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JOrge Dezcallar

Cielo encapotado sobre Afganistán e Irán

Decir que hay problemas en Oriente Medio es una obviedad pues son tan frecuentes allí como la lluvia en Londres o los bares en las aceras españolas. Tanto que nos hemos acostumbrado. Y este verano no es excepción porque a las crisis habituales se unen el vacío que produce la retirada norteamericana de Afganistán y la llegada de un juez radical a la presidencia de la República Islámica de Irán. Ambos acontecimientos elevan el nivel de tensión y el de riesgo en una región donde sobran.

Los americanos han acabado haciendo un pan con unas tortas en Afganistán, la última de las derrotas que inauguraron en Vietnam. Solo que está ha sido su guerra más larga (20 años), la más cara en vidas (más de afganos) y en dinero (la mitad del PIB español) sin tampoco conseguir nada. Y ahora lo abandonan con el rabo entre las piernas como ya antes hicieron británicos y rusos. Atacaron Afganistán llenos de razones después de los atentados sobre el Pentágono y las Torres Gemelas porque albergaba a la gentuza de Al Qaeda y luego, neutralizados los terroristas, no supieron salir a tiempo. Obama lo intentó pero los militares no le dejaron y ahora Biden lo hará al precio de dejar detrás un estado fallido, en el que el corrupto régimen de Kabul no es capaz de detener el avance fulgurante de los talibanes mientras resurgen los señores de la guerra locales. Falto de apoyo americano el fantasmagórico poder central afgano se derrite, la misma Kabul podría caer en cuestión de semanas y no es descartable una escena similar a la vietnamita del helicóptero evacuando gente aterrorizada desde el tejado de la embajada. Afganistán se hunde en la guerra civil y miles de afganos huyen a países vecinos por temor a las represalias de los talibanes o porque no quieren vivir bajo su estricta ley islámica que conlleva una brutal sumisión de la mujer. Para este resultado hubiera sido mejor quedarse en casa y acabar con los terroristas con «operaciones quirúrgicas» de comandos. O de drones.

Y son precisamente los drones los que estos días elevan la tensión con Irán, que nunca fue una democracia aunque lo sea bastante más que sus vecinos árabes del Golfo. Acaba de celebrar unas elecciones hechas a medida para que las ganara el candidato oficial Ibrahim Raisi con el respaldo del Líder Supremo Jamenei, de los Guardianes de la Revolución y de los servicios de Inteligencia, de modo que tenía todos los ases en su mano. Un duro precedido por siniestras acusaciones de haber condenado a muerte como juez a miles de personas tras la victoria de Jomeini. Raisí no lo tiene fácil porque hereda un país con la economía destrozada por las sanciones americanas que le impiden vender petróleo y tener acceso al sistema financiero internacional. El rial se ha derrumbado y crecen la inflación y el desempleo mientras se reprime sin miramientos el consiguiente y justificado malestar de la población.

Al margen de sus problemas internos, el presidente Raisí tiene tres retos inmediatos en política exterior: la negociación del regreso americano al Acuerdo Nuclear, el vacío de la retirada americana del vecino Afganistán y la creciente tensión con Israel. Tres miuras. Continúan las negociaciones sobre el Acuerdo Nuclear pero las posturas siguen alejadas: Teherán exige el fin de todas las sanciones y -escarmentados por lo hecho por Trump- garantías de que los americanos respetarán en el futuro lo que ahora firmen, mientras que Washington quiere alargar los plazos firmados en 2015 que retrasan la nuclearización iraní y meter en la negociación otros asuntos como los misiles o la política de Teherán en Oriente Medio. En el vecino Afganistán, abocado al caos, Irán querrá crear milicias que defiendan sus intereses como las que ya tiene en Siria, Irak o Yemen, ampliando así una influencia regional que preocupa mucho a sus vecinos árabes. Y también tendrá que enfrentar el aumento de la tensión con Israel que siempre busca excusas para acosarle y que ahora le acusa -al parecer con razón -del reciente ataque con drones al buque Mercer en aguas de Omán. Lo que se dice un plato lleno para un presidente inexperto y rodeado de halcones en un verano muy caluroso.

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