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Ramón Aguiló

Escrito sin red | Medalla de oro

La semana pasada el presidente Sánchez hacía balance de la situación de la pandemia en España. Sacaba pecho diciendo que España era medalla de oro en vacunación. Ni una palabra dedicada a los fallecimientos, al caos normativo en el que estamos en plena quinta ola. Sólo se puede hablar de las cosas positivas: la vacunación en la que se está procediendo ya con los mayores de 12 años y la recuperación económica que ya ha empezado. «España va directa hacia la recuperación económica» … «Hace un año el mundo no tenía vacunas y hoy lideramos el proceso de vacunación» … «Hemos pasado de la España de la resistencia a la de la recuperación económica». En efecto, se ha vacunado al 55,7% de la población, casi 26,5 millones. Tal como lo dijo parecía que se arrogaba este mérito, cuando es obvio que la vacunación ha estado protagonizada por las CC.AA. Son las autonomías y el personal sanitario de la atención primaria de las mismas los que han asumido con profesionalidad y un esfuerzo personal digno de todo encomio el reto de proteger a la población. Son ellas las que eluden el discurso complaciente de Sánchez y plantean la realidad de la lucha contra la pandemia. Se quejan de las carencias en el número de vacunas que les facilita el gobierno para las segundas dosis, de hecho, se ha reducido a la mitad el ritmo de vacunación; de la falta de recursos normativos del parlamento que les permitan una lucha eficaz contra la pandemia; de la falta de unificación de criterios judiciales en relación a las medidas que se toman; de la progresiva saturación de las camas hospitalarias y de la ocupación de las unidades de cuidados intensivos. Mientras, Sánchez evita hablar de estas cosas. Dice que las autonomías tienen competencias suficientes para hacer frente a la pandemia. Ya no es una cuestión que afecte al gobierno, que ya ha hecho todo lo que debía. Obvia que el Tribunal Constitucional declaró inconstitucional el primer estado de alarma y está considerando calificar de la misma manera la prórroga de seis meses del segundo. Cuando ya hemos sobrepasado las cinco olas de la pandemia, seguimos sin disponer de una herramienta común contra la Covid. Entretanto, el pasado martes se anunció el ascenso en la cifra diaria de defunciones por coronavirus, 130 muertos. La incidencia acumulada de 14 días supera la cifra de 650 casos que se está dando en Balears; mientras, en Alemania están en situación de riesgo con menos de 30 casos. Lo que impide poder hablar en los términos en que lo hace Sánchez: que ya no estamos en la fase de resistencia sino en la de la recuperación.

El martes, tras el consejo de ministros previo a las vacaciones, Sánchez vino a Palma a despachar con el Rey a Marivent. En la rueda de prensa posterior, preguntado por la posible vuelta de Juan Carlos I, eludió pronunciarse sobre la cuestión. La verdad es que, transcurrido un año de la marcha del emérito a Abu Dabi, no se ha producido ningún cambio en su situación legal; sólo la imputación en Suiza del presidente del Banco Mirabaud, receptor de los 65 millones de euros procedentes de Arabia Saudí para el ex monarca. No había ninguna requisitoria legal contra él hace un año y sigue sin haberla hoy. No conocemos ninguna resolución de la Agencia Tributaria y tampoco de la fiscalía del Tribunal Supremo. Nada sobre las regularizaciones, que, al parecer fueron de un monto superior a las previstas por la AEAT. Fueron las presiones del gobierno sobre FelipeVI (negadas por Moncloa) las que determinaron la salida del emérito. Y son unánimes las voces que aseguran que no existe ningún impedimento legal para su retorno. En fin, parece que el anterior jefe del Estado no estuviera en Abu Dabi, sino haciendo escala en el limbo, purgando sus pecados antes de poder acceder al reino de los cielos. Para mí, lo más relevante de la visita de Sánchez no es el despacho con FelipeVI, ni, por supuesto, la reunión con Armengol donde se habría tratado del Régimen Fiscal de Baleares, algo tan etéreo como el tranvía al aeropuerto y a Son Espases, o la diversificación económica en Baleares, siempre tan invocados y siempre postergados hasta las postrimerías de los tiempos (cuando escucho a algún político hablar de ellos, apago la tele); lo relevante es cómo el insensato sin escrúpulos que tenemos como presidente se prestó a hacer balance, como juez autoproclamado, del comportamiento de la monarquía. Así dijo: «Me complace que el actual jefe del Estado esté comprometido con la actualización y transparencia de la Casa Real». En otras ocasiones ha mencionado el compromiso de la Corona con la ejemplaridad y la modernidad. Sinceramente, desconozco esa panoplia de medidas de actualización y transparencia que tanto placer han proporcionado al presidente del gobierno. Las conocidas desde hace tiempo son: la prohibición de aceptar regalos que comprometan la dignidad de las funciones institucionales; que todos ellos se destinen a Patrimonio Nacional; la publicación en la Web de la Casa Real de las retribuciones de los altos cargos; la apertura a la ciudadanía de los jardines de Marivent, la supresión del sueldo del emérito etc. Son medidas cuya inexistencia sería preocupante, pero de entidad modesta si las comparamos con las que Sánchez aseguró, a finales de 2020, que FelipeVI tenía en su hoja de ruta. No se conoce ni un solo detalle de esas medidas de regeneración.

Este pasado miércoles se dio a conocer que los mayores de 65 años vacunados con la pauta completa dejaban de tener anticuerpos a los tres meses. Lo que se traduce en un aumento de casos de contagios y muertes en las residencias y en la necesidad de una tercera vacuna de Pfeizer o Moderna. Lo que está ya ejecutando Israel, el país que ha tomado la delantera de la vacunación en todo el mundo. Es patente la reactivación económica y el descenso en las cifras del paro, aunque figuran en situación de Erte más de 300.000 trabajadores. Desconocemos la viabilidad de sus empresas tras la finalización de las regulaciones temporales de empleo. Son muchas las incógnitas planteadas como para que el presidente del gobierno eche las campanas al vuelo, en una exhibición propagandística que desconoce el rubor: medalla de oro para él, que se va de vacaciones mientras se cuestionan las de los sanitarios, y la descalificación absoluta para la oposición a su gobierno, que se revuelca en la crispación, el rencor y el odio a su providencial liderazgo.

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