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Matías Vallés

Al Azar | Garzón es duro de roer

Si un rapero le hubiera dedicado al Supremo una canción con la mitad de pólvora contenida en el dictamen del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con Baltasar Garzón como pretexto, el juglar hubiera dado con sus huesos en la cárcel. Y hablando de osamenta, vuelve a demostrarse que el juez inhabilitado es duro de roer. El problema de una sentencia «arbitraria» es que no puede encajarse en los límites del error, sino que implica un desbordamiento fácil de traducir a las obras completas del famoso Tribunal. No era imprescindible que Naciones Unidas expresara lo obvio, y se les olvidó la palabra «envidia», pero el lujoso empaquetamiento internacional devuelve el estupor de las tres causas judiciales abiertas simultáneamente contra un colega. In numero veritas. Ni hay precedentes de ese acoso ni volverá a ocurrir, salvo que a un magistrado se le ocurra pronunciar la palabra Franco.

La necesidad de disciplinar a Garzón antes de que le concedieran el Nobel de la Paz se transformó en una ansiedad hiperventilatoria por represaliarlo, en cuanto asaltó los muros del franquismo vigentes por lo visto en la abollada esfera judicial. Se alegará que se utilizó el subterfugio de Gürtel. Sin embargo, contemplar a Correa reclamando la rehabilitación del juez instructor que le ha costado décadas de cárcel, ante la misma Audiencia que se aprestaba a condenarle, se erige en un pronunciamiento más valioso que la carta de las Naciones Unidas.

Tras recibir el sonoro bofetón del dictamen, el Supremo concluye que la ONU no es de su incumbencia. Lo mismo respondió a Escocia, a Bruselas, a Schleswig-Holstein, a Estrasburgo y a La Haya. No se aprecia debidamente la singularidad de alimentar el único tribunal acertado de Europa, obligado a operar en una burbuja estancada para no contagiarse de la siempre sospechosa y mal llamada justicia extranjera.

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