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Alex Volney

«Socialismo» y religión

Apropósito de una anterior reflexión sobre el duo británico de la O.M.D. llegaron algunos comentarios. Con la admirada amiga Neus Canyelles, los últimos meses hemos hecho algún curioso descubrimiento. En su fabulosa Autobiografia autoritzada ya se respiraba algo cercano y es que no fueron pocas las niñas, hoy mujeres, que recuerdan cómo algunos tuvimos un botón de rueda alrededor del cual giraron nuestros desconciertos y cambios hormonales: El Eucalyptus de Son Espanyolet.

Como barquillos de canela pisados y crujiendo en las pistas de las monjas del Sagrado Corazón, esas cápsulas de chats primigenios. Algunos niños del barrio dejábamos nuestras misivas entre el interior del tronco y su corteza aún sin deshacer. Por la mañana ellas en el primer patio corrían a encontrar el personal e íntimo correo. Como si de una encubierta cultura celta, sumergida, se tratase. El culto a ese árbol era una religión paralela a la oficial que se cernía sobre la inquietud de las niñas y sobre todo de la directora, la hermana Covadonga, que a nuestros once años terminó por prohibirnos que cruzásemos las escuela para acortar el camino y de paso finiquitar ese clandestino xateo vegetal. La vergüenza ante mi madre y la incipiente grafomanía llena de obscenidades a la vista de esa «hermana» integrista tuvo la consecuencia de tener que cambiar de ruta para llegar a la Avenida Picasso pero por el otro lado.

En el camino alternativa entre romeros, lavandas y tomillos los pinos nos mantenían a la sombra mientras subíamos hacia el cole. Por el Barranc de Son Espanyolet un anciano risueño y pequeñito casi siempre recogía leña para encender y preguntar lo mismo: «Al·lots a quina escola anau? respondíamos «als teatins!» «...com?, als talla-pins!?». De primero no entendíamos nada, a pesar de hablar la misma lengua, pero pasado un tiempo supimos de su preciada ideología y su justificado anticlericalismo a parte de su gran visión de futuro.

Más adelante, y ya adolescentes pardillos nos vimos haciendo el paripé ante las excavadoras: «niño apártate o bajo y te doy dos hostias». Sí, arrasaron pinares y bosque. El clero siempre sigue el negocio con interés y regocijo. Luego las monjas, también, harían lo mismo con los bancales de almendros y una muy mala premonición cayó sobre las niñas del cole y los chavales del barrio el día que se empezó a hablar de la posible ejecución del viejo Eucalyptus de la pista. Sí, el efecto dominó fue fulminante y barrió todos los rincones de nuestros infantiles dominios.

El clero fue borrando los campos y la ciudad continuó su avance para ir surcando de autopista hasta los confines de Son Espanyolet. Para que se hagan a la idea, el admirado y añorado padre Gabriel Llompart un día cualquiera nos decía que soltásemos el boli y el cuaderno y repentinamente nos hacia salir para cruzar los campos y no parar, dirección al «polvorín», hasta llegar más allá del Torrente. Terminaba por guiarnos justo encima de Na Burgesa y así estudiar la geología de ese entorno, sin previo aviso. Un lujo de profes en un cambio radical de época.

Al ir avanzando los ochenta la traca final fue encendida por el considerado «mejor alcalde de Palma». Socialismo y religión, todo en el mismo vaso. Menudo cocktail, de esos caldos venimos.

A cambio de no se sabe qué, el 1988 se decidió culminar tanta destroza con el derrumbe de las antiguas casas de Son Espanyolet que quizás hoy serían una hermosa «Llar d’ancians» o incluso un punto de cultura o dinamización, o incluso una biblioteca pública o centro de interpretación de tanta tontería acumulada con los años. Vaya, que hoy justamente, y desde hace tiempo, por una iniciativa de la buena gente del barrio luce un huerto comunitario justo en el punto, sí, el mismo punto, donde «l’amo» y «sa madoneta» sembraban su hortaliza o, en el caso de ella, cultivaban sus flores que luego compraban las chicas jóvenes del barrio que lógicamente eran nuestras madres.

Observen lo sencilla y hermosa que era esa casa que se ubicaba justo donde hoy pueden encontrar unas viviendas que de apariencia recuerdan a una fabulosa y moderna clínica veterinaria. Sí, por ese portal y su pequeña clastra empedrada entrábamos y salíamos, correteábamos, los chavales del barrio en esos últimos lustros del lejano siglo. Y sí, no lo duden, estamos donde estábamos, ni un paso más. Hemos quedado como esa caja de ascensor en medio de un prado. Es la culminación de tanta imbecilidad. No prediquen tanto a diestro y siniestro, que son ustedes muy gatopardianos y lo que querían era cambiarlo todo para no cambiar absolutamente nada.

Del íntimo chateo en las cortezas de nuestro árbol al chateo digital solo cambian los dígitos, pero en los recibos del banco. Ni mejores alcaldes ni teatinos, esbirros y cortapinos. Ni progreso, ni regreso. Cómplices de terrorismo de estado cultivando bonsais o presuntamente modernísimos alcaldes metiendo las manos en huertos de pútrida demagogia y mediocridad.

Muchos recordamos la sincera pelotera que cogió el «profe» Llompart cuando camino de Capocorb, en el autocar, habíamos conseguido hacer sonar la Salve Regina del Sr. Evaristo. Un sabio en historia y un profe de lujo. Obviamente, un intelectual irrepetible al que prefiero en el recuerdo y una bellísima persona. Muy por otro lado, les regalo este socialismo de pacotilla que va dinamitando cada rincón de esta ciudad desde hace muchos años. Por el mismo principio lampedusiano «del mejor alcalde» hasta Hila y más de lo mismo. Sea Nuredduna o impidiendo a la gente de poder acercarse en coche. Sí, ahora, toca aniquilar definitivamente al pequeño comercio o cualquier tejido económico que lleve a sus espaldas la honra de ir acumulando decenios. Ya tienen ustedes, otra vez, esas hordas que dicen lo van a cambiar todo «para mejor». Prepárense, de nuevo, y que tengan mucha suerte.

(Les dejo esta bella imagen para distraer el verano, no vayan a decir que lo hemos soñado).

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