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José Carlos Llop

Bienvenidos a Hispania

Russell Crowe en Gladiator.

Russell Crowe en Gladiator.

No sé si el editor Mario Muchnik –que lo fue mío durante varios años y varios libros– tenía razón cuando decía que el camino hacia los campos de exterminio empieza con la primera falta de sintaxis. Quizá la frase fuera una paráfrasis de Steiner o de Klemperer, pero no me gustaría –con lo mal que se habla y escribe hoy día, encima con regodeos teóricos y pretensiones sociológicas– que acabáramos comprobando la certeza de sus palabras. De momento llevamos tiempo haciendo puntos.

Hasta los Juegos Olímpicos se aprovechan ahora para introducir nuevos elementos en el uso del lenguaje. Al principio creí que era un error repentino fruto del directo; después comprobé que no: que fuera in situ –o sea, Tokio– o en el estudio, la palabra estaba imponiéndose en las crónicas olímpicas. Me refiero a la palabra ‘hispano’ para definir a nuestros atletas y perdón por el posesivo. Bienvenidos –nuevamente– al imperio romano: por fin hemos descubierto la piedra filosofal de la patria o matria o patrie o matrie, o cómo se llame ahora: somos hispanos. Tantos años de jesuitismo encaminado a sustituir el término Hispanoamérica por el de Latinoamérica y súbitamente la vuelta atrás. ¿Hasta dónde?

Es cierto que ver competir a los mejores –citius, altius, fortius– puede retrotraer no sólo a Grecia, sino al tiempo de los gladiadores en Roma y de los gladiadores lo que se sabe ahora procede de esa película Gladiator, que salvo sus primeros minutos –la batalla de la Selva Negra, que es magnífica– podría haberla filmado entera el modisto Versace, el relamido. Allí el general Máximo –que tiene casa y tierras en Cesaraugusta, o sea en Hispania– acaba, fatal y trágicamente, en gladiador, tras la muerte de su amigo el gran Marco Aurelio, el emperador filósofo. Y su nombre de combate pasa a ser El Hispano. ¡Hispano, hispano! grita el público de los distintos circos donde combate y triunfa hasta regresar a Roma.

Bien: pues ahora nuestros atletas, triunfen o pierdan, sonrían o lloren –que los hay que lloran mucho al perder–, tengan diploma –de momento medallas, pocas– o se vuelvan con las manos vacías, son ‘los hispanos’. Lo son al menos en la cadena televisiva del Estado y la cosa no parece casual sino un empeño del que desconocemos la razón: ¿será para no ofender a los socios de gobierno, no sea se enfaden y lo dejen sin los apoyos necesarios? ¿O será la ocurrencia de un iluminado de esos con carnet de partido que están con twitter todo el día y en un gabinete de ideas atómicas toda la noche? En el momento histórico donde más confuso está el personal con su identidad nacional, nos la han descubierto los Juegos Olímpicos en TVE: somos hispanos, vaya. (Un término, por cierto, que en USA y Canadá debe de sonar a ‘latino’ –muy de moda por ahí– y vuelta a empezar).

Evoco la batalla inicial de Gladiator e imagino al pensador iluminado que en vez de exclamar ¡Eureka!, exclamó ¡Hispano! y veo sus células grises excitadísimas al dar con la solución al problema autonómico –competencias, dineros, celos y pataletas– de España: ¡todos hispanos y viva el igualitarismo! El día menos pensado lo vemos de Secretario de Estado del ministerio de Cultura. El hombre debió de romperse la cabeza al imaginar a los vándalos, a los suevos y a los alanos galopando por Iberia y a los celtas y a los íberos y a los celtíberos tras la orgiástica apoteosis multicultural. ¿Dónde colocar la pieza de Atapuerca? Porque a los visigodos, mejor olvidarlos que son un estorbo franquista. Hispania era la solución. ¿Cómo no lo habremos visto antes?: si aparece citada –¡ay, el latín!– en varios de nuestros escudos. Y así, noche tras noche, hasta llegar a los jugadores hispanos de balón mano y a los tenistas hispanos (antes creo que los llamaron la Armada Invencible, pero no me hagan mucho caso) y a lo que haga falta, pero hispano, hispana o hispane.

Me fastidia porque hace pocos meses que me renové el DNI y a este paso va a quedar de lo más antiguo. Mientras tanto, Valle-Inclán continúa visionario: permanentemente condenados a la galería de espejos cóncavos y convexos, ya no sabemos ni cómo nos llamamos. Hispania: sospecho que Eugenio d’Ors estaría encantado.

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