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Antonio Tarabini

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Antonio Tarabini

Estados de ánimos estivales (1) | ‘Il dolce far niente’

Hace años, desde 2013, el mes de agosto en plena canícula dedicaba mis colaboraciones semanales a relatar y describir entornos sociales, profesionales, culturales, cívicos, políticos… que conforman nuestras realidades con sus actores y protagonistas, bajo el título genérico de Crónicas Estivales. La presente serie, agosto 2021, cambia su título por Estados de ánimo estivales. La razón es simple. Nos ha tocado vivir, convivir y coexistir, en unos momentos de cambios profundos que desde la pandemia, por activa y por pasiva, afectan a nuestros estados de ánimo. Huyendo de la tragedia y del melodrama, intentaré bucear precisamente en tales estados de ánimo, los míos y los ajenos, con ironía y humor.

El subtítulo, il dolce far niente, coge cuerpo y sustancia en un programa radiofónico dominical de máxima audiencia. Un habitual y prestigioso colaborador manifestaba sin pudor la urgencia de usar su mes de vacaciones para desconectar. Estaba agotado de repetir, un día sí y otro también, en sus colaboraciones periodísticas, prensa y radio, los mismo temas con las mismas argumentaciones. En mi caso, a años luz del cronista citado, tenía (tengo) un sensación de «más de lo mismo» en mis quehaceres cotidianos y en mis colaboraciones periodísticas. Y por ello, ambos acudimos al dolce far niente, expresión que algunos mal traducen y peor practican como el «aburrimiento».

Del texto adjunto sustituyan el vocablo ‘aburrimiento’ por il dolce far niente. «Los veranos solían ser el momento en el que la aceleración se aminoraba, cuando se entraba en ese maravilloso territorio temporal del ‘paréntesis estival’. Esto, qué duda cabe, es parte de ese mundo que hemos perdido (…). El aburrimiento, quizá la actividad humana más injustamente denostada. Injustamente, digo, porque es de las pocas actividades que se caracterizan por la ausencia de actividad (…). En algún momento hay que parar esta maquinaria para concentrarnos en lo verdaderamente relevante (…). Tengo la convicción de que nos dejamos llevar por la acelerada sucesión de noticias y que esta dinámica es la que puede estar ‘apartando nuestra atención’ de cosas sobre las que deberíamos estar más vigilantes» (Fernando Vallespir).

«Cada uno nos construimos nuestras vacaciones. Unos desconectan antes de tiempo, otros precisan de una, dos semanas o, incluso, no lo hacen en todas las vacaciones y vuelven al curro mas cansados de lo que estaban antes de irse. Idealizamos tanto las vacaciones, tenemos tantas expectativas con respecto a ellas que no es de extrañar que la frustración sea alta. ‘Son cortas’, ‘me saben a poco’, ‘me ha estresado la familia’, ‘no me he recuperado’, etc. Ingenuamente deseamos que las ‘anheladas vacaciones’ realicen un reset del estrés que acumulamos y que en gran parte nos creamos el resto de los 11 meses» (Miguel Lázaro).

Con mi dolce far niente pretendía y pretendo que siga mi estado de ánimo estival, normal y vital, aunque los contextos hayan cambiado. Hace años cada mañana, aproximadamente a las 9, movía mi esqueleto para dirigirme a Can Vicens, un bar (que ya no existe) ubicado en Sa Rápita en primera línea frente a Cabrera. Su aspecto y servicio, incluyendo el dueño, eran los propios de los café de pueblo. Allí tomaba mi café y ojeaba la prensa recién comprada. Un día sí y otro también, coincidíamos sin cita previa con una serie de conocidos/amigos que con sentido del humor poníamos a parir a fulano y a mengano y arreglábamos el mundo. A este valor, añadía la existencia de un vejete futbolín. Allí pasaba tiempo jugando con mis nietos. Al principio del verano yo era el campeón, condición que perdía a final de agosto. Can Vicens ya no existe. Los amigos y conocidos coincidimos mucho menos; y el futbolín tampoco existe.

Mi segundo dolce far niente era (ya no es) mi barca de recreo, un fuera borda de 5 metros, originaria de Italia y titulada no sé por qué Cinque. Con amigos/amigas salíamos a pescar. Els raons eran peces del deseo y del buen paladar. El segundo uso era (ya no es) salir a la mar con familia, nietos y amigos, en búsqueda de las hermosas playas de los entornos. Después de más de 20 años, ha dejado de existir. Los años transcurren para la barca y sobre todo para su máximo usuario (¡el autor de estas líneas!). Mi espalda y riñones ya no soportan los sobresaltos de las olas. La vendí hace unos meses.

Sigo feliz con mi actual dolce far niente, nada que ver con el aburrimiento. Sentado en una cómoda butaca en nuestra terraza, frente a Cabrera, leyendo un librejo o simplemente no haciendo nada. El futbolín con mis nietos ha sido sustituido por múltiples juegos de mesa, me derrotan incluido el parchís y el dominó. Debería caminar por el bien de mi esqueleto pero… Uso mi ordenador para mantenerme comunicado e informado, así como escribir y remitir estas y otras líneas.

Mientras, la política, la gestión de la res publica (la cosa pública), sigue viva y coleando con su estruendo de fondo. Oímos el ruido, pero no captamos la melodía. Al regreso de vacaciones, ya se habrán aplicado paquetes de estímulo contenidos en los Presupuestos Generales del Estado y a punto de recibir el primer hilito de agua de la poderosa manga riega de Bruselas. Pero las principales reformas (mercado de trabajo, pensiones, fiscal, vivienda) se han dejado madurando para la segunda parte del año o para el ejercicio siguiente. En materia laboral, por ejemplo, ni se ha derogado la reforma del año 2012, ni se ha subido aún el SMI correspondiente a 2021, que afecta a 1,5 millones de personas, principalmente mujeres y jóvenes.

Desde mi dolce far niente, concluyo con una serie títulos extraídos de los prensa dirigidos a gobierno y oposición : «Dejen de ladrarse», «Hagan algo», «Pongámonos de acuerdo». A buen entendedor, pocas palabras. Gracias y hasta la próxima.

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