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Matías Vallés

La covid de los móviles

El virus informático de Pegasus demuestra que el contagio de la infección de la intimidad sin restricciones no preocupa demasiado

El manoseado Panóptico carcelario de Bentham se ha desprendido de connotaciones utópicas. Todo lo que ocurre en un momento dado en las celdas transparentes del planeta se halla al alcance de un solo observador, situado en el polo donde convergen los acontecimientos unánimemente desvelados. La única incógnita se cifra en la identidad del privilegiado con acceso a la cosecha de datos. El escándalo Pegasus de la empresa NSO israelí confirma la vulgaridad tecnológica de invadir el teléfono de cualquiera, para apropiarse de los datos almacenados y de su actividad futura. Y sobre todo, este crimen demuestra que a los seres humanos no les preocupa demasiado que se dinamite su intimidad.

En medio de sobreentendidos interesados sobre nebulosos vacíos legales, Pegasus expresa la materialización de una comunidad universal que entrega su uso de razón a un agente espabilado. El virus informático hermana con la misma intensidad que el virus biológico. El covid de los móviles no solo se asemeja a su variante del coronavirus en los garfios de pirata que introduce en las entrañas del teléfono, sino también en que ambos agentes patológicos tienen un origen humano.

La efectividad de la diseminación habla también en ambos virus de una participación voluntaria de las presas. Si los botellones, raves y macroconciertos exteriorizan el anhelo juvenil de un contagio masivo del coronavirus bajo el formato de un desafío a la pandemia, la indiferencia global ante Pegasus también ejemplifica que el contagio de la infección de la intimidad sin restricciones no preocupa en exceso. Cualquier día se atribuirá la propagación de la covid de los móviles al cambio climático, y sanseacabó.

El afianzamiento de los contagios conforme crece la vacunación extiende la percepción de que el coronavirus sabe algo que sus huéspedes ignoran. Este mismo desaliento se extiende ante la compatibilidad entre mecanismos de seguridad informática inviolables y artesanos que los franquean sin mas que enviar un WhatsApp tramposo. Desde hace medio siglo, se libra una batalla planetaria no siempre explícita entre la revolución biológica y la informática. Está claro que se aproxima la llegada a la línea de meta, y que los dos contendientes galopan muy igualados. Ahora bien, si la biología del carbono cae derrotada, la tecnología del silicio no tendrá súbditos sobre los que reinar. Pegasus confirma que el tránsito a la independencia prosigue a buen ritmo. Ningún valor humano se considera digno de ser preservado.

Los usuarios de los móviles, que son en realidad trabajadores de las empresas expendedoras y de sus infinitas aplicaciones ahora espías, no han mostrado ninguna inquietud ante el secuestro promiscuo y gratuito de su identidad. La industria cosechadora también se muestra abrumada ante la ingente colecta, y todavía no ha aprendido a extraerle el jugo de forma que cancele definitivamente la autonomía de los humanos que han delegado sus funciones en un teléfono, y que son todos.

Mientras los piratas deciden el destino para un tesoro que excede sus augurios más optimistas, los seres anónimos se refugian en la convicción de que su insignificancia es un salvoconducto frente al radar perseguidor. Su candidez sería enternecedora, si no fuera compartida por los gobernantes más requeridos por los ladrones. Angela Merkel es la líder global porque ha sido espiada por todos los servicios de inteligencia del planeta. Periódicamente, Condoleezza Rice ha de pedirle disculpas por los excesos de la CIA en suelo alemán, Obama le ofrece excusas por el espionaje desvelado gracias a Edward Snowden, y ahora llega volando Pegasus.

Precisamente, costó despegar a Obama de su querida BlackBerry, y puede argumentarse que Hillary Clinton no es hoy presidenta de Estados Unidos por su desastrosa confusión de mensajes públicos y privados. La entonces secretaria de Estado puso sus comunicaciones a disposición de los piratas, fue más peligrosa para Occidente que Julian Assange. La inocencia angelical de los estadistas no ha escarmentado con las revelaciones. Esta misma semana, Libération reprendía en un editorial al presidente francés por su descuido en el manejo telefónico, bajo el título de «Macron tiene una visión bien ligera de las obligaciones de su función».

Se le puede reprochar a este texto la conversión de las víctimas en culpables, aunque hayan asumido voluntariamente dicho rol. Sin embargo, la pasividad ante la evidencia de que toda comunicación está potencialmente intervenida empeora porque los autores son dignos de adoración. La NSO está recubierta por la pátina de altruismo que se extiende a otros benefactores de pago de la humanidad, tales que Twitter o Facebook. En su descargo, los comerciantes del spyware señalan que solo tratan con actores estatales. A continuación, se observa que sus clientes son Estados autodenominados iliberales como Hungría o Turquía. Y entonces, la grey digital asiente persuadida, porque ningún atentado contra la libertad de expresión cabe presumir en Orban o Erdogan.

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