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Olga Merino

Olga Merino

Periodista y escritora

El tapón de la bañera

Uno cierra el grifo mientras se lava los dientes, opta por la ducha para no dilapidar un bien tan preciado como escaso, y las eléctricas, en virtud de concesiones de explotación eternas, destapan indolentes el tapón de la bañera

El pico de la torrefacción me coge en el coche, escuchando música, el piano envolvente de Joep Beving, en lugar del martillo pilón de las noticias con el avance vergonzante de los talibanes en Afganistán. Cuarenta grados a la sombra en la cuenca del Ebro. En la gasolinera, un trabajador abrasado bromea: «Llevo calcetines de lana». Kilómetros y kilómetros de campo abierto, que la vista agradece después de tantos meses de encierro, una inmensa llanura ensimismada en su modorra, bastante parecida a la estepa de Chéjov. La Ribera baja navarra, el desierto de los Monegros y alguna de las comarcas más caldeadas de Lleida, el horno de Catalunya… Un país sediento, de lluvias parcas o a destiempo. De tanto en tanto, salpica el horizonte reseco una hilera de molinos eólicos, inmóviles en la chicharrera, espárragos con aspas que afean la belleza primitiva del paisaje, pero que producen a cambio energía limpia y barata; no se puede tener todo. Que no son gigantes, vuesa merced, sino mástiles atrapavientos.

Lo mejor del viaje es el regreso, con la mochila bien cargada de imágenes y sensaciones. Desgajarse de uno mismo para reencontrarse. Una frase de las de ponerse estupendo pero cierta y reconfortante, si no fuera porque llegar implica reconectarse al aire acondicionado para soportar el bochorno barcelonés, deshacer el equipaje y encadenar lavadoras con las tarifas eléctricas desmelenadas. Y hete aquí que, tras el tarifazo, sale a la luz que la empresa Iberdrola, antes Iberduero, ha vaciado dos embalses para generar electricidad a muy bajo coste en un momento de precios disparados, en concreto los pantanos de Ricobayo (Zamora) y Valdecañas (Cáceres), a pesar del perjuicio para los pueblos circundantes, sin tener en cuenta que el agua es de todos. Uno cierra el grifo mientras se lava los dientes, opta por la ducha para no dilapidar un bien tan preciado como escaso, y las eléctricas, en virtud de concesiones de explotación eternas, destapan indolentes el tapón de la bañera. Glup, glup, glup, desagüe abajo.

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