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Diario de Mallorca

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Juan Tapia

Nuestro mundo es el mundo | Un agosto muy convulso

El Gobierno ha mostrado mucha división, Sánchez ha acrecentado su papel en Europa y, tras Afganistán, ya es amigo de Biden

A mediados de agosto pareció que el cambio de Gobierno de Pedro Sánchez en julio ya había fracasado. El Gobierno -sin vicepresidenta política y Sánchez en Canarias- parecía un barco a la deriva ante las serpientes del verano: ampliación del aeropuerto de Barcelona, subida continua del precio de la luz y retorno a Marruecos de los menores de edad a los que la policía marroquí permitió -o incitó- a entrar en Ceuta en mayo, en lo peor de la crisis entre los dos países.

Lo más grave era que cada problema revelaba que el Gobierno no solo parecía zombi, sino que estaba partido y dividido entre el ala socialista y la de Podemos. Pablo Iglesias era agua pasada, pero el guirigay afloraba cada día. Raquel Sánchez, la nueva ministra de Transportes, acordaba la ampliación de El Prat con Jordi Puigneró, vicepresidente de la Generalitat, y las acusaciones de «disparate ecológico» eran de los ministros de Podemos y de Ada Colau, su alcaldesa de Barcelona. La vicepresidenta ecológica, Teresa Ribera, no solo era incapaz de una explicación convincente del precio de la luz, sino que las críticas más ácidas venían de Ione Belarra y Podemos que proponían soluciones alternativas, rebatidas por Ribera, que barajó una nacionalización parcial del sector desautorizada por la vicepresidenta Calviño. Y el recibo de la luz es muy sensible para una ciudadanía asustada ante un recibo alambicado y al alza. Para colmo, el inicio de repatriación de los menores marroquís de Ceuta, al amparo del convenio entre España y Marruecos, topó no solo con las críticas de las ONG y del Defensor del Pueblo sino también con la paralización judicial y los ataques de los ministros de Podemos. ¿Podía seguir gobernando un Gobierno tan desunido y sin mando visible?

Al finalizar agosto nada sustancial ha cambiado -la división del Gobierno sigue siendo la eterna asignatura pendiente-, pero la crisis ministerial de julio empieza a visualizar rendimientos. Lo principal de la crisis fue el cese de Iván Redondo, Jefe del Gabinete de Sánchez, y de la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, culpables del gran ridículo del «paseíllo» de 30 segundos en la cumbre de la OTAN de junio. Ahora, Biden y Sánchez han conversado 25 minutos por teléfono y el presidente americano ha agradecido el acuerdo para usar sus bases en España para el éxodo humillante de Afganistán. Biden tenía reservas con Sánchez (los ministros bolivarianos), pero en política exterior los intereses priman y ahora Sánchez es útil, luego ya es «amigo». El desastre de Afganistán -y la profesionalidad de José Manuel Albares, nuevo ministro de Exteriores- han cambiado la relación Sánchez-Biden. Y ya antes Sánchez fue aplaudido por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, por haber montado en Torrejón de Ardoz el campamento de acogida a los afganos que colaboraron con los países de la UE. Sánchez ha visto reforzado su papel en la UE y es amigo de Biden.

Y el papel de Albares se confirma por el reciente discurso del rey de Marruecos, dando por finiquitada la crisis entre los dos países. Con Albares -no solo por él- se cierra la crisis con Marruecos y se abre nueva etapa con Estados Unidos.

Por otra parte, la reunión del miércoles entre Sánchez y el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, arroja nueva luz sobre la crisis de los menores marroquís. Ambos coinciden (y Vivas es del PP) en que el retorno a Marruecos -respetando las leyes españolas y al amparo del convenio con el país vecino- es la mejor solución. Y los dos -y Marlaska- saben que es importante que la entrada en Ceuta no sea vista como la luz verde al acceso a la península, primero y luego a Europa. La solución al muy delicado asunto de los menores de Ceuta sigue en el aire, pero Sánchez y el PP empiezan a dar pasos juntos en un asunto de Estado: la inmigración y la relación con Marruecos. ¿Qué dirá Yolanda Díaz?

La coherencia de la coalición PSOE-Podemos no se ha resuelto y quizás no se resuelva nunca. Pero la necesidad mutua manda y la subida del salario mínimo -ahora que Calviño dice que la economía lo permite- suavizará tensiones. Sánchez ha vuelto a exhibir capacidad de supervivencia. Tras un agosto convulso, el pacto de los presupuestos del 2022 es ahora el gran desafío.

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