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Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Profesora de la UOC y periodista

El buenismo de ser mujer

Concentración femenista el pasado 11 de junio en Barcelona.

Concentración femenista el pasado 11 de junio en Barcelona. Robert Ramos

Aveces, en mitad de los asesinatos machistas, leo debates durante horas que me dejan estupefacta. «¿Alguien se va a preocupar por mi hijo, al que tengo que dejar ya con su padre maltratador en vacaciones?», me escribió una mujer de una casa de acogida, tras el debate de las palabras patria/matria, tras la reflexión de la ministra Yolanda Díaz. No hay problema en que sea noticia un concepto que se maneja dentro del feminismo. Pero creo que fallamos cuando nos centramos en ello días, que no solucionan nada, mientras la violencia contra las mujeres avanza a sus anchas. Y creo que hay un problema cuando se piensa en una especie de buenismo natural en las mujeres, solo por serlo.

El buenismo de ser mujer

En ocasiones me preguntan por qué no defiendo a otras mujeres. Las que han sufrido violencia machista, en cualquiera de sus grados, tienen todo mi respaldo. Recuerdo que, lejos de la política, a las mujeres maltratadas que llegan a una casa de acogida no se les pregunta si son de derechas o izquierdas. Hay que salvarlas y punto. Si en un medio hacen una reflexión machista de Ayuso por su ropa, yo lo condeno. Pero si hay una mujer negacionista de la violencia de género, no la voy a defender. Si hay una mujer que hace recortes sociales y públicos que, además, afecta, a la independencia económica de otras mujeres, no la voy a aplaudir.

El feminismo no es defender a todas las mujeres solo por serlo. Es proteger a las que sufren la violencia machista y es crear alianzas con quienes sí reconocen nuestra violencia y trabajan con verdadero compromiso por ello. Las mujeres somos mujeres, igual que los hombres. Buenas, malas o regulares. ¿Podría haber funcionado mejor una matria con Phyllis Schlafly o Margaret Thatcher? Lo dudo. No hablo de la importancia de mujeres visibles en puestos de poder, voy más allá. Hablo de sus discursos, de sus hechos reales, de sus propuestas. Las mujeres, de por sí, no son feministas. Todas somos criadas en una sociedad machista. Algunas toman decisiones para luchar contra esa desigualdad y otras pretenden perpetuarla.

Todo este debate derivó en una visión de la mujer como un ser perfecto que nunca se equivoca. Esa reflexión de que las mujeres, por su capacidad de ser madres, tienen que ser bondadosas y buenas y cuidar. Quizás caemos en estos errores de hacer un relato casi místico y de elevar a los altares porque no tenemos memoria histórica feminista. Y quizás hay que leer más a Gerda Lerner y algo menos a algunos paleantropólogos.

Lerner decía en su libro La creación del patriarcado: «El hecho de que las mujeres tengan hijos responde al sexo; que las mujeres los críen se debe al género, una construcción cultural». Lerner ya confirmaba que el matriarcado no existe porque toda la estructura social es patriarcal. Es decir, esa idea de que las mujeres son buenas personas por naturaleza, con un instinto nato por cuidar al resto de la humanidad, es una construcción cultural, no es una memoria biológica.

Los hombres no tienen ninguna deficiencia biológica que les impida cuidar ni cooperar ni dialogar entre ellos, sin violencia. Pueden hacerlo sin mayor problema. Son seres funcionales perfectamente capacitados para ello. Las mujeres no tenemos un don divino de buenismo incorporado. Y si un día queremos discutir entre nosotras, discutimos. Y si un día pensamos más en nosotras mismas y menos en cuidar a los demás, no pasa nada. Lo han hecho los hombres toda la vida. El autocuidado es, además, una premisa feminista. Ojo con santificar nuestra capacidad de cuidado porque, lejos de liberarnos de ese mandato de género, se refuerza. Luego no nos extrañe que las mujeres que denuncian violencia machista se encuentren con jueces o abogados que evalúan su «cuidado» y las señalan de malas madres, sin pensar en ellas como personas con derechos.

Estos días recordaba esta frase del filósofo Rousseau, cuando decía que el destino de la mujer (respecto a los hombres) era «educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos». A ver si, aunque pasen los años, evitamos caer en reflexiones que no distan mucho de las del siglo XVIII. Más que nada porque estamos ya en el siglo XXI.

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