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Juan José Company Orell

Las matemáticas inclusivas

La verdad es que si no fuera porque ya nos llega el agua a la altura del labio superior, con el asunto del bicho infeccioso convenientemente marinado con el descalabro económico, sin olvidar que estamos pagando la energía eléctrica a precios estratosféricos, podríamos presumir de habitar en un entorno que no permite ni por un momento el aburrimiento social, en el que no pasa jornada sin que algún petimetre, bien político bien influencer, nos ponga una sonrisa en el rostro con alguna nueva derrama de cerebral disentería. Los chinos suelen desear a su prójimo, sin que termine de aclarase si la frase contiene buen ánimo o un atisbo de mala milk, que les toque vivir tiempos interesantes, y qué duda cabe que si algo tienen estos tiempos es que son sumamente interesantes, les dejo a ustedes el decidir si eso es bueno o no.

Porque, semana tras semana, día tras día, alguno de nuestros gerifaltes nos intenta sorprender con algún nuevo intento por alcanzar al karma de la idiocia. Tal parece, de ser cierto el contenido de un titular de prensa, que ahora se va a decretar que la enseñanza de las matemáticas, ya saben eso de los números, se preste, produzca o perpetre, no mejor, no con más medios, no con más inversiones, sino desde una perspectiva de género y siempre haciendo hincapié en la socio-emotividad, sin saber exactamente si esto último se predica del que enseña o del que pretende aprender. Uno recuerda la definición que de la ciencia matemática nos regalaba Einstein, que entendía que las matemáticas, a su manera, son la poesía de la lógica, y claro esta nueva idea, pretendidamente educacional, puede que logre contener algo de poesía pero se muestra muy falta de la necesaria lógica.

En este mundillo de las ocurrencias uno se pregunta cómo diantres se las van a ingeniar nuestros maestros para aplicar la perspectiva de género y la vertiente socioemocional a la explicación en las aulas del Teorema de Pascal, de la segunda Ley de la Termodinámica de Boltzman, o la Teoría de las ecuaciones diferenciales parciales y las propagaciones de ondas de Cathleen Morawetz, como no sea haciendo trizas otra materia de enseñanza, la gramática. A lo mejor se trata de eso, de que tan solo los maestros y alumnos se conviertan de un plumazo (sin ofensa, eh) en maestras o maestres o en alumnas o alumnes, o que los números se conviertan por decreto en númeras y los logaritmos en logaritmes; se lo preguntaré a mi buen amigo y mentor Pere Estelrich que de esto de las sumas y las restas sabe un ciento.

Se me ocurre que fuera conveniente que, al igual que en el caso de los botes de tomate frito, se obliga al fabricante y responsable del producto a especificar identidad, ingredientes y formas de elaboración del producto, como defensa para los consumidores, los que vierten sobre sus conciudadanos ideas ocurrentes o programas imaginativos, que puedan conllevar efectos sobre la capacidad de metabolización de aquellas, aquellos o aquelles por parte los miembros de esa sociedad, hicieran otro tanto.

Utilizando términos matemáticos, puede que despejemos la incógnita cuando los autores de este «teorema» nos expongan en la pizarra su desarrollo lógico, si es que tienen capacidad para ello, lo cual pongo en duda aún cuando siempre dejo espacio a la esperanza. Pero no parece esperable que una materia tan poco dada a la improvisación o a la influencia de la dirección en la que sopla el viento pueda seguir teniendo su peso en la enseñanza cuando se la somete a simples posturitas personales. En palabras de Stendhal, que no era matemático sino escritor, aún cuando sus notas en la materia durante su aprendizaje no fueron precisamente humildes, las matemáticas no permiten ni la hipocresía ni la vaguedad. Alguien en esa factoría de ideas no es lector del autor de La Cartuja de Parma.

Pero no debiéramos preocuparnos en demasía de la nueva forma de enseñanza porque, tal parece, el novedoso método de la enseñanza aritmética se fabrica en la misma cadena de producción en la que se crea la posibilidad de que se pueda pasar de curso con varias materias suspendidas, lo que en mi tiempo se llamaba asignaturas colgadas, y sin necesidad de exámenes en septiembre o en febrero, así que finalmente si no gusta el nuevo método de enseñar lo de los números, ángulos, factores, logaritmos y demás pues pasa uno de la materia y al siguiente curso, que no ha que provocarse la frustración en el estudiante, que ahora parece ser el objetivo prioritario aún a precio de crear una generación de lerdos. Tal parece que ese es el nuevo sentido de la enseñanza escolar y académica, y todavía hay quien se pregunta cuál es la causa de estemos en las clasificación de universidades aun peor que en el medallero olímpico.

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