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Bernat Jofre

La balearización del espacio o el triunfo del ‘kitsch’

«¡Vamos! Adiós, hasta pronto, queridos amigos»: despedida de Iuri Gagarin antes de conquistar la estratosfera con el Vostok-1, el 12 de abril de 1961.

Cincuenta años después, tres millonarios entonan su remake. La competición de ostentación gratuita a la cual estamos asistiendo en los últimos años con cualquier razón imaginable. Todo aquello que pueda ser publicitado y ser visto como arma propagandística es bueno. Desde el reloj-joya con más rubíes al mayor número de residencias alrededor del mundo (algunas sin haber sido pisadas por el teórico inquilino), pasando por el megayate más enorme -hoy en día cien metros de eslora ya no bastan para una familia- o un 747 de uso privado: un simple ‘jet’ ya no se lleva.

Es una especie de Juegos Olímpicos entre nuevos ricos que tiene asombrados hasta a los multimillonarios de cierta estirpe. Gente por lo general no tan ostentosa como los megarricos de Silicon Valley o los procedentes de la liberalización energética del antiguo Telón de Acero. Perdón por hablar de mi familia, pero mi abuelo tuvo la suerte de trabajar estrechamente para los por aquel entonces hombres más ricos del mundo, los hermanos Rockefeller. Vestían el mismo tipo de vestimenta que sus empleados más allegados, a la par que no se les caían los anillos por ir a comer a una trattoria alejada si el prosciutto que se servía allí merecía la pena. Sus coches no eran, ni mucho menos, un Rolls-Royce, epítome del lujo sobre cuatro ruedas. Ambos se decantaron por los Cadillac Eldorado, por los cuales Nelson sentía devoción. Su hermano David, como aficionado a la caza y pesca que fue en su tiempo, tuvo también en su garaje diversos Jeep Willys. Productos relativamente normales en el parque móvil estadounidense.

Nada que ver con los aparentemente simpáticos dominadores de la Red. Su simulada sencillez al vestir -deportivas blancas, tejanos, camisa azul clara sin corbata y blazer de entretiempo- es una operación cosmética muy bien estudiada. Ese aspecto de universitarios de provincias (nada que ver con el uniforme no escrito de los centros educativos superiores de Nueva Inglaterra) amaga en realidad a tiburones de las finanzas que tienen en la jactancia materialista su válvula de escape. A pesar de sus orígenes más ‘democráticos’ -no encontramos Vanderbilt o Morgan alguno entre los nuevos triunfadores del ciberespacio o las apps- han olvidado rápidamente la calle. Tanto, que su vehículo de trabajo suele ser, en la mayoría de los casos, un helicóptero. El triunfo del kitsch.

Ahora, este selecto club de milmillonarios ha descubierto el espacio. Con tal ahínco que se han embarcado en una muy opinable carrera de recursos que bien utilizada podría acabar con el SARS-CoV-2 en el continente africano. Tal como avisó la sabia Mercé Marrero i Fuster el otro viernes en las páginas de este mismo diario, por otro lado. Pero quizás venda más el salir flotando a ochenta kilómetros del nivel del mar que no salvar vidas a la vera del último. Todos ellos -Musk, Branson, Bezos y los que vendrán- denotan muy poca cultura, si me lo permiten. O un inexistente sentido del ridículo. Harán muy bien sus consultores en avisarles de que están siendo grotescos ante la comunidad científica internacional. De hecho, no han sido pocas las Sociedades Astronómicas Nacionales -en Astronomía, se habla de Sociedades- que han denunciado el retroceso que supone para el conocimiento humano los últimos e hipotéticos paseos espaciales patrocinados por los dos últimos. Muy especialmente por el del fundador de la multinacional Virgin, el cual no se atrevió a cruzar esa imaginaria divisoria que divide el espacio de la atmósfera a unos cien kilómetros sobre la hidrosfera marítima y oceánica.

Y es que hechos memorables, pocos. Tan sólo la interesante apuesta de un cohete de energías alternativas propuesto por Jeff Bezos. Todo lo que estos días ha sido proclamado como amazing (espectacular) ya fue anunciado hace casi cien años.

Exactamente durante los diferentes congresos internacionales de Física entre Rusia y Alemania, celebrados alternativamente entre San Petersburgo y Berlín durante la década de los treinta del s. XX. Sin saberlo, diversos programas nacieron de esas jornadas científicas: los misiles V2, los cazas a reacción ME-1, la Bomba de Hiroshima, Sputnik... y Apolo, la conquista de la Luna.

Transportar un hombre a la estratosfera y devolverlo sano ya lo hicieron los rusos en abril de 1961 con el Vostok 1. De hecho, los soviéticos lo consiguieron con una tecnología mucho más básica que cualquiera de los tres potentados. También mucho de agradecer tuvo la Unión Soviética al llamado proyecto Alsos: la aprehensión de miles -se habla de 27.000 personas- de científicos alemanes tras la caída del III Reich. Ahora bien: todos los implicados reconocen su deuda con un hombre excepcional: Theodore von Kármán. Eminente físico austro-húngaro de minoría judía nacido en los estertores del Imperio de los Habsburgo. Nacido Tódor Kármán von Szöllöskislak -su madre era noble- , abrevió y sajonizó con los años su nombre. Es el padre de la reacción convencional tal y como la conocemos, así como uno de los grandes responsables de la conquista del espacio por parte del hombre. Sus trabajos sobre flujos de aire súper e hipersónicos sentaron las bases para la construcción de los cohetes modernos -formó parte activa del ‘Programa Apolo’ desde su fundación, por encargo personal del Presidente John Fitgerald Kennedy- y de los aviones de pasajeros propulsados con motores a reacción. La silueta de la «madre de los cielos», el Boeing 747 Jumbo, es especialmente deudora de sus estudios sobre motorización de grandes volúmenes voladores.

Por todo ello, la antes comentada línea imaginaria que separa la atmósfera del espacio exterior lleva su nombre: la Línea Kármán, estando situada a unos 100 km sobre el nivel del mar. Fue bautizada así por el abogado estadounidense Andrew G. Haley, quien propuso tal nombre a la Federación Aeronáutica Internacional en 1953. Haley quien ha sido bautizado como el primer especialista de Derecho Espacial de la Historia. Sería muy interesante su aportación al debate que se ha originado entre las corporaciones industriales Galactic y Blue Origin sobre quién llegó y quién no al espacio. A la primera -propiedad de Richard Branson- se la acusa de seguir los parámetros de la NASA, quien otorga las alas de astronauta a quien supere los 80 km de subida. La razón es sencilla: en su día la institución norteamericana decidió ahorrarse la diferencia que hay en queroseno arguyendo que las condiciones atmosféricas eran casi idénticas a ochenta que a cien kilómetros sobre el nivel del mar. En todo caso, la balearización del espacio está servida. Mientras, en la Tierra, lo seguiremos pasando mal.

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