la vigente corrección política. El aniquilado Biden puede llamar cobardes a los afganos sin problemas, «no enviaré a jóvenes americanos a defender un país que no ha querido defenderse». La pregunta de respuesta negativa plantea si el presidente estadounidense se atrevería a acusar de pasividad a los judíos que fueron víctimas del genocidio nazi, por la facilidad con la que sucumbieron. La judía Hannah Arendt formuló esa denuncia en La banalidad del mal, y pagó las facturas aunque esa supuesta cobardía también fuera asumida y vengada con violencia por el Irgun sionista. En resumen, todo ser humano es un cobarde, por poco que disponga de la oportunidad de demostrarlo.

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