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Juan José Millas

Tierra de nadie | La lengua como víscera

Me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía y le pregunté por su madre.

-Murió -me dijo.

Le mostré mi pesar, hablamos luego de esto y de lo otro y nos despedimos quedando, como es habitual en este tipo de situaciones, en llamarnos. Una vez solo, de camino a casa, pensé en ese «murió» con el que mi amigo se había referido a su madre.

Murió.

Con la noticia, me había dado una lección de gramática. Quizá si alguien le preguntara a mi amigo por la tercera persona del singular del pretérito perfecto de indicativo del verbo morir, no habría sabido responder porque nunca le gustaron las letras. Sin embargo, conocía ese tiempo y esa persona, así como el contexto en el que se debían utilizar.

Murió.

Tampoco yo sé nada del funcionamiento de mi hígado, pero consigo de alguna manera que funcione. Significa que la gramática actúa en los seres humanos del mismo modo que una víscera corporal. Interviene cuando debe intervenir sin que el sujeto desde el que interviene necesite conocer su existencia. La gramática es, en fin, una víscera, aunque una víscera implantada, pues no venimos al mundo con ella. A los tres años, sin embargo, ya sabemos conjugar el pasado, el presente o el futuro de un verbo. La pericia gramatical de un crío de ocho o nueve años resulta sorprendente si pensamos en lo arduo del estudio de la asignatura de Lengua. Muchos estudiantes que emiten oraciones perfectamente ordenadas son incapaces luego de realizar un análisis sintáctico. Hay en esta autonomía de la lengua, como en la autonomía de los movimientos de los pulmones o del corazón, algo realmente diabólico, algo que se resiste a ser desentrañado: más que hablar a través de las palabras, las palabras hablan a través de nosotros. Con frecuencia, por si fuera poco, dicen lo que ellas quieren, no lo que nosotros pretendíamos.

Pero a lo que íbamos es que la madre de mi amigo, de la que yo viví secretamente enamorado en otro tiempo, ahora estaba muerta, o sea, que murió.

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