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Daniel Capó

Las cuentas de la vida | Adiós, Messi

La marcha de Messi anuncia un cierto retorno al realismo

Messi saluda desde la ventana del hotel de París donde está hospedado con su familia. REUTERS

Decía Josep Pla que la realidad termina imponiéndose y, lógicamente, acaba siempre por volver. En cierto modo, la realidad es lo opuesto a la imaginación, que se despliega con tanta celeridad como los caprichos de nuestra personalidad. Pla veía en el conservadurismo la ideología política de la realidad frente al sentimentalismo vacuo que impera en la izquierda. «La literatura d’esquerres –anotó en uno de sus dietarios– és terriblement avorrida i d´un tedi insondable; sempre diuen el mateix: frases fetes, tòpics, repeticions copiades i indescriptibles collonades. La persona habituada a llegir no ho pot resistir. Tot és hipotètic i en definitiva inventat i fals». Inventado y falso, es decir, contrario a la realidad. Porque incluso la imaginación, para que sea fructífera, tiene que echar raíces, afincarse en el suelo fértil de la realidad y no en el pensamiento quimérico y sentimental. La política española de estos últimos diez o quince años nos habla bien a las claras de las consecuencias del sentimentalismo. Y de esta desconexión. 

Un ejemplo reciente lo encontramos en el fútbol. Durante años vivimos de las rentas de una generación prodigiosa y del vuelco futbolístico que supuso el Barça de Cruyff, primero, y el de Guardiola, después. A ello se añadió el dinero como vigorizante, el cual consiguió que la Liga hiciera de imán para algunos de los mejores futbolistas del momento. La aparición de los «galácticos» fue el común denominador de una época marcada por los triunfos deportivos y la entronización de los vicios. Uno de ellos, quizás el principal, fue la paulatina huida de la realidad. Los jugadores envejecían, los cuerpos técnicos ralentizaban las innovaciones tácticas, surgían nuevos competidores en todo el continente, llegaban los petrodólares de los bolsillos de algún jeque. De repente, el mundo de ayer dejó de parecerse al mundo de hoy, aunque ningún directivo quisiera reconocerlo. Los fracasos deportivos se compensaban con presupuestos expansivos, aun a costa de liquidar el equilibrio financiero de los clubes. Se puso la confianza en el prestigio de la marca y en los contratos televisivos, cuando ninguno de los dos funcionaba como antaño. Una deuda corrosiva empezó a actuar como la aluminosis que minara los pilares de la institución. El escapismo infantil de muchos clubes se tradujo en una quiebra aplazada. Hoy podemos decir que la mayoría de los equipos son escuadras zombies que subsisten sólo gracias a la respiración asistida. El Barça, por ejemplo.

En este sentido, la marcha de Messi resulta una buena noticia. Un club que no puede sostenerse económicamente no debe pagar con un oro del que ya no dispone. Por muy doloroso que sea despedirse del mejor jugador que jamás haya tenido –con permiso de Kubala y Maradona–, ninguna hipoteca a futuro compensa seguir manteniéndolo. Asumir la realidad –lo que hizo Laporta el pasado jueves– constituye el primer paso para rearmar al gran club que preside. Libera dinero y recursos, pero sobre todo asume como hecho ineludible un principio fundamental: sobre la melancolía de un pasado glorioso no se construye nada. Contaba Josep Pla que su padre, de joven, solía decir que en Cataluña todo estaba por hacer y que, ya de viejo, lo único que repetía era que no había nada que hacer. Con su decisión, Laporta ha demostrado que el futuro no está escrito y que es mucho lo que se puede hacer si se dice la verdad y nos la repetimos a nosotros mismos.

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