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Matías Vallés

Al Azar

Matías Vallés

Ada Colau pega un sello del Rey

Ada Colau ha pegado un sello del Rey en una pared secundaria del salón de plenos del ayuntamiento de Barcelona, para devolver al remitente del Tribunal Supremo el bofetón de la sentencia que le conminaba a honrar al Jefe de Estado. Quienes consideran una afrenta la fotografía de un palmo cuadrado, deberían recordar que la situación empeoraría si Felipe VI apareciera navegando en la imagen a toda vela. Aunque nadie va a tachar de generosidad a la alcaldesa de Barcelona, también es cierto que los monárquicos de aluvión consideran ofensivo todo lo que no sea plantar una broncínea estatua ecuestre en medio de la sala.

La estampa del líder providencial colgado de la pared es un recurso pedestre para la datación y localización de una película. Jomeini, Stalin, Kim Il Sung o Lincoln comparten el papel de una señal de tráfico para situar una escena cinematográfica. Ada Colau pegó su sello del monarca sin desprenderse de la mascarilla con los colores de la bandera republicana, un gesto que solo medía el dolor causado a su orgullo. A trancas y barrancas, el Supremo ha vuelto a imponer su voluntad en Cataluña, aunque hablar de victoria exigiría un mural de metros en lugar de centímetros.

El busto que retiró Colau en su primer mandato correspondía a Juan Carlos I, por lo que cabe celebrar su clarividencia. La competición a desaires con el Supremo solo demuestra que no se puede legislar ni juzgar indefinidamente. Al igual que ocurre con el software o con la salud, siempre hay un resquicio por donde colar al virus juguetón. La monarquía no sale fortalecida del pleito, y a Ada Colau se la dejó sin escapatoria desde que accedió al cargo, una plebeya en la señorial Barcelona cómo se atreven. Ya que se habla tanto de la transición, por entonces se hubiera resuelto la trifulca recurriendo al nudge o suave codazo, a la trasnochada seducción. En cambio, la política funciona hoy a patadas, para general regocijo.

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