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Josefina Velasco

Josefina Velasco

Archivera bibliotecaria

El invento de las vacaciones

Archivo - Dormir la siesta es una costumbre muy "española"

RON CASE - Archivo

Tras el solsticio de verano del 21 de junio llega, por este hemisferio del norte, el periodo en el que siguen concentrándose las vacaciones, los descansos temporales anuales para ‘cargar las pilas’ y cambiar de ambiente. Esta es la tónica social aquí y para quienes pueden, que ni son todos ni en todos los lugares.

Este año es un verano especial, el de la casi pospandemia. La euforia veraniega está más que justificada, tras el annus horribilis, aunque las nuevas variantes covid amagan con rebajarnos el optimismo. Hay necesidad de moverse porque del turismo, aunque alguno lo cuestione, vive mucha gente. Y la dicotomía economía/salud no tiene que ser excluyente si está casi asegurado lo segundo y lo primero también es vida.

Pero, realmente, ¿quién inventó las vacaciones? O, empezando por el principio, ¿quién decidió que había que descansar? Ahí se aliaron, como casi siempre, y ya desde hace mucho, la política, la economía, la religión y la necesidad. El cuerpo precisa desconectar, la mente otro tanto. Parece que en la vieja e imperial Roma, César -que dio nombre a julio- decretaba algún día de descanso, incluso para sus esclavos, en su mes. Y lo mismo hizo el emperador Augusto con el suyo, agosto. Las élites huían del calor sofocante a sus villas del campo, pero los demás, casi todos, se fastidiaban.

Lo de irse a la campiña, buscar diversiones cuando el clima lo propiciaba, estuvo reservado al poder. Las fiestas religiosas de obligado cumplimiento eran el respiro de los pobres en domingos y santos de guardar. A los reyes que podían hasta estar en Babia o a sus validos y cortesanos de alto copete se les brindaban más oportunidades. Los bosques del Prado, El Retiro, la Casa de Campo, Aranjuez o la Granja de San Ildefonso, por poner ejemplos, eran exclusivos y excluyentes. Los jóvenes de familias adineradas se iban al extranjero a completar su formación y conocer los tesoros de la antigüedad, en una costumbre viajera que dieron en llamar ‘Grand Tour’ entre el siglo XVII y el ilustre XVIII.

El ascenso de la burguesía con el Estado liberal en el XIX modificó los hábitos y amplió los viajes. La aristocracia se aburguesó y la burguesía se aristocratizó. Y ambas se encontraron en balnearios y playas, para relajarse y curarse, porque, gracias a la medicina preventiva, el agua pasó a ser fuente de salud (limpiar por fuera y por dentro). Y, como séquito imprescindible, nubes de criados seguían a los más favorecidos, que entre descansos hacían transacciones. Para evitar el mantenimiento de tanto palacio, se idearon grandes y bellos hoteles exclusivos, al principio residencias principescas. Los palacios fueron refugios privados para quienes podían mantenerlos. Parece que la emperatriz francesa -española de origen- Eugenia de Montijo creó en Biarritz, un antiguo pueblo ballenero, un centro de turismo de élite. Allí levantaron, en 1854, lo que hoy es el hotel Grand Palais. Atrajo a la realeza y a la alta política europea. La reina Victoria, la emperatriz Sissi o el canciller Otto von Bismarck estuvieron entre los invitados, y con ellos quienes querían medrar o hacer negocios a su costa.

En España, el agobiante Madrid del verano y una dolencia, al parecer dermatológica, de la joven Isabel II aconsejaron desplazarla a las aguas del fresco norte. A mediados del XIX se inauguraron los veraneos en San Sebastián. La competencia cántabra estalló cuando se promocionaron los ‘baños de oleaje’ en el Sardinero, en Santander. En ambas ciudades fueron frecuentes las estancias regias y se construyeron palacios para ello (Miramar o La Magdalena). Se fraguaron matrimonios, como el de Alfonso XIII, alianzas y acuerdos al más alto nivel entre ‘juegos de arena’ a los que incluso se atrevió la emperatriz británica Victoria. Los balnearios, repartidos por donde las aguas medicinales y la economía los hicieron posibles, compitieron en ser retiros de salubridad. Saber dónde veraneaban los políticos podía ser peligroso; a Antonio Cánovas del Castillo lo asesinaron en agosto de 1897 en el balneario guipuzcoano de Santa Águeda.

Pero, dicho todo esto, cuando hablamos de vacaciones de verano entre nosotros nos referimos al turismo extendido a la mayoría de la población. Las luchas obreras decimonónicas y del siglo XX arrancaron los descansos dominicales y algún día extra; el sábado por lo general. Un obrero menos cansado rinde mejor y en su tiempo libre contribuye a la prosperidad de otras actividades (fútbol, salas de música, teatro, tabernas). Un paso importante en esto del descanso laboral lo dio la efímera y social Constitución de la República de Weimar (1919), que contemplaba el derecho al disfrute de vacaciones pagadas anuales. Pero el camino fue desigual según los países. La cosa no se estabilizó hasta pasada la terrible y sangrienta Segunda Guerra Mundial. El auge económico posbélico aumentó los recursos del asalariado afortunado e hizo que, en la estación de calor intenso, con los ahorros, las familias que podían, mujeres y niños primero, se fueran unos días al pueblo o la playa, quedando el marido en el Nueva York ardiente solo ante La tentación vive arriba (1955) de la bella Marilyn.

En España, las ‘vacaciones de verano’ no las inventó Fórmula V, por más que nos suene, sino el desarrollismo de los años 60. Antes hubo pequeños avances que apenas surtieron efecto o no llegaron a aplicarse. Durante la II República, la Ley del Contrato de Trabajo de 1931 preveía una semana de descanso al año que no benefició a los muy abundantes agricultores y jornaleros. Luego, la posguerra de un país devastado no permitió grandes lujos. Pero en la década de los sesenta la situación mejoró algo. El turismo del centro y norte europeos empezó a invadir las costas mediterráneas y canarias buscando sol y mar e impuso un voraz urbanismo que levantó fenómenos como Benidorm o Marbella, cada uno con sus peculiaridades y su público. Los españolitos de a pie más afortunados se motorizaron y a bordo del Seat 600, cargados de bártulos, iban al pueblo unos días al año; luego se aventuraron hasta el litoral o se engancharon a la oferta sindical de las ciudades de vacaciones.

Llegó a premiarse ‘el turista un millón’, pronto superado, elevando el sector del turisteo a la categoría de hito económico con el eslogan de Spain is different. Todo contribuía. Con música se proponía levantar «un puente desde Valencia hasta Mallorca» o se recomendaban los destinos de las islas afortunadas porque «Tenerife tiene seguro de sol». Entre sonidos pegadizos, las localidades del veraneo se publicitaban y exportaban. Las circunstancias y los gustos son muy distintas. Hoy hay tantas ofertas como personas y apetencias individuales, azuzadas por una propaganda inteligente empresarial y pública.

Por otro lado, la mejora de las comunicaciones y los transportes individuales y colectivos por tierra, mar y aire facilitan desplazamientos largos. Ahora se compatibiliza el turismo rural, muy de moda, con el cultural, el de aventuras, los viajes programados, los circuitos y las ofertas para edades diversas. Todo ello ha quebrado la exclusividad del binomio sol y playa, aún muy resistente. Este verano es deseable que aquellos negocios que tan mal lo pasaron por la pandemia puedan resarcirse un poco del desastre. Y a todos nos apetece reponer algo la parte más amable de aquella normalidad que ahora se nos hace extraordinaria.

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