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Norberto Alcover

En aquel tiempo | Tiempo de quietud, tiempo de evidencia

De pronto, aparece un crucero en la bahía. Alto, ancho y poderoso. Espero que le acompañen otros, pero de momento, semana tras semana, repite su presencia como signo evidente del mal que nos acecha, y que parece repuntar. La bahía vacía. Algún velero, lanchas rápidas, y, como esparcidas, barcas de pesca absolutamente quietas, muy mallorquinas ellas. Descansar en esta contemplación es romper el orden cronológico de las cosas, y te invade una sensación de transformación geográfica alarmante: el mar sin interrupciones, el horizonte nítido y, en ocasiones, una cierta neblina que trae recuerdos de años pasados completamente distintos. Pero todo es evidente: la evidencia que nace de la covid y de su prepotencia ante nuestros ardides adultos manoseados por las jóvenes generaciones y los jóvenes turistas sobrevenidos. Tiempo de quietud. Tiempo de evidencia.

Mientras tanto, mientras intento organizar papeles acumulados, descubro dos artículos perdidos que versan sobre «tiempos de Zapatero», quien fuera precursor de cuanto nos sucede. Los releo y caigo en la cuenta de que nuestro actual presidente procede con la misma contundencia y frialdad que su antecesor. Y es que si hay algo evidente en ambos próceres españoles es algo que vengo repitiendo desde hace meses: es imposible descifrar el devenir sociopolítico del socialismo reinante olvidándonos de que su único objetivo es provocar un retorno a la España de los años 30, cuando la República imponía su ley hasta la contienda incivil y el posterior imperio franquista. No se trata de un «cambio de sociedad» (lo que todo grupo en el poder intenta para bien o para mal), estamos ante un «cambio de sistema», que afecta a esa sociedad en sus más relevantes estructuras en espera de arribar a las orillas republicanas, mandada la monarquía a paseo. Llevará su tiempo, pero se conseguirá, dadas las coaliciones in crescendo que nuestro presidente ha organizado y organiza con intención y esmero.

Que todo lo anterior es evidente lo demuestran los hechos en cadena, sobre todo la coalición gobernante y las correspondientes coaliciones parlamentarias. Y es todavía más evidente en la medida en que las ambiciones nacionalistas encuentran respuestas adecuadas en el Ejecutivo, exceptuando, de momento, la independencia que, tantas veces lo han dicho, es su objetivo único y definitivo. Mientras tanto unos en el norte y otros en el este van consiguiendo prebendas económicas y territoriales con estilos diferentes, pero, en su esencia, exactamente idénticos. Y esta reflexión quedará demostrada cuando sepamos a ciencia cierta cómo se reparten los euros que Europa nos regala en la medida en que Nadia Calviño permanece al frente de nuestras finanzas, con permiso de la inteligente y rotunda Yolanda Díaz. El destino objetivo de los euros recibidos será la piedra de toque para que la evidencia sistemática se convierta en evidencia histórica.

Comprenderán que, desde lo escrito hasta ahora, los cambios efectuados por el Presidente en su Ejecutivo sean también de una evidencia demoledora: se acabaron los consejeros áulicos, una vez utilizados, y llegan militantes fervorosos y obedientes, porque ha llegado el momento de retornar a la casa madre del Partido, donde esperaban la aproximación del Presidente tras sus excursiones con personajes sobrevenidos, sobre todo su asesor áulico, ese Iván que seguramente encontrará muy pronto encomiendas apetitosas. Le ha hecho el trabajo sucio al Presidente, en silencio, desde los pasillos, imponiendo sus decisiones maquiavélicas, pero, sobre todo, después de dejar perfectamente zurcida la coalición con el latente Iglesias. La foto del Ejecutivo actual se parece un montón a la del «momento Zapatero», en que el feminismo impone sus presencias según el aire de los tiempos. Todo es evidente.

Queda por desmontar el imperio de la judicatura, tan pertinaz ella, la prepotencia de los capitanes de empresa, pero también de los líderes sindicales, falta doblegar el poder de los banqueros de turno, de las multinacionales invasivas y, el enigma de los enigmas, de los valores éticos sustanciales, tras el empoderamiento del relativismo absoluto. No es un cambio de sociedad (lo que ya se está consiguiendo): se trata de un cambio histórico, sistémico, que desvalorice el cuerpo social para dejarlo en manos de nuevas evidencias, superiores a las comentadas. Y todo esto entrará en juego en el Congreso de Octubre que, seguramente, significará la exaltación por aclamación del caudillo que nos recuerda a Zapatero. A no ser que surja algún imprevisto alarmante.

A la vez que tantas evidencias hacen historia, la Oposición no acaba de encontrar su «lugar en el lío». Esta oposición, y pienso en concreto en los populares de un repetitivo Casado, o es capaz de tramitar un esquema conceptual que enderece su propia acción sociopolítica, en lugar de la actual «acción reactiva» que la convierte en permanente discrepante de lo previamente dicho e impuesto, o nunca conseguirá sentarse a la mesa del porvenir. Tiene que aportar su propia y descarada percepción de la realidad, un proyecto social, una visión histórica, de tal manera que ilusiones a sus votantes y a tantos otros españoles perplejos. El equilibrio democrático necesita una Oposición con personalidad central y territorial, de forma que España no quede en manos de una sola determinación histórica. Es la responsabilidad de la Oposición, sobre todo de los populares.

La socialdemocracia fundante de Europa, junto a la Democracia Cristiana, ha desaparecido en España, y el socialismo intenta autodefinirse por medio del actual Presidente. Todo lo cual nos remite de nuevo al Congreso de Octubre. Pero es evidente esta dinámica presidencial, republicana y costumbrista, que hace guiños a dictaduras como la venezolana y cubana, mientras intenta reorganizar su amistad con Estados Unidos sin grandes posibilidades de éxito. Es necesario tener siempre presente que nuestro Ejecutivo encierra un quinteto podemita que levanta susceptibilidades en el exterior. Pero ese quinteto es absolutamente necesario para equilibrar el poder político y parlamentario. Aunque reconozcamos determinadas conquistas socioeconómicas de sus componentes. También todo esto es evidente.

La visión de la bahía es evidente en su permanente reputación tras el golpetazo de la covid. Apenas movimiento. Y, sin embargo, en silencio, el mar se mueve. Y cómo se mueve. De tal manera que, tal vez, las evidencias actuales dejen paso a otras renovadoras y un tanto inesperadas. Estamos en julio. Parece mentira el poder de los seres humanos para llenar el contenido un mes aparentemente sosegado y paciente.

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