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Daniel Capó

El desconcierto de Joe Biden

Joe Biden llegó al poder con el viento favorable de la prensa. Décadas de guerra cultural han roto el país en dos frentes ideológicos que apenas se miran a la cara ni se reconocen entre sí. Una lectura inmediata nos llevaría a hablar de una América urbana y progresista enfrentada a otra rural y conservadora, poblada de miedos e incertidumbres. La realidad no es tan sencilla, porque el alma de las naciones –o la de los individuos– no está hecha para ser partida en dos de un modo tan nítido. Los pueblos conocen el temor y la esperanza, el fracaso y el éxito, que se entreveran constantemente. Da igual, el maniqueísmo sirve para crear vínculos emocionales, a la vez que nos empuja a tomar partido a favor de lo bueno y en contra de lo malo. Muy sencillo: Biden es el bien y Trump era el mal.

Y hay que decir que Biden se ha mostrado como un presidente extremadamente activo en sus primeros meses. Ha propuesto enormes planes de recuperación económica, se diría que sin precedentes desde la Gran Depresión, aunque posteriormente congresistas y senadores hayan reducido en parte la ambición presupuestaria de muchos de estos proyectos. Frente al desprecio de Trump por Europa, Biden se ha propuesto recomponer la Alianza Atlántica, consciente de que ningún imperio puede sobrevivir aislado. Además, está poniendo sobre la agenda política americana –de un modo más evidente que Obama– la ideología woke, en contra de lo que había sido su postura habitual como maverick de centro. La llegada de las vacunas le permitió acelerar a ritmos envidiables la inmunización de los americanos y soñar, durante un tiempo, que algo parecido a la derrota del coronavirus sería posible este año. La economía había respondido, siguiendo la estela de las subidas de la bolsa y de la reactivación. Hasta que han llegado las dificultades.

Algunas de ellas resultaban inevitables. Nadie podía contar, por ejemplo, con la potencia infecciosa de la variante Delta. En cambio, las reticencias de los congresistas y senadores a los programas de gasto público sí que eran previsibles. El desastre de Afganistán, sin embargo, no. No en su magnitud, quiero decir. Ni en la imagen que proyecta del poder estadounidense: un poder que se desentiende de sus actos y que emprende la retirada bajo la presión de sus inveteradas tendencias aislacionistas. Porque la marcha del avispero afgano era predecible desde hace años, como en cierto modo lo era el retorno de los talibanes, apoyados por el dinero y la protección pakistaní. Pero no el ridículo de la huida -sea o no herencia del acuerdo firmado por Trump-, ni la falta de previsión que revela fallas enormes en la inteligencia americana, ni la debilidad que ofrece como señal en Asia.

Como un Vietnam redivivo, seguramente nos encontramos ante la mayor señal de inepcia del poder internacional de los Estados Unidos, que sin duda tendrá consecuencias. Porque China puede interpretar que el camino hacia el control del centro asiático –Pakistán, Afganistán, Irán– se halla expedito, a pesar de la brutal presión que está ejerciendo sobre la minoría musulmana de su país. Y porque las naciones en conflicto que no son decisivas para la seguridad de América pueden ahora temer algo más por su futuro. Taiwán sería el ejemplo más claro que China va a explotar; sin embargo, la antigua Formosa es hoy –sin duda– un enclave crucial para la política americana, al igual que Israel. Aunque quizás no Ucrania, ni muchos de los países en la órbita de Rusia. La lentitud y el desconcierto de Washington no presagian nada bueno.

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