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Pilar Galan

Vuelta al cole

Desde que era muy pequeña he odiado los anuncios de la vuelta al cole. Año tras año, los publicistas, esos seres que deben de pensar que para un niño el verano es una época de hastío, nos bombardean con mensajes engañosamente joviales y divertidos, una explosión de felicidad en una época en que somos felices a diario, además sin proponérnoslo. Ellos, a su bola, nos presentan imágenes de jerséis de pico y pantalones de invierno, que dan un picor horrible a cuarenta grados, y de colegiales que saltan alegres con zapatos duros y paraguas. Y nosotros, yo, cuando era niña, y todos los niños de este país, nos preguntamos qué aliciente puede tener esa falda tableada, o ese chándal que da calor solo al verlo, por qué los anuncios no muestran el sueño, el desayuno con prisas, las obligaciones… la realidad de lunes a viernes que nos espera, ya lo sabemos, lo asumimos y lo consideramos necesario, pero no tienen por qué recordárnoslo ahora. Además, cada año, el bombardeo empieza antes. En un parpadeo, si te descuidas, en las baldas de los hipermercados las chanclas son sustituidas por las botas, los bañadores por los uniformes y las pistolas de agua por estuches llenos de colores que nunca vamos a utilizar. No se trata de retrasar lo inevitable, ni de querer vivir en un verano continuo.

Hay que volver, piensan los niños, que como un mantra tranquilizador se repiten las ganas de ver a los amigos en septiembre, y que saben que enseguida el paso de los días hará que recuperen el ritmo de aprendizaje y la sensación de que la escuela es su segunda casa, pero no nos lo recordéis en junio, cuando aún no nos hemos ido. Sin embargo, los publicistas y detrás de ellos, las empresas, ya no quieren que consumamos nada de rebajas, sino todo lo que preparan para un otoño que nos pintan alegre y divertido, ese adjetivo maldito que se aplica tanto a un libro como a un batido desintoxicante. Hay que equiparse para la vuelta, repiten, como si fuéramos a escalar el Everest o a quedarnos a vivir en los colegios. Y yo miro a la niña que fui, a los niños que corretean al lado de la piscina, felices y ajenos a toda campaña publicitaria, a los adolescentes que han arrastrado su indolencia por un verano que nunca, nunca estará a su altura, y me reafirmo en que cada vez odio más el sonido machacón de la campaña de la vuelta al cole.

Ya saben que tienen que volver, no son tontos, lo que no saben es que volverán con mascarillas, distancia y ventanas abiertas. O sí lo intuyen, pero no quieren acordarse ahora de un curso superado que merece caer en el olvido. Por eso siguen jugando mientras la publicidad nos miente. Por eso cogen fuerzas para un año en el que volverán a portarse mucho mejor que los adultos, aprenderán a pesar de las restricciones de actividades, y verán a sus amigos, aunque con la cara tapada de nuevo. Ya tienen bastante. Dejemos de marearlos con la vuelta al cole. Ellos saben mucho mejor que nadie que la vuelta no significa estrenar ropa, zapatos ni estuches, sino volver a ceñirse a un horario y unas normas que acatarán, sí, pero después de disfrutar de esta libertad de la que gozan ahora, tan merecida este año, y sobre todo tan necesaria.

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