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Matías Vallés

Llaman cambio climático a la superpoblación

El ser humano no ha cambiado el clima con su actividad frenética, su mera presencia en las proporciones actuales dificulta la supervivencia

La pandemia se enfrenta al cambio climático es la superproducción del verano. King Kong contra Godzilla, millones de espectadores amontonados en salas con vicioso aire acondicionado para tomarle el pelo al calentamiento global y al virus contagioso. Se habla de la salud del planeta, de la salvación entre populistas, pero solo uno de los habitantes de esta nave espacial puede eliminar a millones de otros seres vivos para pretenderse luego habitado por un sentimiento animalista.

A efectos de carga planetaria, la Tierra no está habitada por ocho mil millones de mamíferos bípedos, dado que en atención a su consumo equivalen a veinte mil millones de seres humanos del año dos mil, o a doscientos mil millones de 1900. (Si no aceptan estas extrapolaciones porque les parecen descabelladas, pueden rehacer los cálculos a voluntad. Disponen de la misma libertad y valor que las conclusiones del Panel Internacional sobre Cambio Climático, donde científicos incapaces de medir el mecanismo de actuación de un humilde virus se jactan de dominar el comportamiento del mundo entero. O, perdón por la longitud del paréntesis, pregunten a la madre ciencia por los miles de millones de enfermos de sida que prometieron más que pronosticaron).

Por emplear un dato ajustado, China consume más cemento en una década de este milenio que el resto del mundo en todo el siglo XX. Y eso que extramuros de la Gran Muralla también se ha destruido el medio ambiente a mansalva. Por tanto, los científicos que viven de sus predicciones y sobre todo de que pase el tiempo suficiente para que nadie las recuerde, utilizan el cambio climático como un eufemismo de la palabra que no se atreven ni a esbozar, la superpoblación. Al revés, defienden la verdad antientrópica y por tanto falsa de que el planeta puede acoger a más seres humanos, a cambio de que se encierren dóciles en sus domicilios cada vez que aparezca un nuevo coronavirus. Ni el Papa Urbano VIII alcanzó un retorcimiento semejante al obligar a retractarse a Galileo. Y de qué sirve anunciar un mal camuflando su causa.

En descargo de los chinos hormigoneantes y hormigueantes, el ser humano no ha cambiado el clima con su actividad frenética, sino que su mera presencia en las proporciones actuales dificulta la supervivencia. Del planeta y de sus pobladores, si alguien acierta a distinguirlos. Con el agravante enunciado por Jared Diamond de que el coronavirus puede acabar con el uno por ciento de la población, pero el cambio climático puede cancelar la vida planetaria de los seres más elaborados que las cucarachas, con la eficiencia de un troll de Twitter.

España recibe la condena global de los climatólogos con la noticia del feliz alumbramiento de dos aeropuertos gigantescos

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Así que como concluiría el impagable Nassim Nicholas Taleb, el problema no es cuánto daño espera sino cuándo se abatirá sobre el planeta, y toda profecía debe detenerse con humildad en su datación. La alimentación mundial no está garantizada, y menos con las sacudidas en las redes comerciales propiciadas por el coronavirus, pero habrá cisnes negros para todos. Cabe recordar que el siempre sugestivo fin del mundo ya fue anunciado con inmediatez por los antiguos egipcios, y quién se atrevería a desmentirles.

Si la experiencia personal sirve de algo en el dominio de los grandes sabios, fui uno de los primeros en anunciar el fin inminente de las playas mediterráneas en menos de una década. Las informaciones pertinentes constan en las hemerotecas, con el apoyo de los científicos oportunos. Su único inconveniente es que vienen fechadas en los años ochenta. Claro que medio siglo de margen erróneo no es nada en la peripecia de un planeta, pero el precedente emite un cierto escepticismo ahora que vuelve a anunciarse que el clima ha enloquecido. Siempre repaso los nombres del Panel, por ver si constan los predictores del exterminio de las sombrillas playeras.

El imprescindible lector crítico corregirá que por primera vez se ha señalado a un culpable del cambio climático, que responde por ser humano. Y aquí se advertirá una cierta contradicción con la ocultación de la superpoblación. Pero el Panel no responsabiliza a las personas por su número, sino por su comportamiento. Se suma alegre al «Vigilar y castigar» de Foucault, el texto bíblico de la era de la biopolítica. Con un ejemplo se captará mejor. España recibe la condena global de los climatólogos con la noticia del feliz alumbramiento de dos aeropuertos gigantescos, las proyecciones hipertróficas de Madrid y Barcelona. (¿Alguien recuerda la asimilación de la propagación de las pandemias en curso con las urbes mastodónticas? Claro que es más cómodo culpar a los adolescentes del botellón).

Pues bien, ya han aparecido los primeros expertos que juran que Barajas y El Prat serán dos monstruos verdes, medioambientales y perfumados. De hecho, los científicos demostrarán que el grado de defensa del medio ambiente crece proporcional a la dimensión del aeropuerto que lo contiene. No duden que, desde posiciones científicas incontestables, hay miembros del Panel climático que estarán dispuestos a cantar las bondades de la ampliación de los complejos aeroportuarios. Y no lo harán por unos honorarios, basta de infamias, sino por la convicción avalada con datos que ha desembocado al planeta en su extraordinaria situación actual.

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