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Diario de Mallorca

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Emma Riverola

Contagiados del yo

Nunca antes habíamos visto con tanta nitidez cómo el virus de la desinformación, el descrédito de las instituciones y la vulnerabilidad ante los mensajes simplistas se extiende de forma acelerada en personas cercanas

Ha arrebatado la vida de más de cuatro millones de personas en el mundo, ha provocado la enfermedad de una infinidad, ha arruinado negocios y familias, ha esquilmado las arcas públicas, ha ahondado en la desigualdad y, además, se ha convertido en un embajador del populismo ultra y de la ignorancia conspiranoica. Como una plaga bíblica, el coronavirus ha oscurecido un poco más el planeta.

Jair Bolsonaro y Donald Trump fueron los dos primeros vocingleros que se burlaron del virus, debieron creer que caería rendido ante su virilidad. Su actitud fue adoptada por la mayoría de los adalides populistas de derecha más o menos extrema. Ante la pandemia adoptaron un catálogo de actitudes, siempre malas. Desde despreciar su letalidad hasta lanzarse a la búsqueda de culpables, incluidas las más dispares teorías conspiranoicas. Pura estrategia de captación ultra: señalar un enemigo exterior, alentar el odio con un discurso de alto voltaje emocional y buscar en los caladeros de desengañados.

Los datos son indiscutibles: las vacunas están salvando millones de vidas. Es cierto que las actuales no generan una inmunidad esterilizante, pero su protección frente al virus y la reducción de la capacidad de contagio está sobradamente demostrada. Aún así, es posible que cualquiera de nosotros conozca a alguien que se resiste a ser inoculado. Una corriente de recelo que arrastra a personas jóvenes y mayores, más o menos formadas. Sus motivos son dispares. Quizá sienten temor ante un producto tan reciente, quizá no creen que el virus represente un peligro para ellas o quizá se han abonado a alguna de las teorías de la conspiración que circulan por las redes. Sea por un pretexto o por otro, todas ellas tienen algo en común: la desconfianza institucional. Desconfianza hacia el gobierno que anima a la vacunación, desconfianza hacia la comunidad médica y farmacéutica que avala los fármacos y desconfianza hacia los medios de comunicación que ofrecen los datos… Si no creen al Estado ni a los profesionales de la sanidad ni al periodismo, ¿a quién creen?

Yo, mí, me, conmigo. Solo yo sé lo que es bueno para mí. Yo me pierdo entre la marea de información. Yo me creo a uno u otro gurú o picoteo de aquí y de allí. Yo decido en todo momento cuántos datos quiero asimilar y de qué modo. Esto me gusta, esto lo desecho. Yo soy quien lo maneja todo, lo sabe todo, lo decide todo… Pero también soy yo quien confunde información veraz con contenido sin contrastar. Quien solo me veo a mí y a mi reflejo en la burbuja que las redes sociales crean a mi alrededor. Quien se atrinchera en sus propias verdades o en sus inseguridades, en su irracionalidad y en sus credos. Quien, al fin, se desapega de la responsabilidad y el sentir colectivo. Nunca antes habíamos visto con tanta nitidez cómo el virus de la desinformación, el descrédito de las instituciones y la vulnerabilidad ante los mensajes simplistas se extiende de forma acelerada en personas cercanas. Hablamos de vacunas, pero podríamos hablar de cualquier cosa.

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