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Pedro Coll

¡Patria y Vida!

La Revolución de 1959, que derrocó al sanguinario Batista, fue una revolución bien recibida popularmente. Para el cubano de la calle significó un soplo de esperanza. Pero los desencuentros entre la Habana y un Washington prepotente propiciaron la entrada de la sibilina Unión Soviética que se llevó el gato al agua y acabó plantando, a pocas millas de Florida, una auténtica base militar a la que casi consigue armar con misiles nucleares. (Ver ‘crisis de los misiles, 1962’, el mundo al borde de una guerra nuclear).

El 22 de diciembre de 1961, en la Plaza de la Revolución, frente al Memorial José Martí, Fidel Castro se define en uno de sus más audaces discursos. «¿No quiere socialismo el imperialismo? ¡Pues bien, le daremos tres tazas de socialismo!». Castro cerró el discurso gritando un lema agresivo que durará décadas: «¡Patria o Muerte!».

Si no lo pareció en su origen, desde estas fechas, y hasta hoy, nadie puede negar que Cuba es una dictadura marxista-leninista.

En tiempo récord, la Revolución consigue alfabetizar prácticamente a toda la población. Para entender el nuevo régimen, coloquemos en un plato de la balanza una educación y una sanidad exigidas y, en el otro plato, la falta de libertad. Hasta la llegada del turismo, principio de los 90, y la posterior aparición de Internet, Cuba es una isla doblemente aislada, una burbuja en la que se vive al margen de la vida normal del resto de seres humanos del planeta. Se trata de un experimento casi surrealista: la búsqueda por parte del Estado de la felicidad del ciudadano a cambio de someterlo a un control personal absoluto. Una especie de gran comuna. Durante años, muchos de los cubanos creen en ello y aceptan las estrictas limitaciones a cambio de hermosas promesas. La Unión Soviética va subvencionado el proyecto del visionario Fidel Castro, centrado en cuidar de la salud y de la educación de sus ciudadanos, promocionar a sus artistas, intelectuales y deportistas -como bandera de la Revolución ante el mundo- y desarrollar una agresiva evangelización comunista consistente en operaciones bélicas lejanas, Angola, o intervenciones desestabilizadoras en Centro América. Aparte de todo eso, poco se invierte en Cuba, se abandona la agricultura, se descuidan las infraestructuras, todo se importa de una Unión Soviética en la que se tiene plena confianza. Y un día, al cabo de años y sin aviso, cae el muro de Berlín y se desencadena la desmembración del conglomerado soviético. «De golpe todo se fue pa’l carajo, nos alimentábamos con agua con azúcar». Cuba, de la noche a la mañana, se queda sin protector, sin recursos de ningún tipo y entra en el oscuro ‘periodo especial’.

Así conocí Cuba, en 1995. Huérfana de la URSS, desde entonces ha ido viviendo de un turismo creciente, de los médicos que ‘fabrica’ y exporta y de las importantes remesas de divisa que recibe de cubanos y amigos del exterior. También de la ayuda del vecino venezolano, al que asesora ideológicamente. Durante estos últimos veintitantos años asistimos a una peculiar evolución sin evolución. Cuba se muestra como una dictadura a la que le han puesto sonrisa el turismo y la calidad humana del carácter cubano, pero no deja de ser una dictadura que puede llegar a ser cruel y maquiavélica. Con bloqueo y sin bloqueo. Después de años de parecer que todo iba mejorando sin realmente mejorar, se va produciendo un progresivo deterioro en la educación y la sanidad, una carencia alarmante de medicamentos y un esfuerzo agotador para conseguir alimentos básicos. Recientemente, un retorcido cambio en el sistema de transacción monetaria ha dejado a la mayoría de los cubanos con mínima capacidad adquisitiva. Con zonas de sus ciudades y pueblos convertidos en esqueletos por el abandono, desde hace años el Estado cubano concentra todo su esfuerzo inversor en hoteles de lujo. El Che tendría que levantar la cabeza…

Y, de repente, ocurre algo inesperado, la gota que colma el vaso. Un microscópico y pertinaz virus que no cede ante amenazas ni torturas psicológicas, al que no se puede detener ni enchironar, se encuentra con un caldo de cultivo perfecto, entra como elefante en cristalería y pone al Gobierno contra las cuerdas. Esta vez no es como otras, lo define bien esta reciente frase genial de autor desconocido: «de tanta hambre nos hemos comido el miedo». El miedo, el arma más letal de toda dictadura. Un esperanzador lema, calificado como contrarrevolucionario por el poder y consecuentemente prohibido, invade las redes, los hogares, las calles de la isla: «¡Patria y Vida!».

¡Patria y Vida! El pueblo cubano puede haberse comido el miedo.

Entiendo a Pedro Sánchez haciendo su encaje de bolillos para no cabrear al Gobierno cubano. Un presidente del Gobierno de un país medio como el nuestro no se puede andar poniendo chulo como le exige el oportunismo de su oposición. Al margen de esa entrañable relación histórica que nos une, en Cuba residen y trabajan muchos españoles y tenemos importantes inversiones en empresas mixtas, cubano/españolas. Además, ante lo que se avecina, por motivos evidentes, a España debería corresponder el papel de interlocutor internacional ante un Gobierno cubano que de verdad puede llegar a encontrase entre la espada y la pared. Quemar ahora las naves sería pésima decisión. Pedro Casado demuestra una vez más su falta total de sentido de Estado. Caiga lo que caiga, es evidente que al PP solo le interesa el poder para llegar a dominar la economía a su manera. Si fuera por los conservadores, en temas sociales aún estaríamos con el derecho de pernada vigente. Pero, ni aún llevando a la espalda una mochila judicial sobre corrupción y manipulaciones tan cargada y envenenada como la que lleva, el PP pierde ocasión para buscar la yugular del enemigo. Las instrucciones son claras, ‘ni agua y sin complejos’. También es una manera de impedir que la opinión publica se concentre en temas muy feos que no les favorecen nada.

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