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Daniel Capó

Las cuentas de la vida | Aritmética parlamentaria

Sánchez sabe que sólo la mayoría absoluta de PP y Vox entregaría la presidencia a Casado

Dos años de crecimiento pueden dar para repetir mayoría en las próximas elecciones generales. Los números –cree Pedro Sánchez– dan para ello, con la inyección de fondos europeos –dinero gratis, esteroides para la economía–, los tipos negativos de interés y el retorno a una relativa normalidad tras el curso negro de la pandemia. Sánchez ha remodelado su gobierno para alejarse de la mala imagen de los indultos –mala, se entiende, entre una parte de sus votantes– y de una gestión extremadamente invasiva de las libertades individuales si hacemos caso a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estado de alarma. Sea así o no, lo cierto es que el hartazgo de las restricciones se ha traducido en un efecto Ayuso que, sorprendentemente, se ha extendido más allá de los límites de la comunidad de Madrid. De repente, el discurso de Sánchez ha dejado de resultar simpático entre amplias capas de la ciudadanía: ¿un excesivo contorsionismo ideológico? ¿El peso de la angustia sanitaria y social provocada por el coronavirus? ¿La llave de judo que practican sus socios sobre la imagen del gobierno? ¿La lejanía entre las preocupaciones de muchos españoles y las del actual ejecutivo? Se supone que todo ello y más. También determinados fracasos que acaban deteriorando las expectativas y el ánimo. El ejemplo más claro lo tenemos en Barcelona, con Ada Colau en caída libre. Pero no es sólo eso. Con la fragmentación social, encuentran continuamente elementos que dirigen la opinión en uno u otro sentido (¡el último es que ya el cuarenta por ciento de españoles se declara favorable a reducir el consumo de carne!); sin embargo, resultan muy inestables en el tiempo, puesto que las distintas campañas de propaganda chocan entre sí continuamente y terminan por neutralizarse. Dicho de otro modo: la propaganda cansa, incluso la mejor.

Aún así, y a pesar de las terribles encuestas que maneja la Moncloa, Sánchez y su equipo creen que van a ganar las próximas elecciones. Saben que perderán autonomías –y dan ya por perdida Andalucía–, pero confían en el repunte de la economía y en una agresiva campaña de descalificación de la derecha. Y saben, sobre todo, que Casado se encuentra solo, pues únicamente cuenta con Vox para tejer una alianza de gobierno. Es o mayoría absoluta (Vox + PP) o nada. Y obtener victorias tan aplastantes en un contexto fracturado como el actual no resulta fácil. No imposible, por supuesto, pero nada fácil.

Aunque quizás el país ha cambiado tanto en estos dos últimos años que las viejas reglas ya no funcionan. Tal vez, pero lo dudo. Quiero decir que cabe la posibilidad de que Vox pellizque un porcentaje considerable de voto obrero que nunca se hubiera inclinado por la derecha. Y también es posible que crezca la abstención entre los votantes de Podemos. Es posible e incluso probable, si bien no para marcar un cambio de sentido. Presa de la incertidumbre y a un año o dos de las próximas legislativas, España parece condenada a la inestabilidad y a repetir coaliciones extrañas, cuando realmente sólo un acuerdo amplio entre el centroderecha y el centroizquierda –como sucedió en Alemania– podría dotar de renovada estabilidad a nuestras instituciones. Esto suena hoy más utópico que en 2017. Hacemos mal en desdeñar la pulsión suicida de las elites políticas.

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