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Antonio Papell

El precipicio de la alternancia

Atrancas y barrancas, el gobierno de Sánchez ha comenzado un proceso de acercamiento a Cataluña, partiendo de unos indultos que eran condición sine qua non de una distensión apreciable, además de una demostración ante Europa de que este país es una auténtica y comprensiva democracia y liberal y no un fanático estricto del estilo de los ultras del Grupo de Visegrado.

La operación, después del 1-O, de la judicialización del caso y del papel perturbador que está desempeñando la derecha —que recoge firmas contra los indultos, aunque sin éxito, pero demostrando cuál es su talante—, es muy compleja porque ya no hay duda de que el catalanismo tradicional que hoy ha dado el salto cualitativo al soberanismo está escindido en diversas fracciones, que todavía mantienen la ficción de la unidad de acción pero que en un cierto momento tendrán que tomar partido y distinguirse unas de otras. Es manifiesto que, tras el 1-O, se han formado corrientes distintas, algunas de las cuales siguen apostando por la «vía unilateral» (por la ruptura traumática, incluso con violencia), en tanto otras han regresado a la vía constitucional y democrática, a la tesis inalienable de que la Constitución, perfectamente legítima, nos obliga a todos sin excepción. Además, se mantiene la facción independentista que no quiere que Cataluña permanezca en la Unión Europea y que pretende crear en el Principado una pequeña Albania del estilo de la de Enver Hoxa.

Por ahora, la única arma con que cuentan los soberanistas unilateralistas y exaltados para mantener su guerra y para que los demás no los desenmascaren es el victimismo que consiguen movilizar gracias a los prófugos Puigdemont y demás huidos. El expresident de la Generalitat, elegido a dedo por Artur Mas cuando la CUP se negó a seguir apoyándolo, erigido ahora en gurú providencial, dotado de un aura carismática que, en un contexto democrático, resulta ser una vulgar ridiculez, trata de mantener desde Waterloo el aura romántica de los idealistas llegando a parecer una especie de Éamon de Valera, aunque sin el carisma, la inteligencia y la formación de este.

La suerte de los catalanes ha sido que la formación de Puigdemont, JxCat, ha perdido esta vez las elecciones frente a Esquerra Republicana de Cataluña, también soberanista —con la mala conciencia que siempre embarga a un partido de izquierdas que practica el nacionalismo—, de forma que son los republicanos quienes ocupan la presidencia del Govern y en teoría imponen sus criterios. Sus interlocutores socialistas del Estado, básicamente el PSOE, no confían demasiado en los republicanos pero en la práctica están consiguiendo no solo gobernar con ellos sino establecer e iniciar un camino de negociación y diálogo para resolver el conflicto catalán. Un camino que será largo pero que puede conducir a una solución estable y duradera.

La situación genera escalofríos porque no tiene alternativa. El partido Popular, en lugar de respaldar discretamente, o al menos de no interferir, los intentos gubernamentales de acercamiento, negociación y conciliación que superen el 1-O, está practicando una oposición frontal, de extrema dureza, descalificatoria de los indultos —por supuesto— y de cualquier gesto que indique la voluntad de resolver este contencioso que, como es obvio, sólo tiene dos soluciones: la pacífica y la otra.

En una democracia parlamentaria, la alternancia es plenamente saludable, renueva las instituciones, ventila los espacios cerrados, introduce imaginación en el proceso político. Pero cuando la oposición —como es el caso— pierde el norte y se niega a afrontar un conflicto abierto con la debida prudencia, buscando las zonas de consenso, trascendiendo con magnanimidad para mitigar los errores del otro, extremando los esfuerzos para que la democracia haga su trabajo —como se sabe, la democracia es el mejor método de resolución de conflictos que ha inventado nuestra civilización occidental—, el país se aboca a un precipicio. Casado tiene, por supuesto, todo el derecho a oponerse a las políticas gubernamentales, pero, por Dios, denos al menos el PP una opción alternativa de enfocar la cuestión catalana que nos permita creer, aunque sea con voluntarismo, que no nos conducirán un día al precipicio.

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